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Quiero tocar tu piel mientras flotamos para siempre

28 de mayo de 2018

Cultura Colectiva



La soledad puede ser el camino más directo a la locura. Estar solos con nuestros pensamientos nos puede llevar a un mundo en el que es difícil distinguir lo que es real y lo que no. En el siguiente relato de Bryan Hernández, las fantasías del protagonista se desdibujan y se desbordan hasta ahogarlo en un sueño del que será difícil despertar.





ARMAGEDÓN


Sentado frente al ordenador un supuesto escritor piensa, analiza y recuerda cuándo fue que se jodió tanto. Han pasado ya cientos de días desde que ha escrito algo medianamente bueno. La parafernalia que acompaña al escritor es un teclado desvencijado, unos cigarrillos Camel, un trago más o menos bueno de Jack Honey y “I Don't Want To Miss A Thing” de Aerosmith.


Él sabe que sólo cuenta con 26 letras del alfabeto y su ridículo ingenio para hacer que esta anécdota, esta fábula, esta carta insulsa que no irá a parar a ninguna parte suene un poco decente. Se encuentra verdaderamente exasperado, no hay palabra, letra ni acentuación alguna que pueda plasmar en el papel. Entonces, lleno de desesperación y angustia, quiere recordar cuándo fue que comenzaron todas esas inflexiones en su vida, cuándo fue que ella se fue y por qué nunca jamás le pasó por la cabeza dedicarle esa hermosa pieza, esa obra de arte que canta con enjundia Steven Tyler, esa canción que ahora escucha, esa canción que despierta los sentidos y los hace sucumbir y elevar en un bailoteo intenso de recuerdos apabullantes y momentos antiquísimos.


Mientras cae en sus cavilaciones, al mismo tiempo en que llora y grita de desesperación por no poder convertirse en antimateria y así viajar hasta aquel recóndito lugar del planeta donde se encuentra el amor de su vida, como un acto milagroso ella se aparece ante él. Pareciera que su aparición lo ha dejado consternado, la razón es que no es precisamente ella, sino su recuerdo que lo ataca cada vez que Steven Tyler canta:


“I don't want to close my eyes,

I don't want to fall asleep,

because I'd miss you, baby,

and I don't want to miss a thing.

Because even when I dream of you,

the sweetest dream would never do,

I'd still miss you, baby,

and I don't want to miss a thing,

I don't want to miss one smile,

I don't want to miss one kiss”.


Ahora ella está frente a él. Él sigue consternado y ella comienza a acariciarlo cual perro, con ternura y compasión. Él no le dice absolutamente nada, pero ella puede notar que él está verdaderamente jodido, no sólo jodido, está perdido en un inmenso planeta cargado por Atlas. Él se ha tallado los ojos para confirmar que en realidad es ella —aunque sabemos que no lo es, sólo es producto de su finita imaginación— y se ha dado cuenta de que no está loco; está enamorado, está enamorado y perdido por no estar precisamente con ella —aunque ahora lo esté.


La canción no ha terminado aún y no ha caído en cuenta de que entre su desesperación de hace apenas escasos minutos, él cambió los cigarrillos Camel y ahora se encuentra en un viaje fabuloso, en un viaje que ni siquiera uno puede llegar a imaginar. Ha emergido de un profundo mar de peripecias sofocantes.


Ella ahora ya no lo acaricia, en lugar de eso recarga su regazo sobre su cuello. Él sigue sin mediar palabra y sólo puede mirarla, admirarla una vez más, una última vez de muchas últimas veces. Ella le dice que pronto se irá, que debe ser libre y volar hacía las contrariedades del destino; volar a ese mundo frívolo soportando como Atlas el peso de no estar con el amor de su vida. Él vuelve a llorar y le suplica que se quede, que se quede con él aunque sea sólo por un momento.


La canción está por terminar, él muy astutamente vuelve a reproducir la pista para que siga ella ahí por unos escasos minutos. Su mundo se ha reducido a un pequeño cuarto de estar en donde sólo se encuentran ella y él. Afuera, en el mundo de verdad donde el tiempo transcurre por toda la eternidad, todo sucede, todo está cambiando segundo tras segundo, y él sólo puede concebirse en un mundo inexistente, en un mundo alejado de todo, de todo lo real, en un mundo imaginario. Considera que en aquel mundo fantástico las leyes no existen, ni siquiera la de gravedad, ahora sólo levitan y lo seguirán haciendo por toda la eternidad en tanto no termine el viaje en que se ha metido. La voz de Steven Tyler sonará para siempre y por siempre sobre toda la faz de su finita imaginación.


Él quiere sentirla, sentirla más cerca y pretende ahí mismo hacer el amor con ella, dormir toda la noche y despertar a su lado como escasas veces lo hizo. Por ello la toma de la mano, la siente, pero ahora su piel transparente no es sensible ante sus sentidos. Cada vez que él quiere acercarse se disipa, se esfuma como ahora se esfuman también todas sus ilusiones, sus banales ilusiones. Ella ha dejado de levitar, ahora está atada al suelo cual ave enjaulada. Él quiere ir con ella pero en su mundo, donde la ley de gravedad no existe, no puede hacerlo, no puede dejar de levitar. El mago de sus ilusiones quiere demostrar que aquel es realmente un acto de magia.


Aún esta consiente, sabe que sólo hay una forma de dejar de levitar y sabe también que puede hacerlo. Ata un cinturón a su tobillo y tira la hebilla hacía el suelo, es una hebilla pesada y él lo sabe, pronto será arrastrado hacía el suelo, la falta de gravedad no será mayor problema. Pronto estará con ella y ella hará el amor con él.


Espera unos segundos y comienza a regresar a la realidad. Ella lo mira asustada diciéndole que siga levitando, le implora que desate su tobillo que ahora está verdaderamente lastimado por el peso enormísimo de la hebilla que lo arrastra hacia la realidad. Al tiempo en que ella implora, él como un héroe persiste. Cuando llega al suelo ella desaparece completamente. Él se da cuenta de que no era una hebilla, que no era ella, que no era Steven Tyler, que no era nada ni nadie que haya visto alguna vez en su vida. El supuesto escritor está en un manicomio siendo tratado por doctores y así seguirá por toda la eternidad hasta el fin de sus días. Luego vuelve a desatar el “cinturón” de su tobillo y la historia comienza de nuevo.


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El texto anterior fue escrito por Bryan Hernández.


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La soledad es el momento en el que descubrimos que no estamos realmente solos. El ruido y vertiginoso ritmo en el que vivimos a veces nos ahoga tanto que olvidamos vivir el presente, por esa razón te compartimos las 6 lecciones espirituales que aprenderás del aquí y el ahora.



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