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Aunque ya no le quedaban lágrimas, su sufrimiento se manifestaba en su cuerpo

13 de febrero de 2018

Cecilia Cabrera

Pocos autores han sabido aprovechar, narrativa e imaginariamente, el imaginario de la vigilia y el sueño como eje de una historia. Disfruta a continuación de otro relato escrito por Cecilia Cabrera, autora argentina con un innato talento para describir situaciones cotidianas y absurdas con un toque de exquisito suspenso, humor negro, sarcasmo incisivo y destreza literaria completamente depurada de florituras innecesarias.



Reflejo maldito

Mirarse al espejo siempre fue una tarea difícil para María. Él siempre le decía cosas que le dolían. “Estás más gordita, María, ¿te diste cuenta?”, disparaba desde lo alto de la pared azul. En otra ocasión fue más duro: “Anoche te luciste montándolo a José… aunque noté que tenés más celulitis que la última vez que tuviste sexo… ¿hace un año ya del último?...”. Ella contenía las lágrimas hasta salir de la habitación, para que el maldito no se ensañara todavía más. Maldecía el día que lo recibió como regalo de su madre. La felicidad que sintió al verlo con ese marco ribeteado y su voz andrógina no le dejó entrever lo que le esperaba. 

Cuando pensaba en romperlo, cansada de su parloteo negativo, se acordaba de que le traería siete años de mala suerte y se contenía. No necesitaba más mala suerte de la que ya tenía. Ya le había pasado hacía unos años que desafió a la fortuna y pasó debajo de una escalera de pintor, sólo para corroborar si la superstición era cierta. Y era cierta. Durante siete meses estuvo con las piernas enyesadas porque cayó sobre ella el pintor con escalera y todo; y perdió la oportunidad de trabajar en el desfile que soñaba.



Un día su angustia fue lo suficientemente intensa como para que intentara protegerse y decidió tapar el espejo con una tela muy gruesa. Pero el verborrágico siguió recordando en voz alta momentos del pasado que ella trataba de olvidar. En venganza, parecía afinar los detalles para ser más incisivo, más hiriente, más desgarrador. Se burló de su aspecto al masturbarse y se burló de su deseo sexual encendido.



Probó pintarlo de negro, y con eso sólo logró que su lenguaje fuera más agresivo y humillante. La trató de fácil, de desesperada y de puta. Incluso lo llevó a otra habitación y lo único que logró fue que los vecinos escucharan su calvario. 

Salió de su casa, corriendo desesperada. Su dolor le atenazaba la garganta y, aunque ya no le quedaban lágrimas, su sufrimiento se manifestaba en su cuerpo. Caminaba perdida y autómata cuando pasó por una casa de antigüedades y lo vio. Encontró otro espejo idéntico al suyo y se le ocurrió una solución. Lo compró, se lo llevó a su casa y lo colgó frente al que le había regalado su madre. Midió milimétricamente la altura para que coincidieran con exactitud. El resultado fue sorprendente. Los dos espejos comenzaron a hablarse entre ellos en un loop infinito de defectos, insultos y maldiciones hasta que los dos se hicieron estallar entre sí. Y, entonces, María descansó y se amó.

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Las imágenes que acompañan al texto son propiedad de
Grant Spanier
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TAGS: Cuentos Nuevos escritores Desamor
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Cecilia Cabrera


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