La cruda historia del hombre que revela una de las más grandes conspiraciones durante la Guerra Fría
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La cruda historia del hombre que revela una de las más grandes conspiraciones durante la Guerra Fría

Avatar of Alder Hugo Corona Amador.

Por: Alder Hugo Corona Amador.

17 de agosto, 2017

Letras La cruda historia del hombre que revela una de las más grandes conspiraciones durante la Guerra Fría
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Por: Alder Hugo Corona Amador.

17 de agosto, 2017


Una triste tormenta
te está azotando sin descansar,
pero el sol de tus hijos
pronto la calma te hará alcanzar.

Cuando salí de Cuba
dejé mi vida, dejé mi amor.
Cuando salí de Cuba
dejé enterrado mi corazón.

"Cuando salí de Cuba", de Luis Aguilé


Trotsky en la Habana

12 de junio del 2010


¿Y si yo pudiera contarte la más sórdida de todas las historias que has escuchado? ¿Y si esta revelación pusiera en riesgo tu vida? ¿Y si, de pronto, antiguos regímenes, resquebrajados y apartados en lo más oscuro de la conciencia histórica, alzaran sus banderas para exigir tu cabeza, sólo por saber lo que estoy a punto de contarte, aún querrías escucharlo? Podría ser este relato el pedacito de historia que se te negó, pero que es tuyo. Que te robaron, y por el que te cortarían la lengua y cocerían tus labios. Aquí está, tómalo, vive con él y guarda o no mi secreto. A fin de cuentas, ya estaré muerto cuando acabes de leerlo.


Qué sencillo parece el mundo cuando se es joven, cuando nos invadía esa sensación inocente, en la que el universo parece nuestro, como si con sólo estirar tu mano, pudieras alcanzar el otro lado del mar. Qué solo debe sentirse alguien para creer que su opinión es la única que cuenta y obligar a otros a creer lo mismo. Millones de esas mentes hilan sus redes, unen sus extremos por debajo de tus pies, mientras un universo de planes se ejecuta y ponen en riesgo tu supervivencia. ¡Corre! ¡Intenta escapar! ¿Pero hacia dónde? Un tipo en un escritorio ya ha pensado tu ruta, ya ha previsto todos tus movimientos y existes sólo por él y para ellos. ¿Quiénes? Los de las piezas, los que escriben la Historia.


Como la historia de Ramón Mercader, quien fue un crío ingenuo y entusiasta. Como era antes de adoptar otras vidas, cuando aún no se convertía en Jacques Mornard y Frank Jacson. Cuando el veneno de su aleccionamiento no penetraba su mente y la vida miserable que otros planearon para él aún no se ponía en marcha. Puede que Ramón haya sido víctima de las condiciones, ¿pero acaso no lo somos todos? Antes de hablar del misterio ruin que fue la vida de Ramón Mercader, o los hechos suscitados a su alrededor, hablemos de mí y de cómo llegó a mi poder aquella caja de tan inquietante contenido.


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Nací en Cuba, en Pinar del Río, y con un año de edad fui transportado a la Habana, de la que mi familia y yo saldríamos en el verano del 86. Mi padre, arquitecto francés, trajo a mi madre, mis hermanos y a mí desde la isla a la Ciudad de México. Junto a otros radicales extranjeros, estacionados en la isla, mi padre formó una revista de temas provocadores para el estado cubano. El consejo editorial fue acusado —no de manera oficial— de herejía tras infringir la ideología revolucionaria que imperaba en el ambiente académico impuesto por el gobierno, mi padre siguió desafiando el sincretismo de Castro, pero desde otra trinchera geográfica.


Había crecido entre los campesinos cubanos, hombres y mujeres avejentados por las condiciones abusivas que les ofrecía la inclemente realidad del caribe. Los trabajadores en la finca de mis padres fueron mis amigos, parte de mi familia. Con el tiempo, descubriría que habían plasmado en mí un retrato de la miseria abismal que anega las clases trabajadoras en las naciones hispanas; con 18 años abandoné la isla, pero su huella me acompañaría el resto de mi vida, como un empolvado fantasma.


Con la llegada a México encontré el desánimo por el sismo que había devastado la capital un año antes; presencié el dominio sobre la tragedia, el porte rígido de la ciudad y el valor de sus habitantes. La energía de los mexicanos y su capacidad extraña de sobreponerse. Atestigüé la copa del mundo, que se desarrollaba casi a la par de nuestra venida. Escuché la brama del estadio azteca y sentí la tensión de la final: "Alemania vs Argentina". Tres años después, junto al fin de la década, contemplamos la consumación de la contienda ideológica: cuando los cimientos del muro de Berlín se inclinaban hacia Occidente, y sus torres cedían ante la venida de un parteaguas crucial para el mundo moderno, mientras la pesadilla del "hongo nuclear" y una guerra nefasta se desvanecía ante el rigor del próximo siglo. Durante los años en la universidad desarrollé intereses parecidos a los de mi padre, y mis intentos de desobediencia civil salieron a flote: publicaciones, marchas, inconformes muestras públicas y lecturas en voz alta de Octavio Paz que quedaban hundidas bajo nuestros aullidos irreverentes, nada verdaderamente novedoso. México alimentó mis ensayos —escuetos— de sublevación, como Cuba lo hizo alguna vez con papá; creo que ambos estuvimos muy lejos de pasar a la sustancia que buscábamos. 



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En la década de 1990, miré con horror el estado degenerado en que se hundía la isla de Cuba, atada al ancla del estado fallido soviético. A través de los medios comparecí ante la desgracia de miles de ciudadanos que arriesgaban sus vidas al atravesar el estrecho de Florida. Cuba alimentaba los recuerdos de mi juventud y los sueños de mi madurez.


El término del milenio nos alcanzó acompañado de los miedos propios de todo cambio. El desastre técnico, el fallo inminente de los sistemas computarizados y la caída de la civilización pasaron como ideas fugaces dentro de la paranoia colectiva. Finalmente, nada cambió a mi alrededor, los días siguieron y la vida transcurrió igual que siempre. En mi caso, el principio de la siguiente era cristiana llegó hasta unos años después del 31 de diciembre de 1999, con esa tarde en que un paquete arrancado de las garras de la mismísima muerte tocó a mi puerta. Bienaventurados los ignorantes.


En 2002, un amigo en común me habló de Mario Conde, un teniente retirado del cuerpo policiaco de la Habana y un envejecido cínico con aspiraciones de novelista. Hablaba de él como un briago agobiado por los años, romántico, idealista y con suficiente talento para llamar la atención de mi amigo. Sostuve correspondencia con Conde y serví como una suerte de editor para diversos de sus proyectos literarios —escuálidos y conmovedores— al final inconclusos.



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En una de sus cartas, Mario refería a un asunto distinto a su vocación narrativa, describía un caso que había llegado de manera inconveniente a sus manos. La tumba de un tal Iván Cárdenas Maturell —muerto y sepultado en la Habana— había sido profanada, alguien se había tomado la molestia de interrumpir el descanso eterno de Iván para robarle algo. Los vestigios de un pasado sombrío en voz de un personaje que, pensábamos, la historia se había tragado. Al parecer, Iván fue despedido con pocos deudos tras de él, apenas un amigo cercano, quien descubrió –o bien, heredó del finado- un paquete con el testimonio detallado de un tal Jaime López, Iván había conocido a López en vida, habían entablado una amistad y al parecer compartieron las más míseras confidencias de sus vidas. Se me ocurre que después de escuchar la confesión de Jaime, Iván meditó por largos años sobre el contenido de las charlas con su amigo, hasta que el misterio perforó su pecho y no tuvo más que dejar evidencia del mismo. Con la muerte de Iván, su único amigo allegado, colocó los escritos que ponían en evidencia la historia que le había contado López, la de un hombre llamado Ramón Mercader, en su féretro. Así hubiera pasado Iván a la eternidad con su legado mortal, sin más testigos que el mismo San Pedro, de no ser por algún imbécil que descubrió el secreto y desenterró el ataúd.


Del hombre que penetró en el sepulcro, Mario guardó silencio, no rebeló su nombre. Sólo dijo que su viuda había llegado con la caja llena de papeles a su departamento, algún otro imbécil se había encargado de "eliminarlo". La mujer se mostró temerosa ante Conde y expresó su pavor al cartón húmedo que habían colocado sobre la mesa. Le describió a grandes rasgos el tema y, posteriormente, Conde había solicitado mi estudio de los papeles, él, tan impetuoso, no se atrevía a indagar en la información. Desconozco cómo sacaron los papeles de la isla, el ánimo de Conde por deshacerse de ellos debió haber ayudado.


Llegaron a manos de un intermediario que solía lucrar con puros traídos de la provincia de Holguín, y aparentemente amigo de la viuda. Se trataba de una caja gastada, roída —claro que no se trataba de la misma caja extraída de la tumba de Iván—, pero daba un aspecto antiquísimo, como si hubiera sobrevivido a todas la guerras y ahora trajera a mi casa las cenizas de un millón de muertos. Me senté ante el tabique de hojas, a lado de una lámpara vieja que tuvo a bien obsequiarme mi madre. A medida que avancé por la crónica de Iván, entendí la urgencia de Mario Conde por expulsar ese demonio de su vida. Lo que leía erizaba los nervios de aquellos que sobrevivimos a la intensa cruzada que significó el siglo XX. Continúe revisando los documentos de la caja, analicé línea a línea los textos de Iván y no pude más que sentir envidia porque él estaba muerto, y era yo quien debía cargar con su cruz.


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Pareció que a Iván la suerte le jugó con trampas, su vida fue dura, repleta de inquietudes. Sentí en el autor del relato verdadera pena y entendí que había sido una víctima, un ultraje masivo, no es que haya sido un mártir, en todo caso mártires sobran y es lo que menos necesita el pueblo cubano; sin embargo, creo que mi aflicción por Iván se hizo real. Entendí la naturaleza de Jaime López, una efigie inquietante que parecía haber salido de los años de la Guerra Fría, Iván lo conoció por primera vez en 1977 y con el paso del tiempo llegó a conocerlo bien, le llamaba "el hombre que amaba a los perros".


Iván paseaba por la playa, lo hacía muchas veces, era un hombre inquieto. Me lo imagino caminando sobre la arena, lento, abstraído en sus dilemas, a la espera de que sus pies se mezclaran con el movimiento de la marea. Una silueta sombría surge de entre el atardecer, un hombre cuyas vestiduras ocultan su rostro pero no su pena, cuyos movimientos sosegados revelan un grave dolor físico. Dos perros galgos pasean con el extraño, Iván se asombra de encontrar verdaderos borzois en la isla, son una raza de climas gélidos, sus figuras erguidas, largas, de sedosos pelajes blancos no parecen preparadas para la vida en el caribe. El extraño tampoco parece nativo, su apariencia es sobrecogedora, como asomado de una novela de espías. Las visitas frecuentes de Iván al litoral, harán que vuelva a toparse con el hombre de los galgos rusos, eventualmente formarán cierta relación, una amistad entorpecida por sus mundos e Iván recibirá el testimonio que cambiará su vida.


El hombre de los borzois se llamaba Jaime López y le reveló a Iván sus cicatrices, no la de sus caras y manos. que, por supuesto, tenía, sino la de sus años en una antigua carrera, las que le quedaron tras su paso por ese mundo de ayer, en el que nombres como Stalin o Trotsky definían el rumbo de penosos y bestiales acontecimientos.



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Toma nota, querido lector: León Trotsky fue una figura importante del siglo XX, fue un destacado político y líder revolucionario en Rusia, que ayudó a la victoria del partido Bolchevique, quien sembró una enemistad fatal con el dictador soviético Iósif Stalin. Haría falta un estudio profundo de ambos, su personalidad y experiencia para entender un atisbo de sus decisiones durante el desarrollo de los movimientos que encabezaron, pero un hecho es que derramaron mucha sangre. No se podía ser enemigo de ninguno sin esperar la muerte. ¿Crees que las historias de informantes, traidores y agentes encubiertos no suceden en realidad? Tú quizá pienses que lo más cerca que estarás de algo así será en algún filme de James Bond, pero un enorme oído vigila lo que dices, escondido en lo profundo de la pantalla en la que lees esto. La era de la información inició mucho antes del Internet, alguien te observa como miraban a Ramón Mercader: atentos pero silenciosos.


Caridad del Río fue madre de Ramón, originaria de la Habana, provino de una familia acaudalada hasta viajar a España, donde nacerían sus hijos. Desarrolló una afinidad con círculos anarquistas y con el tiempo se convirtió en agente del departamento gubernamental soviético. Los hijos de Caridad y Ramón crecerían instruidos en el odio desde su infancia, aturdidos por una educación dogmática, servil e infame. Con los años, Ramón participó en combates contra los movimientos de sublevación que originarían a la Guerra Civil española. Él adoptaría por completo el credo tóxico de Caridad tras ponerse en servicio de la caridad de la inteligencia soviética.


Ramón acató la doctrina de la URSS y fue adiestrado por el estado al que juró lealtad. El fanatismo de Ramón lo convirtió en un asesino preparado —toc, toc, Ramón. ¿Quién es? Soy Caridad, tu madre, y soy Stalin, soy tu fe y tus ojos, oídos y boca. Esto no es el comunismo, Ramón, ¿pero qué importa?, para cuando te des cuenta ya habrás hecho lo que nosotros queremos—, por ello, viajó a México, aunque no estaba loco y tampoco estaba convencido de todo lo que le habían sembrado en su mente, esas ideas están allí, brotaban y echaban raíces por su espina dorsal, le suplicaban que hiciera lo que había ido a hacer, para lo que lo habían preparado. Así que como un soldado devoto sobrevivió 20 años de cárcel, mientras su salud se deterioraba respiró el hedor a mierda del temible palacio negro del Lecumberri. En las noches, cuando la humedad de la piedra invadía su alma, escuchaba los gritos del viejo, oía el chillido de León Trotski tras golpear su cráneo con el piolet, sentía la sangre en sus manos hasta que cerraba los ojos para conciliar el sueño. Ramón Mercader fue entrenado para infiltrarse a la órbita académica de Trotsky, y en aras de las órdenes del Estado soviético, asesinó al líder bolchevique; crimen por el que fue condenado en México durante el verano del 40.



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Jaime López también sirvió como agente soviético y conoció a Ramón Mercader, le confeso a Iván sus remordimientos a través de la historia de Ramón, pero no escatimó en detalles. Mercader mancilló su voluntad, su mente, alma y espíritu en apoyo de una doctrina violada por los intereses personales de Stalin y un séquito de líderes abyectos y puristas, que levantaron su gobierno absolutista a lomo de vísceras y sangre. Baruch Spinoza escribió en una carta: "Ni llorar ni reír, sino comprender"; y la compresión del curso desdichado de una vida como la de Ramón Mercader nos conduce a sentir compasión; sin embargo, es un asesino, no podemos condonar sus actos, ni tampoco los del innoble Trotsky, cuyo fanatismo lo llevó a ejecutar hombres que amenazaban su concepción del mundo —que sólo debe sentirse alguien para creer que su opinión es la única que cuenta— y a tejer su vida desgraciada.


"La compasión" es la afrenta que siembran las revelaciones en ese bulto de hojas mecanografiadas; el dilema que me lanzó el descarado de Conde. Sentir clemencia por personajes como Mercader y Trotsky es la parte adversa de la conciencia humana, pero en eso radica su naturaleza, casi inconcebible, que nos permite empatizar ante el infortunio incluso de las figuras más tétricas de nuestra historia. Sentir pena por Ramón es como sentir pena por Lee Harvey Oswald. ¿Somos todos víctimas de la casualidad —el lugar donde nacimos, nuestros padres, nuestros hermanos— o una persona es la suma de sus decisiones?


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Escribí a Conde pidiéndole que me explicara qué quería que hiciera con los papeles, si su intención era que autenticara su procedencia mi veredicto era definitivo: lo que habitaba en esas hojas era la historia nítida de una conspiración del Estado soviético. La respuesta de Conde fue tajante: quema toda la caja. En su carta explicaba que la viuda que le había traído la documentación había desaparecido y que extraños había tocado a su puerta para pedir explicaciones. Intuí que Mario había salvado su vida sólo por haber evitada indagar en el contenido en el paquete que le había llevado la vieja, pero había tenido la ingratitud de lanzarme la piedra y ahora todo estaba en mi cabeza. Maldije al Hombre que amaba a los perros por caminar sobre aquella playa, a Iván por haber escrito el tema de sus charlas, al infeliz que desenterró semejante problema.


Me mudé a un hotel dos días después de recibir la carta de Conde, pero es inútil, ellos saben qué paso, darás antes que decidas darlo. Es cuestión de tiempo, alguien como Ramón Mercader entrará a mi habitación, alzará su arma hasta ocultar mi cabeza bajo su sombra y entones acabará en un instante. Nadie escuchará mi grito porque han tenido 80 años para mejorar su técnica, sólo espero que sea rápido y sin dolor…


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El relato que acabas de leer es ficticio, una invención elaborada a partir de la novela El hombre que amaba a los perros, escrita por el ganador del príncipe de Asturias, Leonardo Padura. Dicha novela fue originalmente publicada en 2011 y ha despertado la curiosidad de millones de lectores. Los secretos que nos oculta la Historia y la capacidad creativa de un escritor por valerse de estos "enigmas" nos hacen posible acercarnos a temas diversos. Padura renunció a sus derechos sobre la novela para que pudiera llegar a manos del pueblo de Cuba.


A Leonardo Padura le debo un absoluto respeto y mi más profunda admiración.



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Para conocer más sobre lo que originó la Guerra Fría y las consecuencias que dejó, lee más aquí. Además, estos son los miedos plasmados en el cine que dejó esta confrontación.




Referencias: