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Repite tu nombre. Deletréalo. Siente cómo tu lengua roza tu paladar, tu boca...

17 de enero de 2018

Marisol Avila

Nombres. Ellas tenían nombres. Pudo haber sido el tuyo o el mío. Aquel día pudo haber sido el de cualquiera. Tal vez fue suerte, aunque las consecuencias y caídas durante esos 70 segundos no fueron debido a una ruleta rusa de una guadaña; en la mayoría de los casos, fue desidia hacia la vida misma.

Repite tu nombre. Deletréalo. Siente cómo tu lengua roza tu paladar, tu boca. Aprecia cada letra mientras la saliva recorre tu tráquea. Percibe cómo traspasa el aire tus labios y cómo resuena tu apelativo en la corriente mientras recorre la habitación donde te encuentras. Tu nombre, una de las tantas cosas por las que la gente te reconoce; lo hacen diminutivo, lo hacen grande o lo mencionan completo para dar énfasis; pero todos están al tanto de él.

Ahora, imagina que nadie lo conoce, que a nadie le importa quién eres.

Piensa por un momento que nadie sabe que existes, que gritas desesperadamente y ninguna persona puede oírte. Estás encerrada, esperando que alguien a lo lejos pueda escuchar tus suplicas, le ruegas a todos los dioses existentes posibles que aún haya esperanza.



Piensa. Siente. Estás bajo tierra. No puedes respirar, toses cuando lo intentas; lo único que transpiras y logras ver es polvo. Tu pierna está sujeta a algo, no logras percibir qué es, pero se siente pesado, un hormigueo te recorre al igual que la incertidumbre. Y es que nadie sabe que estás ahí, porque el mundo entero no conoce tu existencia. Tienes familia, tienes casa, pero no un hogar. Vives escondida, tímida de que alguien pregunte sobre tu procedencia. Escapas de las preguntas. Sólo quieres una vida mejor de la que algún día tuviste, aunque eso signifique renunciar a tu identidad, aunque eso implique que ahora ninguna persona te busque cuando estás perdida bajo los restos de un edificio en donde trabajabas, o más bien, eras esclava; en un lugar en donde tu jefe busca más utilidad, menos sensibilidad. Empresas a las que no les importa si tú estás bien, si quieres ir al baño o estás entre los escombros gritando por auxilio. Vale más una máquina de coser, vale más un seguro que la vida que les da de comer. ¡Ah, humanos!, o más bien, inhumanos...

Escuchas gritos fuera, escuchas palabras de aliento, escuchas que te están buscando y eso provoca que el poco aliento que te queda se convierta en un tornado dentro de ti, que las cenizas del fénix comiencen a emergir. Necesitas seguir. Necesitas resistir. Escuchas que mueven piedras, pasos a lo lejos, sonidos sobre ti. Podrías salir de esta, lo piensas. Reflexionas sobre lo que harás saliendo: agradecer, llorar, volver a nacer; la vida te da otra oportunidad. O al menos eso parece. Eso hasta que alguien dice que ya no hay vida, que ya no hay qué buscar. Que dejen todo. Las personas no lo creen. Ellos saben que existes. Comienza la revuelta. El hartazgo. Y al no poder, llegan uniformados, hay órdenes de por medio, “controlar” a los civiles, le dicen. A tus dueños no les conviene que se conozca la verdad.



La poca esperanza que palpitaba en tu pecho se ha quedado nula, el polvo se adentra en tus venas y te intoxica hasta ahogarte con tu saliva. Eres cascajo, polvo, vales menos que una piedra porque te recogerán de entre ellas. No quieren que te veas. No les gustaría que todo el mundo observe que estás ahí, que existes. Que las leyes no les importan y, ¿cómo les va a importar si sólo quieren ganar? La utilidad vale más. Quieren ganar y hacerse millonarios bajo tus manos ensangrentadas y tu boca seca; bajo tu hambre maldita que te obliga a trabajar más de diez horas al día; bajo tu necesidad de querer un poco más de dignidad al vivir, bajo los escombros en los que te encuentras y en los que sabes que vas a morir…

*

Las imágenes que acompañan al texto son propiedad de Cristina Otero.

***

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TAGS: Nuevos escritores México Mujeres
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Marisol Avila


Escritora

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