En el paraíso de los amantes secretos
Letras

En el paraíso de los amantes secretos

Avatar of Pandora Chaos

Por: Pandora Chaos

12 de noviembre, 2018

Letras En el paraíso de los amantes secretos
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Por: Pandora Chaos

12 de noviembre, 2018

Descubre una de las tantas historias de cómo y dónde tener un romance secreto lejos de la ciudad y el placer que trae lo prohibido.

El paraíso de los amantes


Hacía una semana habíamos tomado una decisión, tal vez bajo los efectos del alcohol, pero sin lugar a dudas impulsadas por la desesperación del momento: inmersas en la obscenidad de la locura compramos pasajes y estadía para escaparnos a Colonia del Sacramento en Uruguay.


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Demás está decir que me encontraba completamente perdida en la pasión que caracterizaba a mi acompañante, ella marcaba límites y los sobrepasaba al mismo tiempo con actitudes absolutamente desconcertantes. Nunca supe cómo tratarla, ni cómo debía responder a sus palabras, mucho menos sobrellevar la situación; sin embargo, lo que me ataba a ella era su capacidad de entender mis silencios, sin siquiera incomodarse frente mi habitual mutismo.


A pesar de ser consciente de que nuestro romance no iría mucho más allá de aquel fin de semana de aventura, deseaba fervientemente ese tiempo sólo para nosotras; sin compromisos, relojes ni testigos. Apelar a lo prohibido siempre fue mi heroína; ser adicta a la adrenalina, quizás ese sea mi único pecado.


Aquel sábado de abril me levanté temprano para preparar todos los detalles de la huida, tomé el subterráneo de la línea B con destino a Leandro Alem; quería como pocas cosas llegar a la terminal de ferries y darle un beso que reflejara mis más oscuros deseos. Sin pensarlo conté las estaciones de metro que nos separaban, comencé a sentir como el frío recorría mi espalda y el sudor me humedecía las manos; me urgía abandonar la claustrofobia que el subterráneo me generaba, por lo que corrí escaleras arriba en busca de un poco de aire fresco. Me esforcé por caminar tranquilamente las calles de Puerto Madero, apreciando, a pesar de los nervios, la majestuosa opulencia de uno de los barrios más ricos y famosos de Buenos Aires; la brisa fresca del otoño naciente me acariciaba la piel mientras intentaba, quizás inútilmente, recobrar la compostura.


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Cuando finalmente llegué a la terminal la vi a lo lejos, recostada contra una de las paredes laterales con los auriculares puestos, le dediqué una sonrisa tímida y nerviosa y cuando me acercaba lentamente, meditando sobre el beso, ella tomó la iniciativa y me regaló uno breve y modesto.


Hicimos el embarque mucho más rápido de lo esperado, subimos al buque con miedo de encontrar alguna cara conocida y nos sentamos junto a una ventana para apreciar la vista del Río de la Plata. El viaje fue breve, intercambiamos algunas caricias escondidas, algunos casi besos.


Salimos del Puerto de Colonia de la mano, mientras caminábamos siguiendo la línea de la Costa; no conseguiría jamás expresar en palabras el sentimiento de rebeldía que se apoderó de mi, una sensación de libertad palpable e indiferente a las miradas ajenas. Esa pequeña ciudad tenía un esencia domesticadora de demonios, una paz contagiosa que no se podía resistir de forma alguna. Todo lo que existía era el aquí y ahora; en ese ímpetu detuve nuestra caminata y nos miramos a los ojos durante algunos segundos antes de unirnos en el primero de muchos besos cálidos y reveladores.


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Recorrimos el Centro Histórico mientras intentaba contarle algunas de las historias más conocidas de la Calle de los Suspiros; continuamos subiendo por los caminos adoquinados hasta la plaza principal, aquel escenario de edificación portuguesa antigua, de casas bajas, lineales y coloridas, llenas de enredaderas florales, que a su vez eran dueñas de magníficos portales de madera, inundaba nuestros ojos de belleza y amor.


Los restaurantes con sus explanadas en las veredas se encontraban repletos de turistas embelesados con la guitarra y la voz de algún que otro talentoso músico callejero llenando a Colonia de melodías inéditas.


Continuamos nuestro recorrido con dirección al Faro y acabamos en la costanera, el río parecía calmo y tranquilo. El sol de mediodía se relajaba en las aguas amarronadas y muy a lo lejos se podían apreciar algunos edificios de la vecina "ciudad de la furia".


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Anduvimos perdidas hasta llegar al Club de Yates, entretanto en el paisaje se combinaban edificaciones coloniales, españolas y portuguesas, que concedían a la ciudad en un equilibrio perfecto. Nos sentamos durante algunos minutos que parecieron horas a contemplar los barcos que navegaban tranquilamente en los alrededores, en silencio porque no habían palabras para expresar nuestros sentimientos. Cuando el hambre llamó a nuestra puerta decidimos almorzar, lejos de los otros turistas, en un pequeño local llamado “Los Farolitos” que por entonces preparaba los mejores chivitos uruguayos.


Llegamos al hotel después de 15 minutos de caminata extenuante por la Rambla, no voy a negar lo ansiosa que estaba por terminar con el check in y tener nuestro momento a solas; entré al cuarto llena de nervios pero sobre todo cargada de expectativas.

Estuvimos un rato sentadas en la sala observando el paisaje, ella tenía su cámara en las manos y a mí en la mira, quería tomarme una foto mientras me mordía el labio pero comencé a reírme; cuando dejó la cámara apoyada en la mesa de café aproveché para acercarme, ya había sido suficiente de ser cobarde, entonces fui por lo que quería, por ese beso mucho más ardiente que los anteriores, ella se paró y me retribuyó con vehemencia.


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Por alguna razón terminamos en el sofá, ella sonreía con picardía mientras yo intentaba quitarle la blusa; estaba encima como si supiera lo que hacía y en un abrir y cerrar de ojos estábamos casi completamente desnudas, acariciándonos la piel. Cada beso saciaba y aumentaba el deseo que se abría paso a como diera lugar para salir a la superficie.


Me llevó a la cama de la mano y dejé que tomara el control de la situación, me besaba con violencia mientras colocaba su mano sobre mi garganta y presionaba suavemente para dejarme sin aliento, me susurraba al oído y podía sentir cómo mi lubricación aumentaba exponencialmente. Pasó su lengua suavemente en mi pecho y me mordió con suavidad, todo mi cuerpo se arqueaba de placer mientras ella continuaba descendiendo con malicia en cuanto me rozaba con la yema de los dedos.


Lo único que todavía llevaba puesto era aquella tanga roja que elegí especialmente para la ocasión, recorrió con su lengua mi ingle y cuando pensaba que iba a desvestirme completamente, corrió sutilmente aquella pequeña pieza de lencería y pegó por unos instantes su boca a mis partes íntimas. Se retiró rápidamente mientras enloquecía de placer y me susurró al oído:


-Creo que esto está molestando.


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Mientras terminaba la frase se incorporaba velozmente para quitarme la ropa interior; ahora sí, estaba irreversiblemente desnuda a merced de sus deseos y de los míos. Me miró fijamente a los ojos antes de posar su boca, una vez más, sobre mi entrepierna; me besó el interior de los ambos muslos y me acarició con la lengua la unión entre la pierna y el pubis, para ese entonces había olvidado hasta mi nombre.


Sentí que mi cuerpo iba a explotar en millones de pedazos, las pulsiones de mi corazón se dispararon al infinito; me besaba, me acariciaba y deslizaba la lengua con suavidad e inclemencia al mismo tiempo. Mi cuerpo se movía de forma involuntaria, acompañando los movimientos de su boca, mi piel se erizó completamente, podía reconocer que el clímax se estaba aproximando. Me entregué al placer insaciable, ella no se detuvo y continuó provocándome mientras me recuperaba de aquel orgasmo tan deseado.


Me mostró más, que podía sentir mucho más placer; advertí que el vacío estaba nuevamente a escasos segundos y que sería mucho más intenso que el anterior. De repente sentí la tierra abrirse paso bajo mis pies y el vacío inconmensurable se volvió espasmo de placer, mi cuerpo un revoltijo estrafalario de sensaciones cálidas y frías, duró mucho más de lo que mi cuerpo pudo soportar.


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Cuando terminó apenas conseguía respirar y tuve la irrevocable certeza de aquello había sido, nada más y nada menos, que el preludio de la noche que se aproximaba.


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Referencias: