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Por qué ser oficinista te puede convertir en un mejor artista

5 de diciembre de 2017

Acsel Reyes

La vida del escritor, como la del oficinista, va a contracorriente sin que nadie aprecie su labor.



La vida del escritor, como la del oficinista, va a contracorriente sin que nadie aprecie su labor.

 

El colectivo es sabio, somos oficinistas, trabajamos como
Godínez
—término de la subcultura mexicana para referirse al asalariado que pareciera estar atado al escritorio, sin ser dueño de su tiempo. Desde el punto de vista sociológico, refleja el fracaso de los anhelos del mexicano por vivir alejado de su realidad y, además, su sano e inherente humor negro para burlarse de lo que le hace daño. Muestra la toalla en el ring de la vida, sin lanzarla nunca, resignado a su suerte.

 

Así que es momento de contar nuestra historia, porque de lo contrario nadie lo haría. A lo largo de la historia literaria, la imagen del burócrata de cabello aplastado, camisa blanca y traje oscuro se ha transformado en Nikolái Gógol, Herman Melville, Fernando Pessoa, Franz Kafka, Robert Musil, Mario Benedetti o Robert Walser. Todos ellos fueron escritores que, como la mayoría, encontraron en la oficina el modo de ganarse la vida para poder llegar a casa sin reproches y escribir sin remordimiento.

 




Con el paso del tiempo, la vida del escritor ha estado condicionada por encontrar la forma de ganar dinero. Y es allí que el hombre de mirada tímida y pueril encuentra en su talento para la escritura una herramienta valiosa en su vida de oficinista. Las mejores fotografías nacen de lo cotidiano y el trabajo del hombre de escritorio; captan imágenes hermosas del sujeto abriendo y cerrando cuadernos, probando papelería, tosiendo, hablando consigo mismo, maldiciendo en voz baja, pensando en el reloj que corre caprichoso —a veces cómplice, otras verdugo, lleva la furia y la felicidad en un instante.

 

La jornada del hombre promedio transcurre entre sus menesteres, enmarcado por un paisaje de un cielo cada vez más oscuro en el que levanta la mirada como un suspiro momentáneo; ante la mirada justa e inquisidora de su jefe, quien a lo lejos vigila su labor y su capacidad para atender los pendientes que lastimarían su fragilidad emocional.

 




La belleza del oficinista se sustenta en la inalterable capacidad del hombre para ir hacia adelante, y de presentarse cada mañana, en cualquier estado emocional, fiel a su responsabilidades. El
Godínez
es menospreciado, pero posee habilidad para todo. Se le encomiendan labores que, en su mayoría, es incapaz de realizar, pero que culmina de alguna manera. El administrativo, aparentemente falto de creatividad, resuelve con inventiva las labores más específicas o los encargos más sorpresivos desde el anonimato. Sin que nadie se pregunte “¿cómo lo hace?”.

 

Ese talentoso artista es ahora un oficinista que permanecerá lo suficientemente ocupado como para luchar contra su alma. Estará tranquilo la mayor parte del día, preparándose para los momentos de soledad bien ganada, algo que perdure en la memoria de los hombres. La oficina pareciera ser una jaula o cárcel, pero es más que eso: es el refugio de los hombres para no hacer el mal durante el día, y donde encuentra su vitalidad, potenciada por el aburrimiento que hace rugir el alma.

 

El escribiente más famoso de la literatura quizá sea Bartleby, personaje célebre de la obra del mismo nombre del escritor Herman Melville. Oficinista inolvidable que con una especie de aforismo —o epitafio— contesta asertivo los deseos de su jefe con un: "preferiría no hacerlo"; pero quien, sin embargo, permanece en la oficina, estoico, obediente y responsable. Como si la vida fuera una tarea inevitable a realizar, bajo la mirada incrédula de sus compañeros. Un personaje que, sin miedo, no llegaría temprano al trabajo.

 




Por último, podemos recordar a Wakefield, protagonista del famoso relato del estadounidense Nathaniel Hawthorne. Basado en la historia real de un oficinista de clase media que un día decide no regresar a casa después de una jornada laboral, sin razón aparente; pero no escapa, sino simplemente se refugia a un par de casas de distancia, en una especie de autoexilio en el que jamás deja de observar y velar por la seguridad de su esposa e hijos. Tiempo después, con una familia resignada a su desaparición o muerte, regresa a la calidez de una chimenea navideña, sin dar razones de su ausencia, con la convicción de que nada ha cambiado y que al día siguiente se presentará en la oficina con normalidad.

 

Sin duda, estas son historias que nos llevan a la reflexión y a conceptualizar nuevamente al hombre promedio que posee en el corazón la admirable virtud de perseverar; su deseo de no darse por vencido en este mundo hostil. Quizá la oficina le proporciona al artista una lección necesaria sobre la vida real y su equilibrio, encuentra la belleza en el arte de lo mínimo. Para muestra, te compartimos uno de los poemas en los diarios del escritor Robert Walser.

 

EN LA OFICINA

 

La luna nos mira desde afuera

y me ve languidecer como un pobre oficinista

bajo la mirada severa de mi jefe.

Me rasco el cuello, turbado.

Nunca he conocido

el sol luminoso y duradero de la vida.

La penuria es mi sino; tener que rascarme el cuello

bajo la mirada del jefe.

La luna es la herida de la noche, y gotas de sangre las estrellas.

Acaso esté lejos de la felicidad plena, pero a cambio me han hecho modesto.

La luna es la herida de la noche.


**


El bloqueo creativo es un mal que puede atacar al artista en cualquier momento. Si quieres conocer más beneficios de la creatividad y el arte, te invitamos a conocer 5 razones para decidirte a vivir rodeado de arte. 



TAGS: Psicología Siglo xxi Grandes escritores
REFERENCIAS:

Acsel Reyes


Colaborador

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