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La vida solitaria, triste y miserable de los detectives que viven en Ciudad de México

22 de diciembre de 2017

Alder Hugo Corona Amador.

Conoce la importancia de llamarse Hector Belascoaran Shayne.

Este texto es fundamentalmente para los miembros de la Brigada para leer en libertad,

cuya labor acerca la cultura al público, abre puertas, despierta preguntas y revela nuevos caminos.

Es también para Paco Ignacio Taibo II,

a quien le quería agradecer el tiempo que un autor se toma para atender a un seguidor.

a quien le quería devolver el favor:

"Ojala que Belascoaran, en tiempos oscuros como estos, te cuide los sueños, como a mí". 



Los sonidos de la calle Artículo 123 emergen desde la ventana de un viejo despacho, en el que un plomero guarda sus herramientas; un experto en drenaje profundo revisa un plano de cañerías, un tapicero lee el periódico sentado en un sofá desnudo y un detective independiente coloca un refresco embotellado sobre su ajado escritorio, traído hace décadas, a rastras, desde la Lagunilla. Héctor Belascoaran Shayne, ingeniero autojubilado, canalla, fisgón, insubordinado, investigador experimentado. Su tarjeta de presentación son sus cicatrices a través de todo el cuerpo, una pierna coja, una espalda que le fastidia al dormir cada noche y un sólo ojo bueno. Sorbe un trago de su bebida cuando una silueta consumida en la semiluz deslucida del vestíbulo toca la puerta de la oficina. Es recibida por una placa metálica que constata la naturaleza del submundo que yace después del umbral que, por supuesto, no era una cosa seria:

Belascoaran Shayne

Detective

Gómez Letras

Plomero

Gallo Villareal

Experto en drenaje profundo

Carlos Vargas

Tapicero


La silueta desvanecida en el cristal de la puerta se trasformó en mujer al atravesar el vano. De cintura reducida, cabellera castaña y piernas largas; usaba un saco negro con la solapa satinada, levemente ajustado pero decoroso, también una falda que llegaba hasta sus rodillas y un labial rosado, tenía entre 32 a 35 años. "Busco a Belascoaran", dijo al momento en que el tapicero alzaba la vista, con un gesto le señaló al hombre junto a la ventana. La dama se acercó tímidamente, hizo sonar sus tacones que, gracias a su buen gusto, combinaban con el saco. Hace unos años Héctor se habría puesto de pie para recibir la visita, pero los años lo habían vuelto poco dócil; sin embargo, más sensible ante los hechos ocultos en los rostros de las personas. En la mujer veía un matrimonio fallido, una posición estable, tal vez algún hijo. El método de Belascoaran no era deductivo, carecía de dialéctica, de forma que sus conclusiones no eran tales, sino meras corazonadas, había aprendido en confiar en su sentido común y negaba los principios detectivescos de Sherlock Holmes. "Tome asiento", le indicó Héctor, se limitó de manera inmediata a mirarla con su único ojo. La mujer, en cambio, se quedó observando el parche al otro lado del rostro del detective mientras seguía sus instrucciones.



¿Qué sería ahora? Se preguntó Héctor en su mente. ¿Un senador taras un desfalco, un ex amante perdido en el caribe, el asesinato de un alto mando del gobierno, la estafa del recién celebrado campeonato mundial de lucha libre, la pista de una pariente perdida hace décadas, el fantasma de un estrangulador serial que parece haber venido a cobrar su venganza, la copia de un retrato de Juan O'Gorman que hicieron pasar por el original, el hurto de La Piedra del Sol del Museo Nacional de Antropología, la transacción de piezas propiedad de la nación a intereses del Cardenal de la ciudad? Con todos sus años y aún tuerto, Belascoaran había visto una cantidad formidable de sucesos extraordinarios, suficiente para una serie de novelas. Mientras la mujer se disponía a hablar, Héctor sacó un delicado de una cajetilla bajo una gastada libreta al frente de él. "¿Le molesta?", interrumpió las intenciones de la mujer de pronunciar palabra y la dejó al principio de la oración. Ella accedió gentilmente a que Belascoaran fumara.


"Soy reportera", comenzó con la explicación. "Mi nombre es Irene". El caso que le planteaba la partenaire era por completo distinto a lo que pudo haber sospechado. Si bien los periodistas no le eran ajenos y había establecido relaciones cordiales con algunos, estudiaba mentalmente —y a vía de nuevas corazonadas— las intenciones de la forastera. "¿Y su apellido?", la interpoló Héctor; "eso no tiene importancia ahora", le contestó tajante.


Una bocanada atravesó el espacio entre Héctor y la ventana hasta confundirse con el borde del cristal. "He venido para hacerle una entrevista", continuó la reciente descubierta corresponsal. Sus palabras resonaron junto al ruido de la avenida. "¿Para quién trabaja?", le inquirió Héctor, curioso, sin un atisbo de sobresalto; sabía bien camuflar su impresión. Su habilidad de contener sus inquietudes le había resultado útil a lo largo de su carrera como detective. Durante una pelea, Belascoaran no mostraba sobresalto, se mantenía quieto, aparente absorbido por una tranquilidad inalterable; siempre supo atacar de la nada. Incluso ante la bella intrusa se conservó sereno. "Para nadie, no realmente", contestó antes de que su mano alcanzara el paquete de cigarrillos; "¿Lo acompaño? ", preguntó antes de disponer del delicado; "Por supuesto", le respondió Héctor; "Dejé de trabajar para alguien hace meses, pasé años sepultada en la nota roja", el humo salía de su boca.



 "Un día me harte, como se hartaron muchos y juntos formamos algo para mantenernos lejos de patrones…", Belascoaran estaba interesado más en la historia de la mujer que en sus propósitos hacia él. Empezaba a comportarse con naturalidad desenvuelta y con seguridad proseguía con el discurso. "¿Ha escuchado de gaceta digital?", Belascoaran movió la cabeza negativamente, la mujer se limitó a objetarle con una sonrisa escueta. "Es una publicación virtual, más o menos así es como se hace ahora". El bigote de Héctor se movió al compás de su risa. "Aquí conservamos el tiempo, esperamos a que los vinilos regresen y mi compañero, el Gallo, conserva una Olivetti envejecida que usa para escribirles las cartas a sus novias", declaró el detective. "Más importante, los periódicos los leemos impresos", agregó finalmente. "Pues usted, y yo también, pero el mundo se ha movido, 1999 acabó. También dejamos de hacer pinturas en las paredes de las cavernas, por si no estaba enterado". A Belascoaran Shayne, la mordacidad de la reportera le parecía afortunada. En su mente pasó la idea de seducirla, era muy atractiva, hace unos años pudo resultar cierto: la mujer de cabello castaño y él envueltos en sábanas a las sombras de su departamento, pero los años habían vuelto menos efectivas sus fantasías. Como ingeniero podía resultar agraciado, como detective parecía mucho más estropeado —estaba cojo y de un par de ojos marrones le quedaba uno—; no obstante, su apariencia daba la impresión de un hombre fiero, varonil, cabrón. Junto a su oficio había adoptado una identidad que podía comparársele a Humphrey Bogart en versión mexicana. La verdad era que a sus seis décadas le quedaban ya pocos ánimos de liarse con una femme fatale.


"¿Por qué ha venido conmigo?", preguntó Héctor mientras apagaba el cigarrillo. La mujer movió la cabeza para apartar el cabello de su semblante, se reacomodó en su asiento y comenzó a explicar: "Hay todo un público que sigue la huella de Belascoaran. ¿Lo sabe? Es un mito, un mito al estilo chilango. Un tipo que se escapa de la rutina, que se adentra a sus novelas policiales y las películas. Las personas aman estas historias: contarlas, crearlas, oírlas… yo escuché sobre usted. Fue hace tiempo, de un amigo en común. ¿Recuerda al 'cuervo Valdivia'?". A Héctor le despertaron los recuerdos, se vio sentado dentro de su auto, estacionado a la orilla de una avenida, alerta a la transmisión de la XEFS, entonces la voz cavernosa de un locutor presentaba un tema de Cuco Sánchez. "El cuervo" se podía sintonizar después de medianoche. Cuando la ciudad dormía un ejército vigilaba que el sol saliera al día siguiente, que nadie se lo fueran a robar; eran criaturas de la noche, como Héctor, preparados para recibir y dar ayuda. El programa del Cuervo servía de refugio para sus oyentes, como vía para denuncia y llamada de auxilio. Si Sherlock Holmes se servía de una milicia de vagabundos para mantener ojos en todo Londres, Belascoaran tenía la voz del Cuervo para externar su cometido. De momento, Belascoaran se sintió entre pasado y presente, entre la conversación que tenía en ese momento y la voz de un viejo amigo. "Recuerdo a Valdivia. ¿Qué tiene que ver usted con él?", dijo Héctor. "Cuando se retiró de la radio citadina, intentó montar una radiodifusora en una comunidad indígena. Lo logró, yo le ayudé, trabajé allí cuando joven". La reportera se ladeó ligeramente hacia la derecha y se fijó en una fotografía de Emiliano Zapata que Héctor conservaba, idealista, en su despacho. "Un día, en medio de una cena improvisada entre colegas, Valdivia nos empezó a contar del tipo más insólito que había conocido en su vida, un tal Belascoaran Shayne. Imagínese usted un detective privado en la Ciudad de México. ¿Quién lo hubiera pensado? Y aquí está, frente a mis ojos". Un silencio espectral ocupó la habitación. Gómez Letras, Gallo Villareal y Carlos Vargas mantenían la cabeza abajo, aparentemente concentrados en sus cometidos, pero alertas de la charla. "Privado no, independiente, detective independiente", corrigió a la reportera. "Como quiera. No vengo a molestarlo, Belascoaran, vengo a escribir un artículo sobre un personaje salido de un filme clase B para una publicación carente de recursos, tanto así que ni siquiera tenemos para el papel".


Belascoaran inclinó su cuerpo hacia el escritorio, apoyó sus brazos en la superficie. Quedó un poco más cerca de la reportera. "No sé qué le puedo contar, ya ve que cuando uno conoce a los mitos, la verdad puede parecer decepcionante". La reportera arqueó la ceja: "¿Usted cree? Hay un centenar de notas en diarios de toda la república que indican lo contrario. Hagamos una prueba", giró sobre su asiento para encontrar a los compañeros de Héctor, entonces continuó: "¿Cuánto tiempo llevan compartiendo oficina con el detective?"; Gómez Letras contestó: "Yo estoy aquí desde el 76, los demás llegaron de poco a poco al siguiente año". A la mujer le pareció que su visita podía comenzar a ser de provecho. "En todo ese tiempo, ¿qué es lo más inusual que han experimentado gracias a él?", apuntó al tipo robusto tras ella. Los hombres se miraron entre sí. Vargas empezó a hacer algo parecido a balbucear mientras un temporal de memorias le venían a la cabeza. Gómez se rascaba su calva. Villareal tomó la iniciativa: "Un tiroteo en planta baja"; Vargas le siguió: "Un hombre que entró desde la ventana usando un arnés para robar los archivos de Héctor"; Gómez tomó la palabra: "Un mariachi al mando de Belascoaran peleando contra un grupo de granaderos"; "Una bomba que habían hecho pasar por un paquete de donas", dijo alguno; "Un refresco envenenado en el refrigerador", le siguió; "Una vedette que escondía un juego de cuchillos bajo la falda", expusieron; "un exjefe delegacional escondido en el armario", se reveló; "Un cadáver en el baño"; "Una conocida actriz que salía en bata para comprar leche y huevos en la tienda"; "Un asesino de oriente que se tropezó en las escaleras"; "oro Azteca dentro de un maletín"; "A Pedro Infante tocando la puerta"; "Un duelo de espadas en el vestíbulo".


Las voces se agolparon mientras referían acontecimientos inusitados con el sello de Belascoaron Shayne. Atónita, la reportera intentó calmar el escándalo, pero su grito se ahogaba en el alboroto de menciones. Gómez, Villareal y Vargas se enfrascaron en un diálogo en el que no había lugar para la mujer que se esforzaba por moderarlos. En la bulla Belascoaran disparó su 45mm, apuntó con una antigua Colt hacia la pared de un costado, la detonación dejó una marca dramática en el muro, después guardó el arma en el cajón de su escritorio. En la habitación dominó el silencio. La mujer se volvió hacia el detective, un mechón le quedó sobre el rostro y Héctor la notó pálida; los tres hombres de alrededor no se inmutaron.



"¿Por qué siguen aquí después de tanto? ", preguntó la mujer unos instantes después, cuando ya había superado el sobresalto. Gómez alzó los hombros. "Fuera de aquí todo es costumbre, estando Héctor te aseguras de tener tu dosis de emoción, le da sentido a todo lo demás. Dígame…". Y Gómez apretó su mano. "¿No le gustaría huir de sus hábitos, su vida? Pensar que quiere ser algo más que parte de la clase mediera mexicana y hacerlo. Todos lo reflexionamos alguna vez, lo descartamos y asumimos que eso era lo correcto. Héctor no, un día al salir del cine con su exesposa pensó que aquella vida no era digna de alguien llamado Belascoaran Shayne y se convirtió en un cliché de novelas negras, si usted quiere, pero algo especial a fin de cuentas. Este wey es necio, no se sabe estar quieto, no conoce más que el camino difícil, lo fácil hubiera sido quedarse casado, no haber renunciado nunca a su puesto como ingeniero, pero no… él quería ser detective independiente". Los otros se sorprendieron de la aseveración de Gómez. "Caray, no te conocía la faceta de filosofo", le dijo Villareal. "Pues ya ves", prosiguió Gómez, "ya deja que te haga la entrevista Héctor, con suerte ahora si te hace Guillermo del Toro esa película que te dijeron hace años".


Belascoaran sacó otro cigarrillo para acompañar la mesa redonda, contempló a la entusiasta reportera con su único ojo. "Antes dígame su apellido"; "Es Adler, mi padre era inglés. ¿Creía que era el único con un nombre rimbombante?", Héctor sonrió; "Comience con lo que usted quiera", dijo sin cavilar.


La entrevista duró seis horas, al marcharse la reportera, ya se habían despedido los otros también. Esa noche Héctor acabó por encontrarse solo, mirando por la ventana hacia la calle Artículo 123. Miraba los autos pequeñitos, a algún peatón que se tambaleaba en la acera, alzó la vista para ver las estrellas pero el vacío negro del espacio ya había consumido a todas. Detrás de una senda de edificios antiguos se extendía una ciudad que conocía de sobra; festiva, de espíritus, tragicómica, repleta de imposibilidades, él era una de ellas. "Cuanto más complicado, mejor, cuanto más imposible, más bello", como decía su padre. Para Belascoaran la virtud de su oficio era la posibilidad de combatir lo absurdo, manipular lo incontrolable, tal cual era la dinámica en la Ciudad de México. Se preguntó si la capital y su desorden lo habían inventado a él, como resultado de una descabellada línea de hechos que rayaban entre lo ficticio y romántico; o era él quien se inventaba la ciudad como el abrigo de todas sus pasiones. Las luces de los edificios se apagaban de a poco, la calle se quedaba a merced de las farolas sobre el pavimento; era como ver la vida pasar.


Se fijó en sus muebles, en la pintura de las paredes, en el piso laminado y las vigas que atravesaban el techo; como él, los sentía decrépitos. La vejez conducía a un destino universalmente compartido: la muerte. A Belascoaran no le extrañaba, tampoco lo perturbaba, pero sí lo asustaba a ratos. Para él, la muerte era una vieja amante. Sabía que se muere un montón de veces, sabía que todos los días era como un universo engullido por el tiempo antes de un nuevo comienzo, con la luz del alba; cada noche uno moría en el sueño, al cerrar los ojos y no abrirlos hasta la mañana siguiente, a veces le gustaría poder dormir con los ojos abiertos, y así no morir nunca. De preguntarle hubiera dicho que la muerte se experimentaba como una sensación de asfixia, mientras tus pulmones se llenan de agua de lluvia, escuchas la melodía "Only You" de los Platters a lo lejos, era como arrastrarse a través del pavimento helado hasta encontrar mausoleo en un charco. Así era morir, según la interpretación de Héctor.



Tenía 60 o 65 años, no sabía bien. Su cuerpo le dolía igual que sus recuerdos. A la Colt que guardaba en el escritorio le quedaba un disparo, pensó en usarlo, si uno puede escoger cómo vivir también debería tener derecho a escoger cómo morir, pero hubiera sido un final de mierda para Héctor Belascoaran Shayne. Tomó su gabardina gris, el par de delicados que le sobraban y salió del despacho.


Tres días después encontró un sobre deslizado bajó la puerta de su oficina con algunas hojas dentro. El titulo decía: "La importancia de llamarse Héctor Belascoaran Shayne", le continuaba un artículo de ocho cuartillas. En palabras de la reportera era descrito como: "Desarraigado, fugado de la clase media, curioso hasta la locura, terco obsesivamente; repleto de un sentido del humor a la mexicana, negro, algo tristón". Se sintió halagado. Al terminar la lectura halló unas pequeñas líneas apartadas del texto principal por algunos saltos de páginas.


Nota para Belascoaran: Al presentarme en tu oficina me esperaba un hombre de una personalidad extraña, a lo mucho excéntrico. De alguna forma, podía negar que fueras real pensando que estabas sólo loco. Al conocerte me di cuenta de que estás lejos de ser un mero personaje de la ficción citadina; supongo que creo en ti y en lo que haces, en lo que has realizado durante 40 años. Al escribir este artículo sospeché que, de publicarse y resquebrajar al mito de Belascoaran, le abriría la puerta a personas que quieren matarte, para quienes es mejor que no haya curiosos. Es por eso y por mi fe en que a este país le hace falta un mayor número de fisgones, que no publicaré nada sobre ti. Lo que sí haré será invitarte a tomar un café, o de nuevo me infiltraré en tu despacho para escuchar más historias de Villareal, Gómez, Vargas y tuyas. Si no puedo escribirlas, sí quiero conocerlas todas. Tal vez sea momento de que consideres eso del detective solitario y te consigas un Watson.

Con cariño.

Irene Adler.


Belascoaran, quien era insospechadamente organizado, escribió en la solapa de un folder el nombre de la periodista, introdujo el artículo que acababa de recibir dentro y lo metió al archivero metálico junto a un perchero del que colgaba su abrigo. La mañana era fría, iluminada por la luz tenue del sol en invierno. Salió a realizar compras navideñas, al caminar por Artículo 123 se le ocurrió que era una estupidez aquello de sentirse viejo, le quedaban cientos de planes, cientos de direcciones que tomar y un millar de aventuras. Si el rumbo de su andar lo llevaba a Madrid podría ver, por fin, un concierto de Joaquín Sabina; tal vez podría volar hacia Cuba y conocer a un detective en La Habana de nombre Mario Conde, con quien se divertía intercambiando e-mails; como sea, la marcha aún era larga. Al doblar por Bucareli una mujer peinada con cola de caballo se le apareció enfrente, la recibió con una sonrisa y un beso en la frente. Los amores añejos fascinaban a Héctor. Ella lo tomó del brazo y junto a él desapareció en un tumulto de peatones, a través de la tensión del asfalto en hora pico, en una ciudad en la que era posible abandonar el sueño del ingeniero próspero por el sueño del detective, solitario, independiente y libre.



NOTA:

Hectór Belascoaran Shayne fue creado por el novelista Paco Ignacio Taibo II. Para conocerlo deben leer la serie de libros en los que es el protagonista: Días de combate, Cosa Fácil, Algunas Nubes, No habrá final feliz, De regreso a la misma ciudad y bajo la lluvia, Amoroso Fantasmas, Sueños de frontera, Desvanecidos difuntos, Adiós Madrid y Muertos incómodos. Este texto no es más que una recomendación, con muchas libertades, de las novelas. También es un reconocimiento al trabajo de Taibo al reinventar la novela policial y regalarnos a Belascoaran, a quien podemos sentir nuestro o a nosotros parte de él.



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TAGS: muerte Literatura mexicana Grandes escritores
REFERENCIAS:

Alder Hugo Corona Amador.


Colaborador

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