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No fue tan fácil aprender a vivir sin ti

14 de mayo de 2018

Escribidora GzNv

Ajustaba el broche una y otra vez sobre la solapa del saco, por más que se miraba al espejo nada parecía perfecto. Andrés era uno de esos chicos que si algo no le llenaba la pupila, sencillamente no servía. Se miró una y otra vez desde los zapatos hasta el último cabello rizado, para que todo estuviera en su lugar, para que Lucía lo viera impecable, como aquella tarde en que la vio por primera vez. 


Lucía y Andrés se conocían desde hace poco más de tres años, fue una tarde lluviosa cuando ella se refugió en la cafetería de él, comenzaron a platicar y después de algunas salidas se hicieron novios. Eran una pareja lo más parecido a la perfección, y aunque de vez en cuando peleaban no pasaban un par de días cuando se les veía de nuevo juntos. Andrés le pidió matrimonio a Lucía el día en que ella cumplió 25 años, todo fue hermoso y con olor a flores. 



El reloj marcaba las 11:30, Andrés debía hacer que ese broche quedara perfectamente bien ajustado a la solapa porque ya era hora de salir rumbo a la iglesia. Se subió a su auto, esperó a que así lo hiciera su madre y juntos iniciaron el viaje. Llegaron a la iglesia, le sudaban las manos y le temblaba cada centímetro del cuerpo, seguía ajustándose el broche y al mismo tiempo caminaba hacia el altar. Se detuvo, respiró profundamente, puso sus manos atrás y sonrió. Justo a tiempo llegó Lucía, se veía hermosa en aquel entallado vestido blanco, él siempre admiró de ella su perfecta cintura, sus brazos delgados combinaban perfecto con el escote que dejaba ver su lunar del pecho, ese que tanto guardaba y que resultaba sensual. Se encontraron, se miraron y así se besaron, no fue necesario ni siquiera rozarse los labios, los ojos lo dijeron todo. Se juraron amor eterno con una sonrisa que les llenaba el rostro, y así vivieron los siguientes años de su vida. 


Fue una mañana de frío invierno cuando Lucía entró con el rostro cubierto de lágrimas, no podía creer que la vida le diera la espalda así, justo cuando la felicidad le llenaba hasta el último rincón del alma. Andrés cruzó la puerta y sólo de verla supo que algo no estaba bien. Traía a la pequeña Andrea entre sus brazos, entonces Lucía corrió hasta donde ellos para darles la terrible noticia de que la muerte la acechaba y no descansaría hasta llevársela. Un terrible cáncer terminal no le daría más de dos meses a lado de su esposo y su pequeña de apenas tres años. Las lágrimas no fueron suficientes durante toda una noche, el dolor que ambos sentían nada lo podía remediar, se abrazaban, lloraban, maldecían y se preguntaban una y otra vez el por qué así, y por qué a ellos. 


Transcurrieron los días, Lucía empeoraba en cuanto a su salud y el estado de ánimo, la tristeza era una constante en su pensamiento, pero sonreía y le daba la mejor cara a cada mañana. Una tarde de julio, Andrés regresaba del trabajo, había pasado a la guardería por su pequeña hija, al llegar a casa se encontró con su esposa en la silla mecedora que le había regalado cuando Andrea nació, para que ahí en las noches le contara un cuento, para que le diera de comer por las madrugadas, para reír con su hija. Ahora esa silla se había convertido en el escenario más triste, sentada estaba Lucía, tan pálida como una hoja de papel, tan delgada como nunca había estado, tan fría como el corazón de su amado Andrés ahora que ella no estaría más con él. 



Andrea y Andrés ahora estaban solos, Lucía se había convertido en la única razón de él para mirar al cielo. No había nada en la vida que le devolviera la sonrisa, no sabía qué hacer con su vida y la de la pequeña, lo único que sabía era que debía aprender a reír de nuevo para enseñarle a su hija la otra cara de la vida. No sería fácil aprender a vivir sin Lucía, sin su torneada cintura acompañándolo por las noches, sin la alegría que sentía cada mañana al verla dormir, sin la mujer que había amado durante muchos años. Pasarán los meses y los años, Andrés tendrá que aprender a sonreír, a vivir, a volver a sentir los latidos de su corazón, a enamorarse de la vida.



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Muchas veces no entendemos el por qué de la vida, por eso, estas lecciones de amor, filosofía y sexo que sólo aprenderás de La insoportable levedad del ser te ayudarán.


TAGS: muerte Cuentos Amor
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