Letras

Soberanía

Letras Soberanía

Fotografía por: Rodrigo Cerbón

 

Llueve. Las gotas son tibias; el líquido, espeso y turbio. El cielo se asemeja a un vidrio esmerilado tras del que se intuye una luna amarilla, tal vez un sol, imposible saberlo. Un haz mortecino se proyecta en los charcos que tintinean al paso de los insectos, ejércitos de ellos que parecen romper filas de modo permanente. ¿Había visto brillar antes el lomo de las cucarachas tan cerca de él? Recuerda que hace muchos años, cuando recién se casó con Hortensia, vivió algo similar. Una calurosa noche de mayo llegó a su vecindad, abrió la puerta y vio que las baldosas del patio central, un pasillo angosto, lóbrego y alargado, tenían destellitos: decenas de cucarachas corrían y reflejaban los rayos de la luna. Brotaban de las alcantarillas. La escena lo había horrorizado, al principio, aunque después le había producido asco. En aquella ocasión entró a su apartamento y, sin mediar palabra con su mujer, cogió un insecticida. Regresó al patio y vació el aerosol con un empeño rayano en la locura. Disparaba sobre cada corpúsculo, en los recovecos de las alcantarillas, en los muros, en jambas, dinteles y alféizares. Generó una niebla fétida que sacó de sus apartamentos a los vecinos para reclamarle el atrevimiento. «Vas a intoxicarnos, estúpido», le gritaron varios, pero él los ignoraba, embebido en exterminar a los bichos que zigzagueaban, aturdidos e iluminados, como si la luna descargara en ellos su luz de la misma forma en que alguien hace una revelación perversa a otros. Hoy, que todo ha cambiado, recuerda esa noche y la mañana que le siguió: al despertarse, corrió a testificar la masacre, sin embargo casi ningún cadáver daba fe de lo ocurrido; sólo pocas alas y patas desperdigadas le hicieron convencerse de que no había tenido un mal sueño. Su mujer le dijo que, seguramente, los pájaros se habían hecho cargo de la limpieza. A él le causó repugnancia.

 

            La lluvia ha cedido un poco y el tránsito peculiar se ha incrementado. ¿De dónde salen tantas? ¿De qué se alimentan? Se pasean soberbias, confiadas: ahora son los únicos seres con vida, además de él. Recuerda lo difícil que era aplastarlas, algunas corrían a su encuentro, veloces, en direcciones impredecibles, iguales a los hábiles jugadores de soccer que un día causaron su deleite. Regarles veneno encima o prensarlas bajo las suelas no era fácil y lograrlo varias veces lo hizo tener pesadillas, nada similar a lo que hoy vive. Tal vez haya adquirido práctica: ahora, cada que siente la necesidad, sólo debe agacharse y, más que atrapar, recolectar cuantos bichos requiera con tal de saciarse; pareciera que corren al encuentro de su mano. ¿Quién lo diría? ¿Cómo habría podido imaginar que los pájaros de otro tiempo le enseñarían a sobrevivir? Ha sospechado que fueron esos insectos quienes ocasionaron la tragedia y que ahora, impuesta su soberanía, rigen a voluntad y junto con la constante lluvia le permiten seguir vivo. Tal vez él mismo sea ya parte de ellas, aunque el guiño a Kafka le resulte chocante. Si no es de esa manera, si él dista aún tanto de ellas como se empeña en creer, se debe a que ellas tienen cierta conciencia de lo mismo, pues tampoco cree del todo que la gran disposición que muestran al dejarse atrapar se compare con las antiguas deferencias de los cortesanos ante su monarca. Él es, en todo caso, una especie de rey triste; gobierna, sin opción, un reino de insectos en el cual, sospecha, resulta ser en realidad el último de los esclavos.

 

Este es uno de los cinco cuentos que conforman la colección inédita Chismes del fin del mundo, escrita por José Luis Enciso. 

 


Referencias: