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Te espero, sólo anhelo decirte que te quiero y que necesito tu cariño

16 de febrero de 2018

Marisol Avila

Pasas justo frente a mí y volteas a verme ligeramente sorprendido, lo sabes...

El texto que se comparte a continuación fue escrito por Marisol Ávila.



Estamos sentados en una banca en el parque del pueblo, todo es tan verde, el aire fresco nos toca el rostro tan suavemente que apenas es perceptible; sin embargo, el silencio es perturbante, usualmente contigo no es así. Sé que es de aquellos momentos en el que cualquier palabra o movimiento podría empeorarlo todo y no quiero que eso suceda.

Suspiro. Estoy tan casada de que la vida nos ponga tantas trabas. Tengo tantas palabras en mi mente, pero ninguna logra salir sin actuar como daga. Debo callar, al menos hasta repasar el dialogo menos hiriente. Entonces comienzas a hablar.

—¿Qué quieres de mí? —preguntas con tristeza y sin mirarme a los ojos. Hay demasiada gente, pienso. Esto no va a salir bien.

Quiero que estés conmigo —susurré.

—Pero, si me quieres a mí, ¿por qué no estamos juntos? —vuelves a preguntar con un dolor tan intenso que me quema las venas.

—Quiero que estés conmigo —repito—, sólo eso.

—¿Quieres que esté cómo? ¿Como una mano para apoyarte, como un hombro para llorar cuando se te apetece —Cada palabra sale con más molestia—, como un idiota al que puedes pisotear cada que quieres?

—No —intento arreglarlo todo—. No me refería a eso. Sólo quiero que estés pase lo que pase, que nunca te alejes…

—¡Me estás utilizando! ¡¿Cómo no me di cuenta?! No, no puedo permitirlo, ¡ya me harte de esto! —Te pones justo delante mío, habías alzado tan poco la voz, pero para mis oídos había sido tan significativo que el mar venía hacía mis ojos y podía sentir cómo mis venas se despellejaban.

Apoyo mis brazos sobre la orilla raspada y grisácea. Me levanto.

—Vete —digo sin titubear mientras me observas con el ceño fruncido—. Haz lo que yo nunca he podido —Las lágrimas ya están brotando de mi cuerpo entretanto, cubren mis mejillas y las quemas como la llama a la madera—. Termina esta historia.



Con la poca fuerza que me queda y los pies fatigados camino lejos, no sé aún hacía dónde, pero lejos de ti para que podamos culminar con el estambre que hemos hecho. Me limpio con las mangas de mi sudadera la humedad de mi rostro. Quiero creer que esto es lo mejor para ambos, acabar con el mal que este amor nos está causando y nos está consumiendo. Pero las voces dentro de mi cabeza me gritan que no te deje ir, que aún falta mucho para dar. Tal vez tengan razón. Quizá deba luchar.

He decidido quedarme afuera del subterráneo para poder encontrarte. Fue ahí en donde comenzó nuestra historia; como dos buenos jóvenes nos sentamos ahí durante horas a platicar de cosas tan absurdas e importantes que terminamos por amarnos. Te espero, sólo anhelo decirte que te quiero y que necesito tu cariño. Pasas justo frente a mí y volteas a verme ligeramente sorprendido, lo sabes, sabes que estoy aquí para luchar un poco más. Pero comienzo a sollozar y mi voz parece una burbuja con tanto color y poder, pero que de repente explota y desaparece. Rápidamente tomo una pluma de mi mochila, tomo tu mano con las mías temblando y sólo soy capaz de escribirte que te extrañaré.

Me quieres mirar con indiferencia, sé que lo intentas, pero te conozco tan bien que sé que te estás cayendo por dentro al igual que yo.

—¿Por qué me haces daño? —preguntas con dolor—. Yo te quiero.

Quiero justificarme, justificar la patética actitud que he estado teniendo todo este tiempo; mi boca está sellada cual tumba, hay algo en mi garganta que me impide hablar y sólo puedo escuchar como gimo de dolor y angustia porque sé que te irás de mi lado, que esta podría ser la última vez que podría amarte.

De pronto siento que mi cuerpo se balancea; me siento en el espacio, sin gravedad y que mis piernas y todo mi cuerpo flaquea. ¿En dónde estoy? ¿Qué está pasando? Estoy a punto de caer al suelo. Pero me detienes en el momento en el que mis rodillas tiemblan. Tomas mis manos y me miras fijamente. Me examinas, me tomas de las muñecas, me tomas el pulso sin que me cuenta.

—No estás bien. Debes ir a casa.

Yo no quiero ir a mi hogar. Deseo quedarme contigo, arreglar nuestro conflicto para poder estar juntos. El desequilibrio me vence y de repente mis rodillas están sobre el pavimento. Me agarras de la mano y me ayudas a levantarme, tomas mi cintura y me tomas con fuerza entre tus brazos, te pido que me bajes, me da vergüenza que me vean y sentirme tan débil. Sólo escucho que dices que debo irme a casa. Subes cargándome las escaleras y al llegar a la calle principal pides por un taxi; das mi dirección al conductor y emprendemos el viaje a mi casa. Me siento desorientada mientras avanzamos, no logro reaccionar y mi mente aún parece flotar en el abismo.

Llegamos en menos de quince minutos al destino. Bajo del automóvil viejo y tú corres a la tienda de la esquina. Me siento en la banqueta mientras intento respirar y recuperarme. Te veo correr hacía mí. Me das un chocolate y pides que lo coma amablemente, prometiéndome que me hará bien. Lo tomo delicadamente, quito la envoltura lentamente y comienzo a morder y sentir el sabor amargo en mi paladar. Intento levantarme con éxito y veo que avanzamos hacía mi casa. Me pides la llave, abres y te postras frente a mí.



—Es tiempo de decir adiós. Métete a descansar.

—No… No… No… -sólo susurro. Mi pecho empieza a acelerarse de una manera impresionante, me duele, me lastima. Me toco y siento como si fuera a explotar mi alma.

Me pides entrar, dices cosas que no entiendo. Hablas de cosas sin sentido como que todo lo que está pasando es parte de mi imaginación, que tú no estás ahí. Caigo al suelo y sollozo.

—Perdón –repito una y otra vez.

Te alejas de mí, supongo que ya no quieres nada más de mí. Me miras decepcionado y esperando terminar con esta imprudencia. Ya no tengo fuerzas. Mis brazos y piernas ya no reaccionan. Me quedo sentada en el sofá negro de la sala mientras te marchas. Es tarde.

Respiro. Trato de hacerlo para poder equilibrarme. Recuperar mi energía. Poco a poco mi lucidez está de vuelta y entiendo que la vida es así, es un ciclo constante de abrir y cerrar heridas, de tener cicatrices que van dejando un sabor amargo, pero que con el tiempo, al tocarlas se convertirán en una sonrisa.



Pero se escucha la puerta. Corro a abrir y estás ahí. Me ves con dulzura, una manera tan sincera y pura.

—¿Crees que es tan fácil dejar ir al amor de tu vida? Ven aquí—. Me abrazas y en ese instante soy la persona más feliz.

*

Las imágenes que acompañan al texto son propiedad loveandwolves.

***

A pesar de su final trágico, Alfonsina Storni es parte de las poetas más importantes en la historia de habla hispana. Como ella, otros poetas han escrito obras que son mejores que un "te amo".

TAGS: Cuentos Nuevos escritores Amor
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Marisol Avila


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