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Un cuento para entender por qué la adolescencia nos vuelve impulsivos y crueles en el amor

2 de noviembre de 2018

Daniela T. Isasmendi



La vida está llena de turbulencias que suelen acabar tarde o temprano, pero parece que durante la adolescencia estamos destinados a sufrir de amor. A continuación, te presentamos "Su caos era mi perdición, cuento de amor y adolescencia.





SU CAOS ERA MI PERDICIÓN


Todo empezó cuando tenía 16 . Era un desastre y quizás aín lo soy. Cada día me levantaba temprano y le daba un vistazo a mi blog de Tumblr. Entre dos o tres tazas de café distraía mi mente en mi otra realidad. La virtual que, he de decir, aún sigue siendo mi favorita. Que preciosa forma de alternar la vida. De camino al colegio salía varios minutos antes para pasar por scones a una panadería que quedaba considerablemente lejos de casa, al igual que la parada. Era mi parte favorita. De todo lo que compraba, seguramente comería uno o dos panecillos dulces y esa sería la ración suficiente para no romper mi dieta estricta con la cual llegaría a pesar 47 kg para el final del mes, y el siguiente con suerte menos. En el colegio me encontraría con algunas amigas, quienes no sabían que me gustaban. Ambas.


A veces me dolía demasiado el estómago antes de llegar, luego supe que era ansiedad y que era tan leve comparado a otros arranques futuros. No puedes escapar de todo lo que te afecta. A veces es mejor aprender a vivir con ello. No pretendo escribir un texto de autoayuda y recordar a la novia de mi padre repartiendo algunas frases para luego hacer exactamente lo contrario. Quizás eso fue una burla. En efecto. Sí.

 

Luego de pasar por muchos colegios, al fin encontré uno en el cual era popular. No es que quisiera serlo, simplemente llegó como llega todo lo que tiene que ser y luego supe que esa sería la ruina de mi adolescencia. Conseguí un novio, luego otro, luego otro más. Conseguí que mi amiga me hiciera caso sin siquiera tener que acercarme a ella. Dejé de hablarle y allí estaba. Rogando. Supongo que esa es la táctica perfecta por excelencia, es la indicación clave que nadie sigue y no porque no quieran. Pronto me querría en todas sus fiestas, pronto me querría más cerca porque sin mí no era nada para los demás, también hubiese sido nada sin ella.


Me presté para sus juegos y ella para los míos. Durante el recreo ella bajaba al patio para comprar algo sin llamarme, desde el pasillo de arriba que daba al bufet yo le hacía señas, y si alguien miraba le tiraba un beso o cualquier otro tipo de guiño romántico/mentiroso/de preferencia sugerente. Abajo nos tomábamos las manos por contados segundos. Sofía me usaba a su antojo y yo siempre estaba ahí. Dispuesta. Pronto no sólo los demás alumnos del instituto querían salir de fiesta con nosotras, también universitarios y desertores de secundaria. Para ella era cool, para mí ya no era tan genial como al principio. Las drogas nunca son gratis para mentes frágiles con cuerpos bonitos.


Los profesores empezaron a darnos más atención. Y un día en clase de educación física mi profesora favorita también. Jamás pensé tener tanta suerte. Practicábamos volley en avanzado, mientras las demás jugaban yo sólo mascaba chicle e imaginaba cosas absurdas. Aún hoy me pregunto por qué estaba en avanzado, odio ese deporte. Silvia, mi profesora, me llamó para quitarme el chicle y hacerme una nota para llevar a casa, pero el timbre sonó, salvándome de donde quería perderme por siempre.


—Mierda.


Esperé con ansias la siguiente clase. Al salir de clases, me cambiaba y me arreglaba cuidadosamente para ir a física, intentando lucir lo más casual posible, lo cual estoy segura no logré con delineador y mil capas de rímel. Esa mañana había sido ya de por sí bastante pesada. En clases me desmayé tras no comer y me enviaron a casa con una nota, la cual posteriormente firmé yo misma, no hablé con Sofía ese día. En casa ignoré por completo sus llamadas y textos de WhatsApp. Sólo quería mejorar para ir a la clase de educación física esa tarde y posiblemente a una fiesta por la noche. Comí bastante para lo que acostumbraba a comer al mediodía.


Ya en clase, Silvia no estaba. A la salida, pasé por casa de Sofía, quien no quiso verme. Me quedé a esperar de todas formas. Era una tarde hermosa. Varios chicos llegaron a tocar la puerta de su casa, aparentemente sus padres no estaban. Tuve que saludarlos para que me dejara pasar a mí también. Funcionó, y esa noche fui yo quien no quiso contestar sus llamadas. A la mañana siguiente sucedió aquello que tanto esperaba, me llamaron de dirección para ver a la profesora de física, quien me hizo la nota y me llevó a la sala de profesores. Estábamos solas. ¿Sabría ella que me gustaba desde el último año de primaria? Por supuesto que sí. Ese día la llamé por su nombre por primera vez. Silvia. No me gusta ese nombre.


Silvia me dijo que la esperase a la salida en un lugar alejado del colegio para que los demás no nos vieran. Acordamos una plaza a unas cuantas cuadras. Esperé hasta ver su auto blanco con los vidrios de las ventanas polarizados y fuimos a su casa. Mi corazón latía de nervios y mis manos temblaban, me sentía genial por ‘‘levantarme’’ a alguien mayor que yo. En su casa vimos un par de cortos independientes de unos amigos suyos estudiantes de teatro y cine. Luego los conocí. Decían ser bohemios, pero eran un par de hippies agrandados. Mientras yo miraba todo menos las imágenes que proyectaba su televisor, comíamos helado y yo pensaba cómo hacer para acercarme justo a donde quería. Dejé de pensarlo y de pronto Silvia y yo nos besamos.


Con el pasar de los meses nuestros encuentros se hicieron más frecuentes, dejé de ver a los demás. Sólo alguien sabía por qué me perdía por tanto tiempo en mi segunda realidad favorita. Sabía que en algún momento tendría que despertar de ella y afrontar todo aquello que había dejado de lado. Mis amigas, a quienes para ser honesta ya no extrañaba, se habían convertido en una especie de escuadrón del odio esparciendo falsos rumores de mí, no me quejé porque sabía que eran esos rumores los que me resguardaban. En cierta forma, Sofia cubría mi espalda con su odio y poder de manipulación, producto de su belleza y egocentrismo. Sofía aún me quería para ella, pero a su modo, el problema era que yo no era de ella ni de Silvia, ni de mis padres, ni de nadie.

 

Todo fue maravilloso hasta que un día Silvia me dijo que debía irse a otra provincia, me regaló sus libros, su campera de cuero, me ofreció algunos muebles que acepté para venderlos todos y comprarle algo a mi amiga Sofía. Me rompió el corazón en pedazos. La hice de menos, le envié un texto que copié y pegué a todas sus redes sociales esperando hacerla sentir mal, avergonzada de sí misma. No creo que haya funcionado. Después cambiaba mi discurso y llena de ira le recordaba cuán estúpida tenía que ser para salir con alguien de mi edad y le tiraba uno que otro insulto, pero eran tan certeros que me dolían más a mí que a ella. Pronto dejé de rogarle y exigirle respuestas que jamás obtendría de su boca, pero sí de sus actos. Por meses no hablé con nadie. Pero todos hablaban de mí, sentía sus ojos encima cuando pasaba por los pasillos. En el baño habían escrito insultos para mí de los cuales no me había percatado hasta ese momento, hasta el día en el que volví a mi realidad cero.

 

En el colegio, Sofía se rió de mí, llorando me sacó en cara todo el supuesto daño que yo le había causado y me abrazó. Descubrí que tampoco la necesitaba a ella y no era mi culpa.


**


Si quieres leer más poemas de amor y desamor, te invitamos a que conozcas a los autores de los poemas para los que se resisten a superar las decepciones y los poemas para los que no quieren olvidar.



TAGS: Cuentos Nuevos escritores crowdsourcing
REFERENCIAS:

Daniela T. Isasmendi


Colaborador

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