Suspendido en la luz de tus pupilas olvido la vida y la muerte

miércoles, 9 de agosto de 2017 11:12

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"Uno de los siete mayores dioses de la lírica mexicana", así describe el crítico Henríquez Ureña a Enrique González Martínez (1871-1952), el gran poeta jalisciense. Fue fundador del Colegio Nacional y miembro de la generación de intelectuales y artistas conocida como el Ateneo de la Juventud, que impulsaron las artes, la cultura y la educación en México. Con una métrica brillante e imágenes poéticas inspiradas en la naturaleza —como era propio del estilo literario de la época—, González Martínez no teme a hablar de frente sobre el amor, la muerte y la tristeza. Aquí te compartimos dos de sus poemas.





VIENES A MÍ


Vienes a mí, te acercas y te anuncias

con tan leve rumor, que mi reposo

no turbas, y es un canto milagroso

cada una de las frases que pronuncias.


Vienes a mí, no tiemblas, no vacilas,

y hay al mirarnos atracción tan fuerte,

que lo olvidamos todo, vida y muerte,

suspensos en la luz de tus pupilas.


Y mi vida penetras y te siento

tan cerca de mi propio pensamiento

y hay en la posesión tan honda calma,


que interrogo al misterio en que me abismo

si somos dos reflejos de un ser mismo,

la doble encarnación de una sola alma.





PORQUE YA MIS TRISTEZAS


Porque ya mis tristezas son como los matices

sombríos de los cuadros en que la luz fulgura;

porque ya paladeo la gota de la amargura

en el dorado néctar de las horas felices;


porque sé abandonarme, con la santa inconsciencia

de una tabla que flota, sobre el mar de la vida,

y aparté de mis labios la manzana prohibida

con que tentarme quiso el árbol de la ciencia;


porque supe vestirme con el albo ropaje

de mi niñez ingenua, aspirar el salvaje

aroma de los campos, embriagarme de sol,

y mirar como enantes el pájaro y la estrella

(el pájaro que un día me contó su querella;

la estrella que una noche conmigo sonrió),


y porque ya me diste la calma indeficiente,

vida, y el don supremo de la sonrisa franca,

sobre la piedra blanca voy a posar mi frente

y marcaré este día con otra piedra blanca. . .


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