Sylvia Plath en la búsqueda de la perfección

Martes, 11 de febrero de 2014 8:41

|Luz Espinosa

"No creía en la cura. Si el corazón es frágil como una taza de porcelana, y una gran pérdida lo hace añicos, ni todo el tiempo ni la bondad del mundo podrán ocultar las feas grietas. En cuanto el precioso líquido del amor se derrama, te quedas seca. Seca y vacía".

- Sylvia Plath

Sylvia Plath dejó de hablar con Dios tras la muerte de su padre. A partir de ese momento se convirtió en la mujer que buscó la perfección en todo y sólo la alcanzó con la muerte. Esa mujer, ya adolescente y abrazada por la depresión, decidió dividirse en dos: la que escribe compulsivamente en su diario, anotándolo todo, y la que se preocupa de salir con el mayor número de chicos posible.

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El personaje literario de Sylvia Plath resulta una construcción del rompecabezas que pareció ser su vida para convertirla, así, en un mito. Un ícono que murió joven, definida por su muerte, como si su vida no valiera nada, sino sólo un preámbulo para su suicidio. Una mujer quien jugó con la muerte al igual que otros poetas lo hacen con las metáforas  y los símbolos.

Sylvia Plath nació el 27 de octubre de 1932, en Boston. A los ocho años comenzó a escribir poesía y así fue muchos años después de la muerte de su padre, hasta que la joven frágil, sensible, inteligente e insegura ingresó al bachillerato; es entonces cuando entre artículos, diarios, cuentos y poemas Sylvia empieza a coquetear con la literatura y se da cuenta de que todo lo que vive lo justifica, de algún modo, convirtiéndolo en ficción, reciclando todo cuanto le pasa.

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La campana de Cristal
(1963), novela publicada poco antes de su muerte y su obra más importante, es la crónica literaria de la depresión nerviosa, del tratamiento con electrochoque, de su intento de suicido (24 de agosto de 1953) y de su posterior recuperación (en la que nunca creyó).

La protagonista de esta autobiografía es Esther Greenwood, una joven de 19 años quien nos cuenta su vida durante unos meses. Es una novela de iniciación y de búsqueda de la identidad femenina, un recorrido por las opciones que le ofrece la vida a la mujer y que por esa razón, en los años 70, se convirtió en el ícono del movimiento feminista, pues constantemente se pregunta: ¿Para qué es mi vida? ¿Qué voy a hacer con ella?

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El mito de Sylvia se construye entre el machismo y el feminismo; el primero, se cree, sufrido por su esposo, el también poeta Ted Hughes, con quien tuvo dos hijos; el segundo porque aspiró a la libertad y a la independencia de su ser frágil, siempre a través de las letras. Y aunque parezca contradictorio, el mito se entiende cuando, al revisar la vida de Plath, se descubre que siempre tuvo miedo. Siempre tembló ante las inseguridades y la vida que ya le había marcado su padre, una sumisa y perfecta.

 Los mitos se suelen sustentar en la tragedia y el de Sylvia Plath es más complejo que la mera contradicción; se cimienta con un trastorno afectivo bipolar y su intento de suicidio, el que el 11 de febrero de 1963 se convirtió en realidad de una manera tan “perfecta” que la muerte se convirtió en sinónimo de perfección.

Durante sus últimos años Sylvia se quedó seca y vacía, pues supo, tras el abandono de su esposo, que si el corazón es frágil como una taza de porcelana, y una gran pérdida lo hace añicos, ni todo el tiempo ni la bondad del mundo podrán ocultar las feas grietas. En cuanto el precioso líquido del amor se derrama, te quedas seca. Seca y vacía.

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Por esa razón, y al saber que el mal no abandonaría su mente, el 11 de febrero de 1963, Sylvia, después de preparar el desayuno a sus hijos, de tres y un año. Vuelve a la cocina donde cierra la puerta, tapa todos los resquicios con toallas. Mete la cabeza en el horno, abre las llaves de gas y alcanza, por fin, la perfección.

Morir
es un arte, como todo.
Yo lo hago excepcionalmente bien. 

Tan bien, que parece un infierno.
Tan bien, que parece de veras.
Supongo que cabría hablar de vocación.

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