Tacuba: la calle más antigua de América
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Tacuba: la calle más antigua de América

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Por: Cultura Colectiva

22 de noviembre, 2018

Letras Tacuba: la calle más antigua de América
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22 de noviembre, 2018

La calle Tacuba en Ciudad de México tiene mucha historia entre sus rincones, por lo que fue bautizada como la más vieja de todo América. Actualmente, sigue siendo de las más populares en la capital del país.

Texto escrito por Héctor de Mauleón


La calle Madero tiene joyerías; la de Tacuba, una estación de Metro. Por Madero discurren algunos de los jardines selectos de la modernidad: las tiendas Zara, Mix-Up —y hasta hace poco, una legendaria High Life—; Tacuba fue durante muchos años una calle invadida por ambulantes: en ella vi amontonarse puestos de discos, videos, cepillos, mochilas, cinturones y lociones «piratas». En 1956, en Madero fue inaugurado un rascacielos, considerado entonces el más alto de México; en Tacuba hubo durante siglo y medio una vecindad de doscientos cuartos. En Madero vivió un emperador, Agustín de Iturbide; en Tacuba, en cambio, habitaron periodistas, impresores y escritores pobretones: Ignacio Cumplido, Manuel Payno, Ignacio Manuel de Castorena y Ursúa. En Madero, calle de la platería, vivieron los marqueses de Guardiola, los marqueses de Prado Alegre, el minero Joaquín Borda y los condes del Valle de Orizaba —que construyeron la Casa de los Azulejos—; Tacuba tuvo que conformarse con recibir a un gremio tosco: el de los herreros. 


Manuel Gutiérrez Nájera vivió en Tacuba, pero dedicó su mejor poema a la calle de Madero. En Madero se encuentra La Profesa, el templo donde la religión «echó todo su resto y competencia»; en Tacuba sólo hay una modesta capilla, que alguna vez formó parte del convento de los Betlemitas. Durante siglos, la gente de tono paseó por Madero; en Tacuba sólo había indios queseros —ahí se apostaba la yerbera que Payno convirtió en personaje de Los bandidos de Río Frío— y, bien mirado, no hubo más paseo que uno religioso: la procesión del Pendón, con que los españoles conmemoraban cada 13 de agosto la caída de Tenochtitlan.



La independencia estaba destinada a entrar a la ciudad por la calle de Tacuba: en el último momento, Iturbide hizo desfilar al Ejército Trigarante por la de Madero: quería halagar a una amante tempestuosa, «la Güera Rodríguez», que habitaba en un palacio ubicado en esa calle. El primer café que hubo en México, el de Manrique, abrió sus puertas en la calle de Tacuba; las cafeterías más elegantes estuvieron, sin embargo, en Madero: El Cazador, La Concordia, el Café de Medina. 


Madero tuvo un Jockey Club, centro de exhibición de «lagartijos y gomosos»; en Tacuba construyeron hospitales —el de San Andrés y el de los Hermanos Terceros—, a los que iban a morir los pobres. Cuando la Revolución triunfó, Madero entró por Madero. Zapata, Villa y Carranza también entraron por Madero. El primer cine de México estuvo en la calle de Madero, la Revista Moderna hizo que la poesía cayera sobre la ciudad desde un edificio de Madero, la primera vez que alguien probó en México el bistec sucedió en un café de la calle Madero. Allí abrieron sus tiendas las modistas más acreditadas —la Madame Marnat y la Helen Kossut del poema de Gutiérrez Nájera—. La peluquería más elegante estuvo en Madero: ahí oficiaba el peluquero Pierre Micoló, otro de los personajes de «La duquesa Job», el gran poema najeriano. 


Tacuba: la calle más antigua de América 1 MásporMás

En Madero se transfiguró y sudó el Cisto de los Desagravios. No hay noticia de que en Tacuba haya sucedido nunca milagro alguno. De José T. Cuéllar a Martín Luis Guzmán, y de Rodolfo Usigli a Carlos Fuentes, los novelistas mexicanos han explotado al máximo la escenografía suntuosa que proporciona la calle de Madero: Tacuba no ha requerido otro afán que el de algunos desdeñados cronistas, Francisco Cervantes de Salazar y Artemio de Valle Arizpe, entre otros. 


En lo personal, me inquieta Tacuba. Larga, ancha, recta, plana, «toda empedrada para que en tiempo de aguas no se hagan lodos ni esté sucia», ya estaba ahí en 1554, cuando se escribió la primera crónica urbana y quedó demostrado que una ciudad tarda treinta y tres años en cobrar conciencia de sí misma. Francisco de la Maza la bautizó como la calle más antigua de América: el geómetra que en 1523 trazó la nueva ciudad virreinal, decidió conservarla entre todas las ruinas de la ciudad azteca. De la Maza pudo definirla también como una de las calles más trágicas de la urbe: ahí cuenta Valle- Arizpe, cayó el cuerpo ensangrentado de Moctezuma, luego de que Hernán Cortés le decretara «la muerte por hierro». Ahí, bajo una llovizna que apagaba el brillo de las armas, se dio la huida de los españoles en la trágica Noche Triste de los conquistadores. Precisamente ahí perdió Cortés la famosa mula cargada de oro, que le dolió más que sus soldados muertos y provocó, tiempo después, la tortura de Cuauhtémoc y otros señores de Anáhuac. Ahí, años más tarde, un oscuro poeta, Francisco González Bocanegra, compuso los únicos versos que se le recuerdan.


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Ahí, en una capilla del Hospital de San Andrés, fue colgado el rubio cadáver de Maximiliano, que una noche Juárez visitó en secreto. Ahí se realizaron también pompas fúnebres de dos connotados antihéroes: los generales conservadores Miguel Miramón y Tomás Mejía. Ahí construyó don Porfirio el último edificio del porfiriato: el Palacio de Comunicaciones, que la Revolución le impidió acabar. Ahí, después de cabalgar por la ciudad de un lado a otro —primero porque los nacionalistas lo odiaban; luego porque significó un estorbo para su majestad el automóvil—, fue a parar la estatua de Carlos IV, rey tan menguado que el sentido popular prefirió esconder su nombre y referirse al monumento simplemente como el Caballito. 


Quisiera en este punto realizar una confesión. Es una confesión extraña: me perdí a los cinco años de edad, mientras mi madre observaba un aparador en 5 de Mayo e Isabel la Católica. Se me informa que fui encontrado a una calle de distancia, mirando las actividades de un hombre que empujaba un carrito de paletas. «A una calle de distancia sólo puede significar dos cosas: que caminé hacia Tacuba o que avancé hacia Madero. Esta versión personal del Niño Perdido me hace albergar desde hace tiempo una inquietud vital: ¿habré sabido a tan temprano edad cuál era mi lugar en el mundo?


Tacuba: la calle más antigua de América 3


Si quieres saber más historias de la Ciudad de México que seguramente no conocías, las encuentras en La ciudad oculta vol. 2, un libro de Héctor de Mauleón, editado por Planeta. En este primer tomo se narran 500 años de historia desconocidas acompañadas por fotografías de las época para revelar personajes y secretos de la imponente Ciudad de México. Entre sus páginas podrás encontrar historias como: La vuelta de los volcanes, Bocas de púrpura encendida, Breve historia de Tepito; Gentes profanas en el convento y La última cabalgata del centauro.


Si te gusta la historia pero no soportas los textos aburridos, La ciudad oculta vol. 2 se convertirá en uno de tus libros favoritos.


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