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Te escribí una carta con pasos definitivos: el primero, amor, será alejarme de ti

2 de enero de 2018

Arcilla Baker

Dicen que uno escribe cartas para despedirse, eso no es así, también escribe cartas cuando se siente solo, cuando se siente feliz, cuando está enamorado y cuando le han roto el corazón; así que la pregunta aquí es: ¿por qué te escribo a ti? Hay tres razones y tres circunstancias que me han llevado a tomar papel y lápiz para redactar; en primer lugar, la confusión seguida por mi grave deseo por la curiosidad, la indiferencia combinada con el alcohol y el enamoramiento con un cigarrillo, todas combinaciones letales si las vemos desde la perspectiva de un médico, un psicólogo, un escritor y un taxista. ¿Qué es un taxista sino el mejor confesor de la Tierra?


Allí estaba sentado, en una vieja cantina de mala muerte en la que el olor a grasa era más fuerte que el mismo alcohol, bajo una pequeña lámpara que brillaba menos que mis zapatos recién lustrados, tratando de diseccionar que me quería decir la primer razón: ¿confusión?


—¿Qué es lo que causa la confusión?— me pregunté mientras le daba una buena calada a ese cigarrillo, el calor me quemó los labios; mi sentido de la curiosidad no daba soluciones, sólo más preguntas, así que me dispuse a profundizar. ¿Qué es lo que causa la confusión sino la certeza de dos realidades opuestas coexistiendo entre sí? Parecía una respuesta filosófica pero me dio una pauta para pensar: mi primer realidad cierta era el hecho de que no me pertenecías, eso estaba claro, el problema es que la segunda realidad opuesta me decía que había algo entre ambos que hacía que no sólo nos perteneciéramos, en cierta parte dependiéramos —¿cómo la sonrisa de una persona que no te pertenece te puede hacer que tu día sea bueno?—. Y allí estaba la confusión, entre tus mensajes de amor y tus señales de enamoramiento ajeno, entre tus deseos sexuales por mi pureza y la satisfacción del placer ajeno.



Una cosa lleva a otra, siempre es así, así que un whisky me llevó a otro y a una botella; la confusión lejos de disiparse con tan filosófica respuesta no hizo nada más que traerme a un invitado. —¿Me puedo sentar con usted?— me dijo antes de presentarse como la indiferencia, prima hermana de la confusión.


Me explicó, con redundante indiferencia, que ella no hacía más que demostrar lo obvio, si no había interés no le interesabas, así de fácil y sencillo —el problema está en que la indiferencia se puede mezclar con la relevancia y crear contradicciones—. bebió de mi trago —que al final terminan por dejarte donde empezaste, con una migraña en la cabeza—. Así es como estaba yo, con un dolor terrible causado por el mar de contradicciones con nombre propio que figuraba en mis conversaciones. Era increíble cómo podía decir quererte, cómo podía asegurar que era la causa de sus sueños húmedos cuando alguien más los hacia realidad, cuando sólo te daba un mensaje en la mañana y uno en la noche, eso era todo, mensajes importantes pero con dos enormes tiempos entre ambos; una brecha al final insalvable.


Por último, llegó el invitado más tímido, pero también el más duro de todos, acompañado de un par de ligas en los brazos y unas jeringas llenas de heroína en los bolsillos. —Tienes un poco de cocaína en la nariz— le dije, él sólo se limitó a tomar un cigarrillo y decir: —Me ayuda con el miedo a dormir. Me explicó que él no es el culpable de los cientos de amores mal correspondidos que al año cobran vidas o facturan botellas de whisky barato, como el que tomaba en cantinas con olor a alitas y orines de rata. —Tu problema está en que piensas que con tu amor basta para llenar el vacío que ella causa con su falta de interés—, se fumó el último cigarrillo, —debes comprender que yo sólo reacciono a tus pensamientos y sensaciones; tú tienes mariposas en el estómago, yo vengo a asegurarme que no sean gases.


¿Amor para dos personas? Yo siempre me consideré una persona romántica, pero con suficiente autoestima para no caer en esos juegos, que no sólo te quitan la dignidad, te degradan como un desesperado; ahora me doy cuenta, soy un desesperado. —El problema está en que ese juego de yo pongo todo, al final no sólo acaba por aburrirla a ella sino también por acabar contigo. Al final, te aburrirás hasta de ti mismo— se inyectó las dos jeringas de heroína a la vez, sus ojos se volvieron; cupido otra vez hizo de las suyas. Conocer a dos personajes me hizo reflexionar, y me hizo llegar a dos conclusiones simples que me gustaría que usted, querido lector, reflexione, piense, considere y me haga llegar la que crea que es la correcta.


La primera que podrá aplicarte, amor, sería alejarme como un cobarde con tal de proteger mi corazón de futuras rupturas, pues sabes que sin él no puedo vivir.


La segunda, y no la mejor, sería quedarme donde estoy, tomando los mismos riesgos con la esperanza de que la suerte me sonría esta vez.



Mientras, no me siento con ánimos de dejar la comodidad de mi sofá y de las cajas de pizza fría para ir a buscarte, eso lo haré en mis sueños, si es que el alcohol me lo permite, pues conforme la botella y los cigarrillos hacen efecto las letras se vuelven más confusas.


Una carta tiene propósitos, y ésta, princesa, tiene como objetivo hacerte pensar, ¿vale la pena vivir engañado? ¿Lo vale cuando la mentira es la mejor forma de ser feliz?


¿Usted qué opina, querido lector? ¿Una mentira se justifica cuando el propósito es hacerte feliz?



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Si aún te encuentras en el proceso de sanar tu corazón, estos 
poemas te ayudarán a sentirte bien
 cuando te sientas perdida y partida en dos.


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Las fotografías que acompañan al texto pertenecen a Jessica Janae.



TAGS: Cuentos Nuevos escritores Relaciones de pareja
REFERENCIAS:

Arcilla Baker


Colaborador

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