Temblor en cama

Temblor en cama

Por: Jorge Sarquis -

temblor

Pintura por Bruno Berthier 

¡Atrapado! Sin poder moverme, con una visibilidad nula, me sentí caliente, muy caliente, me faltaba el aire. No supe con certeza lo que me estaba pasando en el cuerpo, ignoré alguna sensación específica. ¡Atrapado! Sin poder moverme, yo moría entre concreto, madera y quién sabe cuántos materiales. Empecé a desearlo tanto que entre las tinieblas y el polvo vi nítidamente lo que a nadie se le había sido permitido mirar en vida, sentí cómo todo desaparecía en la memoria de los hombres cuando abandonan el hotel de sus cuerpos.

En el shock, en el pánico inevitable del acabar con tu mundo, dónde queda la realidad cuando todo está encima de uno. ¡Atrapado! Se queda con la vida… Me hubiera gustado que alguien me respondiera. Cada segundo parecía eternizarse a tal punto que no pude concretar ningún pensamiento, ni comprender mis nociones y conocimientos; parecía que solamente tenía la voluntad de morirme, de olvidarme no sólo de mi órganos, sino, también, del ahora borroso, lejano recuerdo que se estaba perdiendo segundo a segundo, el que acompaña la imagen de las lámparas temblando, o el ruido del cuadro en el suelo, o cómo volteé rápidamente a la ventana a afirmar la impresión de que todo se estaba moviendo bruscamente.

El evidente temblor, los veinte segundos de noche o lo que haya sido, se fueron tan rápido como había caído el edificio. No sabría explicarlo de otra manera. ¡Atrapado! Entre los pisos, entre la mierda y media de la que se hace el hombre a lo largo de su vida, la que acomoda como artículos, herramientas, como consumo y basura que con el tiempo se olvida o se convierte en llantos baldíos. Se hizo silencio. ¡Atrapado! Ahí se hizo silencio. Ahí es donde nada más importa. Ahí es donde me convertí en contiguo de esta tierra pasmada, donde acabaron mis deshechos en espuma, en aire lleno de cenizas naufragantes.

¡Atrapado! Encima el horno microondas y, seguramente, hasta la pantalla plasma del vecino. Fantasma balbuceante, fenomenalmente imbécil arquitecto con su discurso de chimuelo, de inexistencia de fracturas diagonales en las estructuras y cimientos. Yo que me tragué sus pocos dientes. Yo que descubrí lo fácil que se caen las construcciones de los hombres, y me refiero en todos sus aspectos, ideológicos y materiales. ¡Atrapado! De repente lo comprendí todo, me detuve en ese instante para tratar de captar hasta el último detalle, para intentar en un par de segundos no olvidarlo. Después lo sucedido en mi espíritu se iba y no quedaba más remedio que perderme, olvidarme de mi pequeño universo, de mi falso orden.

Antes de irme por completo recordé que fue melancólico el transcurso de aquel día, melancólica la noche y melancólico también el sueño. Recordé el aire pesado, repulsivo y frío, como si la esencia de las sombras estuviera en él más concentrada para transformar la elocuencia de la vida en silencio de muerte. ¡Atrapado! A pesar de todo mis ideas puramente intelectuales no fueron más que un enmarañamiento que servía al preludio de una muerte, de la mía, de una vida que, hasta aquel momento, no había realizado nada trascendente.

¡Atrapado! En los extramuros de este mundo, en los escombros extrañamente abstractos de un edificio desecho, demolido por un nefasto terremoto, cuyo veredicto significaba sólo muerte junto al alba misma de la vida. ¡Atrapado! Yo que estaba en cama, a su silencioso encuentro, a las horas del insomnio, fue como si mi existencia me demandara una rendición obligatoria, y temiera a que ésta fuera una condición perpetua, donde se perdería toda memoria del pasado, imágenes abstractamente proyectada en ideas. 

 

 

 

 

 

 

 

 

Referencias: