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LETRAS

Tengamos un orgasmo que recuerdes en tu noche de bodas

Por: ZURC28 de septiembre de 2017

El siguiente cuento de ZURC nos enseña que las pasiones adolescente no se pueden olvidar.

CARTA A UNA MUJER DEL PASADO PRESENTE

“Fuiste la forma más triste y bonita que tuvo la vida de enseñarme que no se puede tener todo lo que se ama.”



Hace ya algunos años que empecé a sentirme atraído y seducido por el arte de escribir, intenté escribir sobre temas muy diversos, de cualquier género literario, lo primero que llegara a mi cabeza; temas sobre la sociedad, la política, críticas de todo tipo y matices, pensamientos de amor. En fin, de todo lo que se me ocurriera. Pero faltaba un género, el género erótico, del cual había escuchado y hasta leído un par de escritos; sin embargo, no fue hasta que volví a verte que me animé a escribir. Cuando tenía 15 años, cuando era un novato en los campos del amor y del sexo, en una edad de confusiones y pasiones en la que creía que podía llegar a dominar todo cuanto se pasara en frente, en esa edad te conocí y recuerdo que me enamoré de ti. Era un amor adolescente desenfrenado, para mí en aquellos tiempos eras la niña más bonita, con un carisma y una belleza arrolladora, unos labios espectaculares y un rostro angelical; con una mirada de esas que enamoran automáticamente, una mirada que me desarmaba y armaba en el mismo instante. Tú simplemente encendías algo en mí. Hoy, tras tantos años en los que ocupe mi mente y mi cuerpo en otros cuerpos y en mis anhelos de ser quien soy, ahora que vuelves a escena, quiero lograr lo que aquel amor de niño no logró; lo quiero con cuerpo y mente, lo pido a gritos desde el silencio de mis pensamientos.

Recuerdo que después de conocerte, me tracé un plan de vida y me fui en busca de aquel sueño. Hace ya 3 años que logré terminar mi profesión y ahora trabajo para uno de los más prestigiosos bufetes de abogados de la ciudad de Venecia en Italia. He estado en aquella ciudad durante ocho años, tengo 27 y es mucho lo que he logrado vivir y las experiencias que he podido recoger. Sin embargo quería un descanso, quería este respiro y por eso volví a mis raíces, por este motivo estoy de vuelta en Colombia. Pero no imaginé que la mujer que provocó tanto caos en mi adolescencia estaría de vuelta en mi vida como yo en mi país. Ya no soy el niño que conociste y después de tantos años te vuelves cruzar en mi camino, en mi vida. Hace ya un mes por accidente o casualidad coincidimos en el mismo restaurante. Recuerdo que estabas un par de mesas a mi derecha y te encontrabas muy entretenida con aquel acompañante, los dos muy elegantes. Noté que ya no vestías como una jovencita, llevabas una falda más bien recatada, una linda camisa con los botones sueltos a la medida de lo necesario, dejando lo suficiente a la imaginación. Tu vestuario se pegaba firmemente a tu silueta y te hacía ver realmente impactante y muy atractiva. Tu maquillaje era muy sencillo y modesto, permitías con mucha naturalidad que todos disfrutáramos de tu bello rostro. Aquel caballero —al que observé con el fin de poder saber qué papel desempeñaba en tu vida— trataba de disimular la sed y el hambre por ti, pero no lo podía ocultar. ¿Cómo hacerlo?, yo en su lugar creo que estaría peor. ¿Cómo controlarse si enloqueces con tu sola presencia? En esos instantes pensé que no sólo yo había cambiado. Ahora eras toda una mujer. Pensé “es ahora o nunca, no puedo dejarla ir otra vez”. Esperé a que te levantaras de la mesa y te dirigieras al sanitario mientras yo cenaba. Cuando avanzaste te seguí cual depredador a su presa.

Te abordé en la entrada del baño, te dije “¡hola!”. Volteas, me miras directamente a los ojos y dices “¡te conozco!”. Gracias a la vida, la timidez en mí ya no existe, todas las palabras dichas se pronunciaban mirándonos fijamente a los ojos. Tras un instante sonríes y me abrazas, me sentí cálido. Inmediatamente las preguntas surgieron entre los dos, fue como si tú me hubieras extrañado tanto como yo a ti. Pero recordaste que tenías a tu prometido en la mesa, tu rostro expresó la necesidad de volvernos a ver y de inmediato intercambiamos tarjetas. Te dije “¡ya eres médico!, te felicito”. Y con un beso en la mejilla —de esos que uno da cuando está enamorado, de esos en los que cierras los ojos— nos despedimos. La verdad no me importó que estuvieras comprometida, es normal, la vida sigue y cada quien tiene un camino trazado. Esa noche con tu tarjeta en la mano —en la cama y dando rienda suelta a mi imaginación como cuando tenía 17— pensaba en lo hermosa que eras y en mil fantasías; imaginaba mil cosas y me dejaba llevar por los pensamientos fluidos del momento. Al día siguiente mi primer pensamiento fuiste tú y durante todo el día busqué la excusa para llamarte. Por la noche me animo, te llamo y te invito a cenar. Pero no puedes debido a los compromisos con tu novio y su familia. Recuerdo que ese día me diste a entender que aunque lo querías no lo amabas, percibí en la conversación telefónica que dicha relación se trataba de relaciones de familias, de intereses. Definimos salir el fin de semana siguiente a tomarnos algo y desde allí contaba los días, las horas para verte.

Por fin llegó el día y yo estaba tan ansioso, como si nunca hubiera salido con alguien. Recuerdo que hacía algo de frío, pero tú estabas tan hermosa como la noche. La ciudad llamaba a la diversión, pero decidimos tomar un par de vinos y así conversar. Era claro que teníamos que estar al día el uno con el otro, saber qué había sucedido en nuestras vidas. Ya al calor de los vinos y tras contarnos la vida, nos quedamos sin tema y surgió en mí la necesidad de decirte que no dejo de pensar en ti. Tú respondiste: “yo tampoco, pero estoy comprometida con alguien que sé que me ama y es buena persona”. Esas palabras fueron como una cubeta de agua fría. Me di cuenta en ese instante que eras la mujer que toda la vida quise tener, pero era evidente que ya habías tomado una decisión. Así nos acabamos la noche. Te llevé a casa y al despedirnos nos dimos otro beso en la mejilla. Tenerte tan cerca me puso mal, me enloquecía. Te tenía día y noche en la mente, y eso me llenaba de falsas ilusiones. No sé qué pasaba en esos momentos por tu cabeza, pero yo te quería para mí.

Me sorprendí mucho aquel día que llegaste a mi apartamento. Llevaba ya un par de semanas pensándote y tratando de alejarme, no quería hacerme daño ya que tú dejaste muy claro el tema con relación a tu novio. Sin embargo ese día me dijiste que no podías casarte si seguías pensando en mí. Esas palabras abrieron las puertas de tu vida de par en par invitándome a seguir, la pasión se apoderó de mí y me lancé a darte un beso. Con el temor de saber que lo que estabas haciendo estaba mal, te dejaste llevar por la pasión. Te tomé en mis brazos, besándote te llevé a mi habitación. Con la luz tenue comencé a desnudarte y ratifiqué cómo te veía en mis fantasías. Eras la mujer más hermosa que había conocido. Tu cuerpo estaba bien formada, con un culito respingón, senos turgentes, unas piernas hermosas y abdomen de infarto. Quería tocarte y besarte hasta embriagarme con tu sabor y aroma. Me convertí en un animal, no quería que ese momento acabara. Te besé los pechos, me detuviste y dijiste “tranquilo”. Tomaste cada botón de mi camisa, me la quitaste, me tocaste el pecho, la cara. Yo sentía una ternura abrumadora mezclada con una mujer fatal. Me tomaste del cinturón y me acercaste a ti. Pegaste mi cuerpo al tuyo y juguetonamente bajaste mis pantalones. Quitaste de mí todo aquello que me cubría, que me molestaba. De rodillas me miras a los ojos y me dices “¿qué estamos haciendo?”.

Te levanto y te abrazo, estamos de pie, desnudos en mi habitación. Me siento pleno. Te digo “no imaginas cuánto quería tenerte así”. Me sonríes. Nos acostamos en la cama. Paso mis dedos por tu abdomen y tus senos mientras te beso. Tú me acaricias. Comienzo a bajar lentamente por el centro de tu cuerpo besándote, mi meta es llegar a tu vagina. De repente, al llegar a tu ombligo me tomas de la cara y me dices que tienes miedo, yo te respondo que no tienes de qué preocuparte. Continúo. Al empezar a besarte te estremeces, intentas tomar mi cara de nuevo, pero esta vez no lo permito. Tomo tus manos y con mi cara entre tus piernas comienzo a beber de ti las mieles del deseo y el placer. Tú das pequeñas exhalaciones y aprietas mi cara con tus piernas. Yo beso los labios de tu vagina tratando de estimularte, adentrando mi lengua para tocar tu clítoris. Me ayudo con una mano abriendo tus piernas e introduzco un dedo en ti. Lo muevo lentamente mientras mi lengua sigue. Dices “¡para, por favor, para!”. Te pregunto qué pasa, me dices que no, que así no te quieres venir. Me detengo, tomas un segundo aire y me sonríes con tal picardía, como diciéndome “ahora me toca a mí”.

Me colocas bajo tuyo y ahora eres tú quien tiene el mando. Ya has olvidado todo en la vida y nos dejamos llevar. Comienzas a besarme las piernas, muy cerca de mi pene. Me pongo mal y me estremezco. Mientras sigues besando, tomas mi pene con las manos y comienzas a masturbarme. La euforia me abarca, tomo tu cabello mientras introduces todo mi ser en tu boca húmeda y cálida. Haces movimientos muy lentos y jugueteas con la lengua. Ya no puedo aguantar más, sin embargo recuerdo el juego aquel de no venirnos y te detengo. Te pido que te coloques sobre mí, lo haces. Pones tu hermoso cuerpo sobre el mío, te sostienes en los pies y con una mano colocas mi pene frente a tu vagina. Ya no puedo soportar más, hago un empujón para que entre. Me dices que vaya despacio, yo procuro hacer lo que me pides. De repente todo está dentro de ti, cálido, placentero. Tengo a la mujer que quise desde niño, sentada sobre mí, viendo cómo se mueve. Recoges tu cabello y cierras los ojos. El calor de los cuerpos hace que la temperatura de la habitación se vuelva sofocante. Miro cómo mueves el cuerpo y me lleno de placer, pareciera que estuvieras bailando sobre mí, montada como si yo fuera una bestia. Es imposible no enamorarme más de ti. Me pides que te apriete, que te toque. Aprieto tus muslos y tu culo. Comienzas a aumentar la velocidad de tus movimientos, aceleras la respiración, te agachas para abrazarme y colocas tu boca en mi oído para que escuche cuánto lo disfrutas. Aceleras el movimiento de tu cadera una vez más. Me pides que te diga cosas, que sea grosero. La verdad me siento un poco intimidado frente a tal petición tuya, pero eso es lo que quieres y yo obedezco. Comienzo a decirte cuánto te gusta, te llamo “puta”, “qué cuca tan rica tienes”, “no te imaginas cuánto quería esto, a eso viniste, ¿cierto?, a que te comiera, a matar las ganas de tenerme dentro de ti, dale, muévete más duro, perra”. Notaba que con cada frase, entre más vulgar, más te enloquecía, más rápido te movías. Parecía que querías meter todo mi cuerpo en ti. El sudor fluía y empezaste a contestarme: “dale, puto, ¡muévete!, dale, métemelo, también querías esto, apriétame”. Y yo no sabía dónde más tocar. De repente te estremeciste tanto que parecía que ese sentir se pasaba a mi cuerpo. En un mar de fluidos sentimos un placer más que celestial. Sentí cómo te llenaba de semen y tú no querías parar de moverte.

No lo puedo negar, fue el mejor sexo de mi vida. Te bajas, colocas tu cara en mi pecho y nos abrazamos. Sentía el mayor éxtasis. Nos quedamos un rato en silencio, hasta que me dijiste: “gracias, ahora sé que no me debo casar, ¡me encantó!”. Pero ese encanto no era sólo tuyo, era igualmente mío. Eras la mujer más maravillosa, sensual y bonita que la vida había cruzado en mi camino. Sin embargo, hoy te casas...

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