Terminamos en la cama, porque así es como se arregla todo

viernes, 17 de marzo de 2017 12:17

|Andrea Ramirez



Este poema en prosa de Andrea Ramírez expone una tragedia mínima dentro de los linderos del plano amoroso.


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El espiral interminable

Despierto, la cabeza me duele. Mi cuerpo entero también, consigo abrir bien los ojos, me encuentro acostada en el piso. ¿Cómo llegué aquí?
Tengo su brazo rodeándome, él sigue profundamente dormido.


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Lo miro por un momento. Su cara, se ve tan en paz; de él me enamoré tres años atrás. Quito su brazo, me incorporo poco a poco, él sigue adormilado, pronuncia unas palabras que no logro entender bien, me miro en el pequeño espejo que yo compré. Mis ojos se ven hinchados, lloré tanto anoche.

Lo muevo, le digo que nos pasemos a la cama. Me hace caso y camina lentamente. Nos acostamos, me rodea de nuevo con sus brazos, me molesta, no quiero sentirlo cerca, me muevo un poco y quito su mano. Mi amor por él se ha desvanecido, se lo han llevado las incontables lágrimas que he derramado por él. Tengo ganas de irme, pero no puedo recuperar las fuerzas para huir de este lugar. El sueño vuelve a mí.


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Reímos, el estómago me duele de tanta risa, lo miro, lo amo, me encanta, no puedo dejar de tocarlo. Sus ojos me abrazan, sin decirme que me ama lo puedo ver en su mirada.
Hoy cumplimos dos años.

Me canta una canción, "Baby I'm Yours". No puedo dejar de mirarlo.

I'm yours too —le digo sólo moviendo la boca.

Llevamos más de un mes viviendo juntos. El amor me ha llevado hasta este lugar, nuestro hogar.


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Los celos, los malditos celos. No logra entender que sólo con él quiero estar, que el por siempre es ahora. Me mira y siento cierto rencor que me eriza la piel. ¿Dónde está el amor? Escondido entre nuestras múltiples fotografías siempre difundidas y halagadas en las redes sociales. Es una tontería. Me detengo en una de nuestras tantas fotos, estamos en San Miguel de Allende, los dos abrazados y muy sonrientes. Cualquiera podría intuir que somos tan felices. Las fotos engañan, la supuesta felicidad desparramada en Facebook.

Mentira. Justo después de esa foto fuimos acorralados una vez más por los celos.

—¿Quién es ese amigo que tanto te escribe?

Me cuestiona por enésima vez. Estoy harta de dar explicaciones, lo ignoro y su enojo incrementa. Me envuelve la desesperación, la pelea parece no tener final, todo se repite una y otra vez, los mismos reclamos y las mismas explicaciones.


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Terminamos en la cama, por supuesto así se arregla todo. Juntando nuestros cuerpos, sintiéndonos tan cerca, así nadie se interpone entre nosotros, el amor existe sólo si estamos él y yo, nadie más.

Mientras él duerme, pongo algunas de mis cosas en una maleta. Las lágrimas comienzan a brotar, debo acabar con esta tristeza que se está llevando mis días, que me ha arrastrado a recluirme en este lugar sólo con él, entre sexo y peleas no paramos nunca y no salimos de este espiral que parece interminable. Lo miro, todavía lo amo, pero ya no puedo más, sigo buscando mis cosas, busco con ansias un libro: El primer amor, de Iván Turguénev. Vaya ironía. No lo encuentro por ninguna parte y siento que él despertará en cualquier momento; debo irme ya.

Tengo lo más importante menos ese maldito libro que por alguna razón quiero llevármelo ahora. Agarro mi maleta. Mis movimientos son sigilosos pero torpes.

Me tiembla todo. Por última vez lo observo. El amor estaba ahí, pero se fue y ya no tengo fuerzas para recuperarlo.

***

El amor es siempre un gran tema. A su manera, constituye un tránsito imperfecto, en espiral o línea recta a un destino inquebrantable. El amor como movimiento, traslado y viaje en corto, diario y nocturno, como el del tren que atraviesa las entrañas del suelo volcánico de esta ciudad.

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