Tienes mi corazón en tus manos como una granada a punto de explotar
Letras

Tienes mi corazón en tus manos como una granada a punto de explotar

Avatar of Diego Schnabel

Por: Diego Schnabel

8 de junio, 2017

Letras Tienes mi corazón en tus manos como una granada a punto de explotar
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8 de junio, 2017



El amor siempre nos encuentra en los momentos más raros la vida, como se narra en el siguiente cuento:




Era uno de esos momentos en lo que podíamos morir o ser inmortales.

Lo único que nos quedaba para defendernos eran dos granadas y los tipos se acercaban. Sentíamos el sonido del metal de sus botas, rebotando en un eco metálico. También escuchábamos los disparos. El tiempo se volvía ensordecedor.

Tuve el milagro de la lucidez y puse la cabeza en blanco. Vi por primera vez en mi vida que todo estaba interconectado y cada detalle estaba cumpliendo una función en la inmensidad del momento.

-¿Cuánto tardaría en explotar esto?

-Creo que 15 segundos...- contestó Fuega.

Entonces saqué el anillo de seguridad de la espoleta de mi granada y le pregunté: -¿Te querés casar conmigo?-


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Sonrió como quien queda desencajada. La persona que nunca antes había sido sorprendida caía por primera vez en la trampa de la sorpresa, pero no teníamos mucho tiempo. El explosivo se activaría en ocho segundos. Podíamos morir en siete. En cinco minutos. En 50 años.

-"Sí"-, dijo.

Le puse el anillo en el cuarto dedo de su mano izquierda. La besé, y durante el beso lancé la granada hacia adelante, sobre la trinchera improvisada que habíamos construido minutos antes con el ingenio de nuestra desesperación por sobrevivir, con toda la fuerza que me quedaba.

No escuchamos la explosión. Estábamos experimentando uno de los momentos más importantes de nuestra vida. Y "nuestra" no incluía al resto.

Cuando el beso finalizó, volvimos al mundo de los sonidos, pero todo era silencio. Sólo suspiros de un cuarto resquebrajado y gemidos de quienes, casi, fueron nuestros ejecutores.

Sonreímos.

Nos quedaban 50 años por vivir.


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Fuega se asomó por la pequeña ventana, sólo quedaban un par de guardias que corrían hacia la puerta de entrada. Calculó el tiempo, esperó unos segundos y quitó su espoleta. Introdujo el anillo de seguridad en mi dedo y me dio un beso corto como una puñalada. Luego dejó rodar la granada por el piso con gracia helada. Los guardias abrieron la puerta y el explosivo alcanzó sus pies con una sincronía exquisita, como un perro que calculó durante todo el día la llegada de su dueño y lo saluda en el momento exacto en el que éste entra a la casa. Nos cubrimos, y esta vez sí escuchamos la explosión. Quedamos sordos por unos instantes y no pudimos oir nuestras risas.

Nos besamos una vez más y salimos del edificio por la puerta astillada, esquivando los cuerpos agonizantes. Salimos como compañera y compañero, hasta que la muerte nos volviera a buscar.


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Referencias: