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Todo para lo que fueron preparados estaba dado uno frente al otro

November 30, 2017

GothicusMx



"Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos", la inmortal frase de Julio Cortázar en Rayuela que todos los amantes de la Literatura han dedicado al menos una vez. Y es que no es para menos, la frase atrapa con precisión el sentimiento que nos invade cuando conocemos a alguien que, sin saberlo, siempre habíamos amado. Como si esa persona hubiera sido parte de nosotros toda la vida, pero recién se materializara frente a nuestros ojos, plenamente.


En el siguiente cuento de Gothicus se recorre un camino de dos vidas que parecen destinadas a ser una.





TODO PARA LO QUE FUERON PREPARADOS ESTABA DADO UNO FRENTE AL OTRO


Jose Luis nació en Londres, hijo de padres mexicanos apasionados por el arte. Creció con una familia prominente, de nivel adquisitivo alto. En algún momento decidieron que José Luis naciera en Europa, aprovechando una de las giras de su exposición de arte sacro que la familia exhibía principalmente en España, Inglaterra, Portugal y Francia.

 

Los padres de José Luis habían conseguido que varias familias de México donaran varias obras para la exhibición. Las obras habían sido llevadas a la Nueva España y adornaban las galerías de haciendas y casonas de la época. José Luis creció rodeado de cultura, los pasillos de su casa estaban decorados con piezas de arte y libros colocados en taburetes, también revisteros atiborrados de panfletos y acuarelas. Era una casa con espacios amplios y largos corredores.

 

Asistió hasta secundaria en Norfolk, destacó todo el tiempo en Teoría del Arte, Análisis Escultórico y Literatura; era un joven inteligente, muy delgado y de facciones finas, moreno claro, alto y de brazos largos, con el pelo rizado, ojos grandes de color verdoso. Su apariencia contrastaba con todo a su alrededor en ese condado. Luego, para cursar sus estudios universitarios, se estableció en Francia, referencia internacional en el arte y la cultura. Para él no fue complicado cursar los ciclos y conseguir un título.

 

Siempre disfrutó al decir que sus padres eran extranjeros. “mexicanos” y con mucha herencia. Hablaba muy buen español, pues sus padres siempre se lo habían inculcado. De alguna manera sus raíces despertaban y poco a poco se fue convenciendo de que el viaje era impostergable.

 

Mientras tanto, otra historia acontecía en Coyoacán, en la Ciudad de México. Paula —“la pintora”, como la conocían en el mercado— llegaba en punto de las seis de la mañana todos los días. Su familia avecindaba en el lugar de siempre. Se decía que fueron criollos y que estaban ahí desde los inicios. No había artesanos o artistas en su familia; sin embargo, Paula podía pintar un paisaje desde los seis años. Por alguna extraña razón nunca destacó más allá de la popularidad entre sus amigos y los concursos escolares.

 

En el mercado vendía, entre otras cosas, huipiles de alta calidad y tenía un convenio con los vendedores más arraigados: nadie podía vender algo igual o parecido a su mercancía. A cambio, pintaba diseños que podían reproducir en bolsas, blusas y carteras en la cantidad que quisieran; desde aves, flores, escenas, paisajes y rostros que existían a veces sólo en su mente.

Era una mujer sencilla y de una calidad humana inigualable; blanca, de cabello negro y largo, tenía un aire de elegancia y sensualidad, ojos negros e infinitos con pestañas rizadas, imponente, era directa al hablar, no daba rodeos, no tenía ningún tatuaje en el cuerpo, podía pintar en cualquier lienzo menos en el suyo.

 

Mientras tanto, José Luis llegaba a México con una agenda libre y sin vuelo de regreso, decidido a conocer todo. Lo llevaron de la mano a los lugares típicos de la Ciudad de México, disfrutó cada recorrido; pero Coyoacán… ¡ah, Coyoacán era diferente! Visitó cada museo, quedó impregnado de ese aire de cultura y calidez que rodea la ciudad. Había algo ahí que lo hacía sentir en casa, no se sentía como un extraño.

 

Visitando uno de los restaurantes del centro, alcanzó a observar algo que llamó su atención: era una acuarela original, lo sabía por la excepcional transparencia y luminosidad que caracterizaba la obra. José Luis no pudo dejarla escapar, apenas terminó su café pidió al dueño poner precio a la obra; pero no obtuvo respuesta. Él insistió hasta que el dueño reveló el nombre: “es de Paula”, exclamó, “la pintora del mercado en Coyoacán, la dejo aquí porque a mi esposa le gustó y se la regaló”. José Luis no tardó en buscarla, ahora tenía como objetivo encontrar a la artista.

 

José Luis tenía que dar con Paula. Hizo varios recorridos sin resultados, hasta que un sábado que llegó al mercado la vio, supo que era ella. Permanecía imperceptible, silenciosa, oculta a la mirada de todos. Hacía un nuevo diseño en un lienzo que más tarde sería usado para explotarse indiscriminadamente, siempre era uno diferente, ese era el trato. Sin darse cuenta, José Luis quedó perplejo observándola. Ella pintaba de manera directa, debía quedar a la primera. Esa técnica era usada por pintores experimentados. Usaba un óleo pequeño y pintaba sin esperar a que secaran las capas anteriores.

 

Paula no notaba que al pintar se soltaba, desaparecía, se alejaba mientras su mano danzaba y deslizaba el pincel formando figuras con ritmo, sentido y expresión. Disfrutaba el momento como lo hacen los artistas. Finalmente la pintura estaba terminada. De inmediato, el mensajero del mercado arrebató de sus manos el cuadro, el tiempo apremiaba y había que reproducirlo.

 

De pronto, José Luis se vio parado enfrente de ella, sin saber cómo ni cuándo llegó hasta ahí. La observó detenidamente, desorientado e incómodo, hasta que finalmente preguntó si podía pintar algo para él. Sin cuestionar mucho, Paula aceptó. Al final era dinero extra. Tomó una hoja de papel verjurado, un carboncillo y comenzó a realizar unos trazos; difuminaba el área, daba contraste y sacaba luces con una goma dura. Cuidaba cada detalle, al final fijó su dibujo y se lo entregó a José Luis, quien con la yema de los dedos y de manera muy delicada comprobó que ya no se desprendía el carbón. Esto llamó la atención de Paula, eso no era normal entre sus clientes.

 

Ambos observaron el dibujo. Era un retrato que hizo sin preocuparse por los detalles, pero sí por el acabado. José Luis regresó en varias ocasiones, hasta que la relación se hizo más estrecha. Había pláticas sobre técnicas de pintura, artistas, pintores, todo sobre el arte que cada quien conocía a su manera. Paula encontró por fin a alguien que entendía lo que hacía y expresaba, fue muy fácil tomarle aprecio. Al poco tiempo, se les veía sentados en algún café o caminando por el parque. Ambos sabían que el lenguaje entre ellos era común, no había barreras ni diferencias, no importaba de dónde venían, sólo sabían que debían vivir para lo que fueron puestos en este plano. Todo para lo que fueron preparados estaba dado uno frente al otro.


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TAGS: Amor de tu vida Cuentos Nuevos escritores
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