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Todos los universos me llevan a ti

Letras Todos los universos me llevan a ti



Te compartimos un cuento de ciencia ficción:



"Diario hespacial. 19 de Mayo del 2211"


Seitán había arribado al oscurecer a Ursopólis, la capital del sistema duodal que todavía controlaba algunas partes del Universo. Fijó el rumbo en la pantalla: Torre 384407, nivel 372, subnivel: mshidp. Cuando se fue acercando y vió la torre a la que estaba siendo asignado, sonrió, se percató que le faltaban un par de viajes para subir de nivel.

La noche en Ursópolis era larga, duraba alrededor de 50 horas, tiempo en el que se podían apreciar y medir cuidadosamente el movimiento de los astros en el firmamento; una de los aspectos que hacía de esta ciudad un pasaje mágico, pues era parte de la historia de las primeras civilizaciones que habían colonizado el espacio. Los habitantes utilizaban como energía la materia oscura, lo que acentuaba, debido a su fulgor morado, el cielo estrellado durante sus largas noches.

Esto le daba a la ciudad, junto con su arquitectura y la forma de vestir y comportarse de sus habitantes, la sensación de estar en el centro mismo de la Galaxia, en un lugar donde todo comenzó, hace miles de años.


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Seitán siempre había tenido una inclinación a conocer cómo se había originado el Universo, y en qué punto la vida había surgido para revolucionar el mismo sitio que la había visto aparecer. Una relación simbiótica de hábitat y conciencia para apreciarse de manera mutua, para explorarse y tratar de expandirse cada vez más. En el sistema duodal siempre había encontrado cierta tranquilidad y goce, no había explicación sobre explicación, sólo una relación orgánica, estrecha y, al parecer, perpetua. Cada vez que tenía que viajar a Ursópolis o a cualquiera de sus planetas-estado, se sentía bien, de buen humor y con ganas de aventurarse a algo que no lograba entender, pero que iba a verlo en formas hermosas y llenas de vida.

No tenía sueño, había llegado a la ciudad con anticipación para salir a sus calles y disfrutar el desfile de colores, que recorría los muros blancos encendidos por cantera morada, una rareza en la Galaxia pero que en ese sistema abundaba. Junto con las ornamentaciones doradas y platino, la ciudad misma tomaba cientos de tonalidades diferentes, que hacían parecer que el cielo se conjuntaba con la Tierra y se expandieran en todas las direcciones.

Después de haber tomado un baño rápido y cambiarse la ropa a algo más adecuado, Seitán entró al túnel que lo transportaría directamente a la Plaza Central de Ursópolis. Cerró los ojos, como siempre lo hacía. Nunca se había acostumbrado a ver esa luz blanca y resplandeciente que, aunque no cegaba, hacía desaparecer todo a su alrededor. Tardó un par de segundos y cuando dejó de ver los millones de colores que se formaban bajo la oscuridad de sus párpados, abrió los ojos. Estaba en la Plaza Central pero se veía diferente, se sentía como si faltara algo. Observó de manera atenta para tratar de recordar qué era lo que le parecía inusual.


espera


Faltan colores, murmuró sin darse cuenta. 
Comenzó a caminar lento para ver de cerca dónde, exactamente, estaba esa ausencia. Vio que estaban los grandes estantes que vendían desde ropas distintivas de la ciudad, hasta las comidas más extravagantes que se podían conseguir en los sistemas cercanos; gente caminando de un lado al otro, admirando la arquitectura o sólo enfocada con llegar a su próximo destino. Al sur de la plaza estaba el grupo de bailarines que se movían al ritmo de los tambores, conjugando, atrapando a algunos curiosos que eran hipnotizados por el movimiento y el sonido, y creando un semicírculo que salía al norte desde donde se apreciaba el espectáculo y el juego de luces.

Entonces notó la diferencia, en cualquier dirección que mirara le parecía que los grupos eran muy pequeños, diminutos en comparación de lo que, habitualmente, estaba acostumbrado a apreciar en esa ciudad tan mágica, incluyendo la última vez que la había visitado, hace apenas unos cinco meses atrás.

Apresuró el paso, se abrió camino entre los negocios y la poca gente que recorría las calles ese día. El único lugar al que pensó dirigirse fue el templo de las hermanas de la misericordia. Un grupo compuesto por sacerdotisas que provenían de todos los sistemas de la Galaxia, y que se dedicaba al servicio y adoración del Único. En sus continuos viajes, había hecho amistad con una de las sacerdotisas que habitaban ahí, y siempre encontraba reconfortante visitarla para contarle de sus experiencias nuevas, así como escuchar las palabras de sabiduría, paz y tranquilidad que le transmitía con sus suaves y delicados movimientos.

En cuestión de minutos, que le parecieron eternos, recorrió el microcentro hasta salir por el sureste. Pasó el Observatorio central, y algo lo tentó a detenerse un momento. Siempre disfrutaba un viaje relámpago por los confines del Universo y sus Galaxias, cada día más accesibles para ser recorridas y exploradas, pero tan misteriosas y desconocidas como desde el principio de los tiempos. Vaciló al contemplar la inmensa cúpula, pero decidió seguir adelante. Estaba a un par de sectores de llegar y quería saber qué estaba pasando en la ciudad. Quería ver a Samara.


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Referencias: