El amor es una tragedia que nos vuelve viejos

Martes, 14 de noviembre de 2017 9:09

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Quienes creen en las almas gemelas saben también que hay destinos que están marcados por la tragedia y el desamor, como el de la hermosa Rebeca en este cuento de Tomás Guaderrama.





TU CAMINO MARCADO

 

Fue la mayor de cinco hijas y se educó separada del resto de sus hermanas, a quienes les llevaba más de 7 años de edad. Sus padres habían decidido esperar para tener más hijos, pues la situación económica no era buena. Pero nunca lo fue. Seis años después llegó el resto de las hijas. Rebeca había sido criada por su abuela en una casa agradable, con buena educación y con mejores comodidades que cualquiera en esa familia. Si bien su abuela no veía con buenos ojos el matrimonio de sus padres, había decidido darle oportunidad de sobresalir a su primera nieta.

 

Rebeca fue una niña dotada de belleza física; siempre sonriente y amable, pues se le inculcó que una mujercita como ella podía superar las expectativas de cualquier persona. Su rostro blanco y perfectamente cuidado resultaba expresivo, denotaba confianza y calidez; sus ojos grandes y profundamente negros la hacían resaltar de entre la mayoría de las personas a su alrededor; el pelo rizado caía no más allá de sus hombros; sus labios estrechos emanaban un sentimiento de ternura. Por su belleza e imponente presencia —además de su educación—, podría haber destacado en cualquier trabajo o actividad que desempeñara; pero en la vida nada es seguro, en ocasiones el destino ya tiene marcado tu camino.

 

El resto de las hermanas vivían en una modesta casa con sus padres, y durante su infancia tuvieron carencias; vestían con ropa que pasaban a la más chica, y gracias a los grandes esfuerzos de sus padres y al trabajo extra de su madre que salía en busca de lo que fuera, podían tener un par de zapatos y uniforme para la escuela. Si bien nunca faltó el plato de comida en la mesa, veían con mucho recelo a Rebeca, a quien por lo general sólo visitaban en domingo, el día que la abuela recibía visitas y ofrecía a sus hijos y nietos una buena comida y excelente convivencia.

 

Cuando las hermanas de Rebeca terminaron la primaria, las contrataron como sirvientas en las casas de las mejores colonias de la ciudad. Una de ellas, la menor, tenía que poner un cajón de refrescos para alcanzar el fregadero y lavar los trastos de la comida; otra estaba encargada de uno de los tres hijos de un prominente matrimonio, a quienes acompañaba a todos lados, siempre cuidando del bebé; las otras dos ayudaban a mamá en casa y compartían actividades que iban desde cocinar, planchar y barrer patios o aceras de las casas cercanas.

 

Por su parte, Rebeca, quien creció al cobijo de su abuela, se enfocaba en terminar la preparatoria. Ahí conoció a Fernando, su primer y único gran amor. Fernando venía de una familia de clase media baja, la mayoría de los integrantes habían migrado a Los Ángeles buscando mejorar su situación. Él pensaba en lo mismo, pero lo detenía su gran amor por Rebeca.

 

Estuvieron juntos un par de meses hasta que decidieron unirse en matrimonio en secreto. Pero Fernando tendría que buscar la forma de migrar y obtener algo de dinero para comenzar un nuevo hogar. La situación era sencilla, esperar el regreso de Fernando y comenzar una vida juntos. Pero el destino les daría un vuelco y cambiaría el rumbo de sus vidas. La abuela de Rebeca falleció la misma tarde que Fernando partió a Los Ángeles. El mundo de Rebeca cambió drásticamente de un día a otro. La casa se vio llena de parientes, hijos y amistades que buscaban algún beneficio de Doña Martha, quien había dejado testamento.

 

Corrieron los días entre gritos y absurdos pleitos para apropiarse de muebles, vajillas, joyas, cuentas de cheques, un par de propiedades e incluso las sábanas de seda y hasta el perro. Para Rebeca era sofocante, sentía cómo la incertidumbre y el miedo iban de pies a cabeza; la ansiedad la ahogaba y su quijada temblaba sin poder detenerla. Sintió temor al verse sola sin nadie que contemplara su dolor por la abuela, estaba prácticamente en la calle y al final decidió salir a buscar a sus padres.

 

Rebeca llegó a casa como una completa extraña, con un par de baúles repletos de ropa, perfumes, zapatos, mascadas, algunas pinturas y un par de aretes que guardaba celosamente desde niña. Sus hermanas no concebían cómo ahora llegaba a casa buscando cobijo y comprensión. Rebeca desorientada temblaba y no dejaba de pensar en la llegada de Fernando.

 

Pasaron semanas que parecían años, los meses corrían y sentía cómo todo se iba de sus manos. Se volvía loca pensando en por qué Fernando jamás volvió, por qué la dejó, por qué no la busco si los planes estaban trazados. Por momentos pensaba que Fernando habría muerto en el intento por cruzar la frontera.

 

Por su parte, al perder contacto con Rebeca, Fernando pensaba lo peor: la traición. Los celos lo mataban, mandó cartas al domicilio de la abuela pidiendo explicaciones, pero no recibió noticias, nunca hubo respuesta. Fernando se sentía despechado, loco de coraje, su único sentimiento era la rabia. Jamás imaginó una traición de ese tamaño. Tal vez era muy poco para ella, con esa belleza desbordante seguro alguien de buena posición estaría a su lado. Al cabo de varios meses, perdió la esperanza y decidió no regresar a buscar explicaciones, seguramente no las tendría.

 

Rebeca no se podía acostumbrar a las actividades en una casa en la que todos colaboraban con un fin en común: vivir. Con los años Rebeca dejó de hablar, su rostro se volvió una roca, tenía la espalda curveada, los ojos hundidos clavados al suelo sin poder levantar la mirada, su pelo se volvió delgado y grisáceo. Todo se había esfumado. Su cabeza se movía involuntariamente hacia arriba y hacia abajo; siempre usaba zapatos bajos en color negro igual que sus mayones, una falda gruesa de color gris y una blusa blanca bastante desgastada. Nuca fue la misma, la sentaban por largas horas en una banca y se podía ver cómo esperaba que algo mágico pasara. Ella esperaba despertar de esta cruel pesadilla, pero todos reconocían a esa Rebeca, la joven envejecido sentada en una banda del parque.


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