Un coñazo

Un coñazo

Por: Andres -

nalgas


Cada vez más se me acaba el aire para hacer bailar al tiempo. Por más que intente e imagine en sueños la cosa está jodida. Como mosca que sólo vive unos instantes estoy sucumbiendo a la realidad invencible.

Sin ficción arrastro la indiferencia que va menguando mi carácter débil, por cierto. Más allá de estos pesares de bostezo, lo canalla y duro es soportar.

Pronto no quedará ni el polvo en esta máquina de reciclaje que es la muerte. He allí yo y mis futilidades expuestas. El café es amargo. El aire denso. El presente árido.

Sin mucha hormona a la vista cavilo en los recuerdos. El más fuerte me taladra los sesos. Me resisto a soltarla. Su nombre es Diana, una muchacha con carnes de impacto. La conocí en casa de un amigo. Al presentarnos percibí un destello en sus ojos. Al cabo de unos días le invite a un bar regular del centro de la ciudad de México.

A partir de allí surgieron las llamas.

Nos empalmábamos a cada tanto. Sacaba lo mejor de mí a fuerza de vaivén y afanoso ímpetu.

Yo le amaba, de alguna forma. Como rayo pasó entre mis piernas. Como pedo salió. Un breve ciclo bastó para atrapar mi vacío. No era para menos. Cada seis o siete años alguna caprichosa me observaba de reojo. Ella era la cuarta. Ante tanta carencia acumulada, yo me dejaba querer sin rezongar.

 Esta Diana era peculiar. Se tiraba lo mismo a un viejo acabado que a una chica de cuero jovial. Ráfagas de coitos nos dimos con vehemencia.

Recuerdo un fin de semana. Nos quedamos en un hotel arrabalero, lo suficientemente apestoso para aderezar nuestros cachondeos más oscuros. Me llevé unos "seises" de cervezas, una buena botella de whisky, cigarrillos y un poco de atún en lata. La jornada prometía.

Diana llevaba un vestido ceñido a sus formas, un bolso con lo necesario para estar acicalada y bien fresca al amanecer.

Mientras subíamos por las escaleras destapé la primer cerveza.

Me la bebí de un jalón.

-¡Ea! Traes sed -dijo Diana.

-Traigo- respondí.

Admiré su culo bambolearse al dar escalonazos hacia arriba.

Comencé a ponerme tieso de entre mis piernas. Al llegar a la entrada de la habitación destapé la segunda cerveza. Diana sonrió.

Abrí la puerta con elegancia.

-Pasa, nena

Ella, sin soltar comentario alguno, se enfiló al baño.

Encendí un cigarro, le di dos buenas bocanadas. De golpe me bebí la cerveza. Debía ponerme a tono para aguantar la faena.

Al cabo de unos cinco minutos Diana salió desnuda; tan sólo llevaba una ligera y diminuta tanga transparente. Me puse más tieso.

Endiablada comenzó a acercarse a mí.

Me desnudó con sus manos sin dejar de quitarme la vista de encima.

Intenté besarla. Ella puso resistencia. Cuando me despojó del calzoncillo se arrodilló para succionar y acaparar la escena.

Comenzó de a poco hasta subir con vigor.

Me incendió al momento. Verla allí mostrando su deseo y cabellos expuestos me estiró el cuero.

Se levantó del suelo, se puso a lamerme todo el cuerpo. Al llegar al pecho se detuvo en los pezones. Mordisqueó y olisqueó cuanto quiso. Yo quería destapar el whisky. Esto se estaba saliendo de control. Me puse ansioso.

Ella dirigía el acto.

-¡Ven acá cariño!

Me tomó de la mano, me llevó a la cama, se puso a horcajadas arriba de mí y comenzó a contonearse cerrando sus ojos, alzando sus brazos. Espectacular vista yo gozaba, pero sufría.

Estaba a punto de correrme recién comenzada la función.

Mi pena iba en aumento. Ella estaba en trance. Intenté cambiarla de postura. Diana no permitió movimiento alguno excepto el suyo, claro está.

Exploté a los trece segundos. Ella lo sintió y regresó al momento.

-¿Te has venido?

-Sí, nena  

Se carcajeó sin pudor. 

Dentro de mí, me dije: ¡Ánimo! Concéntrate en tu fuerza ¡Levanta el fierro, impulsa el falo, actúa!

-Estoy calentando motores- respondí.

Diana se separó de mí y se tumbó a un lado sobre la cama. Volvió a cerrar sus ojos a la par que tocaba su clítoris con la mano derecha. Traía la música por dentro. Su movimiento ayudó a despertar de nuevo mi virilidad. Intuí que ella lo sabía. Abrió los ojos y se acercó a mi piel. Succionó de nuevo de abajo hacia arriba, se detuvo entre mis piernas. Chupó cuanto quiso. Abrazó mi espíritu. Esta vez transité sin preocupación alguna hacia su silueta. Ella se dejó llevar.

La llevé al baño. Verla arrodillada en el suelo sucio entre paredes enmohecidas me excitó de cabo a rabo. Diana succionaba con ganas y jadeaba. Pasaron unos minutos, me puso al punto. Me senté en el retrete, observando el lavabo. Ella me dio la espalda. Esta vista panorámica superó a la anterior. Volvió a moverse en círculos. Estaba poseída por su fuego. Yo sólo contemplaba y disfrutaba. Los jadeos invadieron el espacio. La mugre del lugar embellecía nuestra estampa. Pasaron unos minutos. Me levanté del retrete. Ella hizo lo propio. La tomé de la cintura, la apoyé contra una pared. Al frente había un espejo sucio y duro. Apoyó sus brazos a los costados de aquel cristal.

-Viólame, cariño, ¡dale con fuerza!

Tan sólo escucharla suplicando, le arremetí con fuerza. Además de los alaridos, el choque de nuestros cuerpos produjo un sonido a ritmo de locura. De pronto, Diana dejó escapar susurros, como si estuviese padeciendo un frío terrible. Me paré un poco. Gritó con tono molesto: No pares "hijoeputa". Entendí su placer. Retomé la cadencia. Cachetee sus nalgas, arañé su espalda, le estiré sus brazos, le embestí con desprecio y cariño. Observé que aquello le excitaba. Le grité cuanta palabra pasó por mi mente. Nos dejamos llevar olvidando las mentiras de nuestros sueños. El tiempo dejó de importarme. El momento nos invadió sin tregua. Salimos del baño. Se subió a la cama, se paró sobre ella. Chupame toda, cariño, me dijo.

La obedecí gustoso. Parada ella, tieso yo, comencé a mordisquear y lamer su piel sudorosa. Diana mascullaba apretando los dientes. Me agaché bajo su pelvis. Le succione sus labios, juguetee con sus muslos, introduje mi lengua entré sus piernas. Aquello estaba a punto de ebullición. Gritaba poseída apretando su quijada. Dame tu fuerza, exclamó extasiada. Acto seguido, se bajó de la cama y se acostó sobre el suelo sucio y desgastado.

-¡Ven a mí y a fondo!

 Abrió sus piernas, le introduje mi pedazo de carne, esta vez sin pena. Ella disfrutaba a dos bandas: acariciaba su clítoris mientras yo hacía olas en su ardor interno.

-Vamos a corrernos juntos, ¡estoy cerca!

Apuré el paso sin emitir chillido alguno. Sentí un apretón fuerte que suspendió mi vaivén. Gritó sin miedo, libre y resuelta mi muchacha de impacto, bufaba y se contraía. Verla gozar a plenitud me provocó una eyaculación épica. Solté alaridos, aúlle mejor que un lobo, ladré con soltura. Nos fundimos en la música que se creaba y consumaba al instante. En un par de segundos o tal vez en dos pares coincidimos en nuestro paraíso infernal.

Pasaron algunos minutos. Diana se volteó a mirarme. Se quedó fija a mi semblante. Apretó mi mano izquierda con la suya y dibujó una sonrisa.

¡Aunque seas un coñazo me gusta tu fuerza y demencia! Me expresó sin reparo. Satisfecho, me levanté a pegarle un buen trago al whisky. Aún nos quedaban algunas horas para arrojarnos al fondo de la noche. Emancipados de enmarañamientos inútiles cabalgamos al extremo de nuestras fantasías. Aquel encuentro alimentó mi alma, no obstante que hoy sólo conservo aquel recuerdo.

 Al final de todo abandonaremos este mundo despojados de toda frivolidad habida e imaginada. Es bueno que expiremos cargados de remembranzas, sin farsas o maquillajes estúpidos; la vida nos puede hacer bailar aunque sea por un momento, dejando a un lado y en una pequeña brevedad la muerte.

 De Diana no supe ya. Hurgué y pregunté. Ni rastro o huella de ella. A la distancia y en perspectiva el tiempo se llevará a su paso el deseo, el gusto, el entusiasmo de andar, la algarabía del cachondeo, el encuentro de los espíritus, los pavoneos, el recelo, los ríos, el brillo de los ojos, la intensidad de varias lunas. Arrastrará todo a su compás y en armonía con los ciclos que se repiten una y otra vez.

A cada uno de nosotros nos llegará el día en que estaremos vencidos, en espera del último exilio, el que no perdona. Desde lejos nos despediremos de este absurdo, en un instante sólo quedarán las memorias sin nada más que decir.

Referencias: