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Y yo lo miro como si fuera el único hombre en el planeta...

20 de junio de 2018

Cultura Colectiva

Texto escrito por Araceli Elizabeth González Macedo 


Suena una canción, una canción sobre algo trivial, es sobre un tipo... está pasado de borracho, y no puede enfocarse, ¿me entiendes?, no puede concentrar su charla en algo concreto que continúe en línea recta hacia un lugar real. Así que dice todas estas cosas pseudoprofundas, las repite, repite las ideas desordenadas mientras lleva un trago en su mano derecha, es un vaso rojo: de esos que ves en todas las fiestas, lleno de alcohol barato; y cuando las dice, cada una de estas cosas pseudoimportantes, hace este ademán magnífico con los brazos y sus ojos se agrandan.



Está frente a mí, hablando, y yo lo veo, veo cada uno de sus movimientos, después miro a todos los demás alrededor nuestro: todos con vasos rojos, pero ellos no saben que los miro… de vez en vez, cuando lo interrumpo, toma un trago de su vaso rojo. Pero a mí sólo me queda verlo ahí parado porque él odia que lo interrumpa, o eso parece… entonces, de la nada, yo creo que de la nada, parece arder, arde algo dentro de él, algo tremendo y trata de escupirlo pero creo que lo único que puede hacer, que le resta hacer, es escupirlo en su charla… quiero decir, comienza a hablar sobre algo que nos sobrepasa en ese momento, que lo sobrepasa incluso a él, algo grande, ¿me entiendes?


Profundo, realmente profundo. Y su charla ya no es desordenada. Y yo lo miro como si fuera el único hombre en el planeta, como si hubiera encontrado algo, como si él dijera algo sobre mí, algo que yo había sentido desde hace tiempo cada vez que tomaba un trago o me quedaba mirando la calle llena de autos o un pájaro muerto…


Después el sujeto se va o termina la canción, no sé; y yo estoy aún ahí, sola. Volteo un poco, miro a la gente de la fiesta con sus vasos rojos y los siento lejos de mí, inmensamente lejos, absurdamente lejos y de pronto descubro mi aliento pesado y podrido y alcohólico, también siento mi cabello rozar mis hombros con cada pequeño movimiento y mi cuerpo cubierto todo por una cobija gruesa que me mantiene en pie y no entiendo.



Entonces vuelvo a pensar en el pájaro muerto, el pájaro que vi en el jardín la última vez que visité a mamá, era un polluelo que nunca aprendió a volar, cuando mi hermana empezó a alimentarlo, por lástima, su mamá dejó de hacerlo, ya había dejado de hacerlo, también dejó de intentar enseñarle a volar; la última mañana que estuve en mi casa, mi hermana y yo lo encontramos bajo los arbustos enanos que yo había plantado antes de casarme, estaba muerto, creo que trató de protegerse de la tormenta de la noche anterior, pero no lo logró. 



**


Antes de que esa persona te pregunte qué es lo que sientes por ella, puedes dedicarle este poema: 
"Antes de que lo preguntes, quiero decirte que te amo... más o menos".


TAGS: Cuentos Nuevos escritores
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