Un paso final

Un paso final

Por: Andres -

un paso más
Me encontraba al borde de la locura a causa de los embates propios de mi esencia. Más de diez años recluido en psiquiátricos por culpa de mi ánimo que a ratos se desbordaba y por momentos se encogía.

Un sin número de medicamentos habían caído en mi debilitado estómago en busca de un sosiego malogrado. Más de todo y de nada. Sufría de una "ligera" esquizofrenia en silencio. Quería irme al otro lado, colgar los zapatos y pirarme sin escándalo. Me faltaba valor.

En una de mis crisis naturales conocí a una chica. Se llamaba Laura. La encontré en una tienda de abarrotes que me quedaba a boca de jarro de mi ruta de trabajo. Yo repartía diarios informativos por la madrugada, andaba de roedor en las colonias asignadas para entregar la misma mierda de siempre: corrupción desmedida en todos los niveles de gobierno, asesinatos a sangre fría y hervida, corazones rotos por culpa de las pasiones violadas, análisis y reseñas de bostezo entre periodistas atrapados en la letra de juicios fútiles. Una crítica por demás vacía, pues no se puede realmente señalar con imparcialidad plena lo que no se conoce y vive en carne propia.

La paga no era buena pero, dado mis achaques, ese trajinar me venía a modo.

De regreso a la tienda, Laura transpiraba un semblante aburrido, su mirada sobrevivía entre la infinidad de códigos y productos atestados en almacenes, refrigeradores, anaqueles. En todos lados aquellos comercios pululan como ratas por toda la ciudad. Puede haber o no vida en el ambiente, pero esas tiendas no dejan de estar allí, expectantes a la caza de un consumidor más que engorde sus ya de por sí cachetonas cuentas bancarias.

Laura me miró con recelo la primera vez que se encontraron nuestros fastidios. Ella con su hastío, yo con mi crónica fatiga... Éramos la pareja idónea.

-¡Hola!- le dije.

-Hola, respondió.

-Dame un paquete de cigarrillos, de esos de enfrente-  señalé con el índice derecho.

Ella, sin voltear a verme, se dio media vuelta para tomarlos. Los pasó sobre el lector de código de barras, el sonido de la caja emitió un chillido y por fin ella hilvano más de una palabra:

-Son cuarenta y dos con cincuenta.

Saque de la bolsa del pantalón un billete arrugado de cincuenta pesos. Se lo extendí y le comenté:

-¿Por qué no salimos de aquí a beber un café?

Sin poner mucha atención ignoró mi oferta. Miró los paquetes de diarios apilados en torno a un "diablillo" que cargaba en la parte trasera de la motocicleta.

-Te falta por entregar una buena parte de tu material- escupió de su boca un sablazo frío, como la víspera de la mañana. La estocada siguió- ¿Por qué no te vas de aquí y sigues con tu trabajo?

Yo le sonreí, roce los diarios con los dedos como si de ellos emanara mi encanto.

-¡Volveré!,- comenté.

Ella se quedó en silencio mirando a cualquier parte. Partí de allí con los cigarrillos y el resto de mi encargo. Seguro que volvería. Cada ruta nos era asignada de forma semanal.

A la madrugada siguiente allí estaba yo de nuevo. Mismo numerito: cigarros pedidos, cambio devuelto, propuesta a beber un café.

Esta vez ella levantó la mirada y emitió una oración que endulzó mis oídos:

-¿Por qué no llevas tu música a otro lado?

Me demostró energía, sentimiento. Era de carne y hueso. No estaba vacía, marginada, tal vez, como millones de seres que coexistimos en esta jungla. Yo he observado, en no pocas ocasiones, un número variado de trabajadores que son ignorados por consumidores. En los restaurantes, en los cafés, en las tiendas, en los cines, en el metro, en la infinidad de comercios que te asedian con ofertas próximas a sucumbir ante la incesante danza de los mercados .En esos y otros sitios son invisibles. Laura cayó en cuenta que no le quitaba la vista de encima.

-¡Deja de mirarme! ¿Estás chiflado o qué te pasa? Si no te marchas tocaré el timbre de emergencia y vendrán por ti.

-No es necesario que lo hagas, sólo es un café. O tal vez un trago- respondí.

-Jajajaja, ¿un trago? ¿Pero crees que tengo ganas de beber cuando salgo de esta mierda de trabajo?

-Te entiendo, yo ando en la moto al menos un par de horas y el culo me reclama cada que me levanto y me dispongo a caminar. Es un martirio el ajetreo de la calle.

Laura se quedó mirando la motocicleta. Por un instante percibí un cambio de jugada.

-Vayamos en ese cacharro al segundo piso del periférico. Tengo muchas ganas de recorrerlo, quiero sentir el aire arrugar mi cuero.

¿Ahora?- Secundé.

-¡Ahora no! Ven mañana, a eso de las siete se acaba mi turno. Pero eso sí, nada de cabeceos ni insinuaciones estúpidas. Te aviso que sé defenderme de guarros y borrachos. No querrás saber mis alcances.

Era lo que más ansiaba, por lo que no emití respuesta alguna.

-Seguro, Laura.

-¿Cómo sabes mi nombre?

-Lo traes puesto en un pin.

-Se sonrojó sin decir nada.

-Vale, te espero a la siete en punto.

Asentí con un meneo de cabeza ligero de arriba a abajo. Salí con aire triunfante y seguí con mi encargo. A eso de las nueve de la mañana me fui al chequeo natural de mis males.

El psiquiatra que me atendía era un viejo que maldecía al gobierno. Hace más de 12 años debía de estar jubilado tomando el sol en Acapulco o ya de perdida en Cuernavaca, pero un mal papeleo y sobornos pagados no reportados le condenaron a purgar ocho años más en un psiquiátrico público de la ciudad de México.

Me conocía desde hacía bastante tiempo. Cada semana me echaba una revisada a "ojo de buen cubero”. Me recetaba ya cualquier placebo tipo clozapina, mondadina, wellbutrin, citalopram, carbamazepina, sólo por citar algunos. Al salir del chequeo me fui derechito a mi cubil. Un cuarto nada amplio en una azotea de la colonia San Rafael.

Subía por unas escaleras de metal antiguas, tan viejas como la señora que me rentaba aquella madriguera.

Doña Rosa jalaba aire que ya no le pertenecía por derecho propio. A sus 96 años aún lucía cuerda en estos tiempos de locura.

Todos los lunes, sin excepción, alzaba la mirada y su voz chillona para cobrarme el alquiler. Cuando tenía dinero yo bajaba como de rayo por esa escalera de espanto. Cuando andaba seco ni ruido hacía para que no insistiera. Allá arriba, en la azotea, tenía a sus aves en un par de pajareras que yo no podía ver porque las mantenía encerradas y bien tapadas. Por si no bastaran las pajareras, estaban colgadas dentro de una jaula metálica, de esas en las que la gente tiende su ropa una vez que le da duro al lavadero.

Por el día los tenía a oscuras, resguardaba esa jaula con un candado oxidado revolucionario de su época.

Por las noches, una vez que me iba al trabajo, les despojaba de las telas y los dejaba salir del primer calabozo para que aletearan a gusto dentro de esa celda mayor, claro está. Lo sé porque veía las mierdecillas de las aves en el piso. Una celadora bien cabrona esa Doña Rosa.

Yo sólo alcanzaba a escuchar algunos trinos. Eso me conmovía. Por suerte era martes y no tenía que preocuparme por la exigencia de mi anciana casera. Me entregué al colchón que soportaba mis sueños y pesadillas. Allí, fumando y mirando el techo, imaginaba aquel paseo que haría con Laura. Me quedé dormido.

A medio día bajé a telefonear a mi jefe directo, otro desgraciado que sólo sonreía cada año bisiesto. Caminé por la avenida Paseo de la Reforma. Anduve por más de tres horas pensativo. Ansiaba recoger a Laura. Regresé a la madriguera y me acurruqué de nuevo. Fumé más cigarrillos, aventaba una pelota del piso al techo, hilvanaba palabras en voz alta, hacia conjeturas, el tiempo era lento. Desempolvé una revista de Play Boy. Ver a Pamela Anderson mirándome desde una bahía mediterránea me provoco una erección. Allí me la casqué más de tres veces con descansos de treinta minutos. Había que reposar.

Me dormí un rato. Me desperté como a eso de las once p.m. Doña Rosa estaba metida en su cama esperando mi retirada. Lo sabía porque ya conocía sus rituales, además de que veía la luz de su habitación encendida.

No soporte más. Me fui a la oficina central en espera de mis paquetes. Aguanté hasta que llegó la hora. Tan pronto me fueron entregados los diarios, me esfumé.

Salí disparado en dirección a Laura. Llegué mucho antes, a las cinco y treinta.

Le saludé.

-¡Hola!

-¡Hola!- esta vez ella me miró con más brillo. Pedí de nuevo cigarrillos, tome un café y salí a tomar aire.

Aguardando su salida me puse a leer uno de los periódicos que debía repartir. Hasta las notas que antaño me parecían fútiles ahora las miraba simpáticas. No cabe duda que cuando te asalta la esperanza, las cosas de la vida parecen más ligeras, un poco más amenas. Lo sientes y afirmas porque el semblante cotidiano se vislumbra llevadero, soportable.

A las siete y cinco salió ella:

-¿Nos vamos?- Comentó.

Asentí con la mirada. Antes de montarse a la motocicleta me advirtió:

-¡No corras demasiado! Me pongo nerviosa. Vayamos despacio.

-¡Vale! Apriétate a mí. ¡Abrázame!

Ella hizo lo propio y nos enfilamos hacia el periférico. La máquina del cacharro en el que íbamos montados no daba para mucho. Al menos nos proporcionaba una ilusión compartida. Yo intentaba platicarle a la par que conducía. Ella sin ponerme atención sólo gritaba: “A lo tuyo, no te distraigas”.

Seguimos a paso lento hasta lograr subir a la cima. Ella, emocionada, soltó un alarido al cielo:”¡ujujuju!”.  Yo sonreía mientras un Sol naciente miraba como testigo nuestro momento. Seguimos inmersos en nuestro paseo. Por primera vez me sentí libre y acompañado. No es que ella fuera una mujer perfecta. Era la esperanza plena ante tanta carencia. Sentí la emoción en sus brazos. Eso provocó en mí una euforia mayor. Le di a fondo al manubrio para darle más emoción al recorrido. Sin mucha potencia, la máquina bufaba haciendo su mejor esfuerzo. No era suficiente. Laura comenzó a gritar cada vez más como una niña que accede por vez primera a un juego de feria. No era para menos. Era nuestra fiesta.

Le dimos placer a nuestros deseos reprimidos hasta que el tráfico vehicular invadió nuestro parque. Me detuve en seco y le propuse que fuéramos a mi guarida. Ella, al principio pensativa, accedió al cabo de unos segundos.

Obediente me encaminé al destino. Subimos por esas escaleras antiguas cual niños jugando a las escondidas.

Al llegar al cuarto la tomé de la cintura y le bese sin limitantes a la vista. Ella correspondió apretando mi espalda. Fue por mucho el mayor beso que me agencie con fémina alguna.

Nos recostamos en aquel colchón sucio y viejo. Hicimos el amor sin medida. Nos acurrucamos en nuestras libertades ahogadas por los ritmos de la rutina y las injusticias de una vida cada vez más dura y estricta.

Nos quedamos dormidos, o más bien ella se quedó rendida. Yo estaba eufórico. No quería ni podía conciliar el sueño. Estaba flotando en una burbuja desconocida. A mi lado yacía la chica deseada, en el momento preciso, con el corazón latiendo. Por fin alguien me correspondía. En un acto de atrevimiento quise compartir mi alegría. Doña Rosa no era opción. El aire no me respondería más allá de soplidos silenciosos. De pronto escuché aquellos trinos encapuchados. Esos pájaros encerrados querían compartirme su desgracia .Yo anhelaba expresarles mi alegría. Sin pensármelo dos veces me abalancé a liberarlos. Me armé de fuerza. Tome vuelo y tundí senda patada a la celda. Para mi sorpresa aquel candado oxidado y antiguo cayó al piso en seco. Escuché una algarabía de entre las jaulas. Eso me excitó aún más. Me sentí el redentor del cielo. Apresuré el paso y me introduje en aquellas prisiones pequeñas. Desenganché las pajareras aún cubiertas por felpas de tela y me salí con ellas al borde de la azotea. Les iba a soltar de inmediato. Ellos debían de estar libres, como lo estaba yo en ese lapso. Al despojarles de sus mantas quedé maravillado. Un cardenal reluciente me miraba con vehemencia. Asustado dio un paso atrás, yo di uno hacia adelante.  Perdí dimensión y perspectiva. Lo puse en el borde de la azotea, quería que observara la inmensidad del firmamento. Lo dejé allí con la rendija abierta esperando a que diera el gran salto a su nueva morada. Por un segundo me olvidé de la otra pajarera. Ésta trinaba más fuerte. Al mirarle de cerca quedé deslumbrado por su belleza, abrí la rendija extasiado. En trance y desenfrenado di un movimiento letal hacia el vacío. Traspasé el bordo de la azotea eclipsado por este espécimen aprisionado desde hace quien sabe cuánto tiempo. Antes de caerme en definitiva, en un breve lapso, alcancé a mirarle por última vez: Sus alas se perdían ante mi vista por la rapidez de su aleteo. Yo caía hacia el pavimento duro, gris y frío. Mi suerte al fin estaba echada. En un breve instante los pájaros volaron, mis alas morían, la vida se extinguía.

 

Referencias: