Letras

Un viaje por la línea azul

Letras Un viaje por la línea azul

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Era la línea azul del metro. Anochecía. El siglo de las luces de Carpentier se me iba como agua entre las manos y las líneas se me quedaban estancadas en la garganta porque Taxqueña se aproximaba presurosa. Sus ojos, también azules, estaban fijos en mi frente. La angustia palpitando en la punta de los dedos, en el tacto con la página siguiente y su mirada seguía fija y penetrante en mi frente, la que sentía cada vez más y más punzante por la presión de las ideas de libertad expresadas por Carpentier y esa mirada inigualable de él, que con un ligero desvío de la mirada que aquellos  ríos de palabras, ideas y amores atraparon,  pude observar que estaba en lo correcto: era él… estaba segura. Esa mirada no podía igualarse, esa mirada gritaba ¡voltea! en cada alarma que señalaba el pronto cierre de puertas, anunciando que Nativitas quedaba atrás.  Y como si Carpentier  supiera lo que por mi mente pasaba,  en aquellas líneas de agua apareció de nuevo  la frase que Carlos pensaba mientras leía uno de los libros que tanto lo apasionaban: "Imposible es sacar ciertas verdades en claro. Un árabe diría que pierdo el tiempo, como lo pierde quien busca la huella del ave en el aire o la del pez en el agua" y después de esto, mi lectura se entorpeció. Mis ojos veían letras pero no entendía lo que leía mientras  me invadían  recuerdos de aquellos ojos azules que decía todo sin decir nada.  "Me agradaría hablar bien de él, pero no puedo. Demasiadas cosas me ensucian su recuerdo", y con el corazón acelerado por aquella mirada que parecía no desistir, pensé que los buenos muertos no dejan regados fantasmas, que hacía tiempo ya lo había matado con el olvido y que un adiós es para siempre;  pero esa noche, en la línea azul del metro, mientras estaba en Cuba gracias a Alejo, ese fantasma volvió a aparecer y yo no lo había invocado.

Ermita y sentía que los brazos me flotaban como a aquellas muñecas que se unen con hilos. Decidí alzar la mirada y nuestras vistas chocaron; tuve miedo, tanto, que las palabras estancadas en mi garganta bajaron con tanta fuerza que despertaron a las mariposas que, pensé, habían muerto hace tiempo. Sonreímos y sin darme cuenta ya se encontraba a mi lado. Las manos me temblaban y El siglo de las luces tuvo que apagarse a escasas hojas del  final. General Anaya y no sabía qué decir; yo no esperaba un rencuentro, no lo quería, no lo había pedido y ahora él estaba junto a mi sin saber que esos ojos  invadieron noches enteras mis sueños, no sin antes humedecer mis mejillas. Decía algo pero en mi mente se repetía una y otra vez  las últimas palabras que recordaba de él: “debes aprender que los demás jamás abandonarán sus sueños por los de otros” y como señal de aprobación, o esfuerzo del  olvido, mi cabeza asentía una y otra vez sin saber a qué decía que sí.

Salimos de Taxqueña sin decir una palabra, sólo hubo un fuerte abrazo que, estaba segura, simbolizaba  el verdadero adiós;  y así, tan fugaz como el viaje en la línea azul del metro, supe que el fantasma pronto sería yo.  

Referencias: