Jorge Luis Borges y el laberinto de su vida, una biografía sin terminar
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Jorge Luis Borges y el laberinto de su vida, una biografía sin terminar

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Por: Hugo Pedia

23 de noviembre, 2018

Letras Jorge Luis Borges y el laberinto de su vida, una biografía sin terminar
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Por: Hugo Pedia

23 de noviembre, 2018

Recorre aquí la biografía y las obras de Jorge Luis Borges, así como los laberintos que lo inspiraron a ser uno de los más grandes escritores de la literatura latinoamericana


¿Por dónde se empieza a hablar de Borges si es incalculable? Si es como la primera letra del alfabeto hebreo, que equivale al principio de las letras fenicias o al “alfa” de los griegos. Borges es un Alef o Álef, un Aleph, que a su vez es un recurso matemático para referirse a los infinitos.


Un escritor es en buena parte definido por sus lectores y los estudiosos de su obra, bajo ese criterio Borges es un virtuoso. No se puede comenzar a hablar de Borges si se ha dicho tanto acerca de él, en su lugar se continúa, se agrega y enriquece la discusión para futuros interesados; tampoco se concluye.


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Con toda su pericia, Borges es para mí un niño divirtiéndose con las letras; Norah Borges –hermana del escritor- solía trepar a los arboles durante su infancia, entonces un caviloso Borges se acercaba para advertirle del riesgo a una caída y ella contestaba: “Tranquilo Georgino, aún falta mucho para el cielo”. Puede parecer una fábula sin sentido, desconectada del relato de su vida, pero ayuda a entender que una vez también Borges fue un novicio, fascinado por el destino, los libros y la interminable existencia que intentaría capturar en sus redacciones; quizás todo eso haya despertado aquella tarde en la que el pequeño se quedó mirando hacia el cielo, preguntándose si a través de las palabras se puede tocar el infinito.


Jorge Luis Borges era un autor reiterativo, quien solía revisitar los mismos temas a lo largo de toda su obra: los laberintos, los duelos, los sueños, el tiempo, las bibliotecas. Pese a esta corta lista de conceptos, estamos ante un pilar de la literatura, en la obra de Borges los caminos suelen diverger hacia distintas islas. Fiel a su expresada proclividad al barroco, “estilo que deliberadamente agota (o quiere agotar) sus posibilidades”, su trabajo como cuentista denota una fascinación imperiosa por develar el sentido de la fantasía y su papel en la vida diaria.


No hay aspectos superfluos para Borges, en su mente una cuchara pudo blandirse contra la espada o la servilleta de la sobremesa funcionar como alfombra voladora; aún siendo un escritor conocido por su contribución a la ficción más surrealista, está alejado de los recursos comunes del género. Borges se ha convertido en un referente por sí mismo, alejado de estándares; no hay simplismo en Borges, todo es llevado a su infinita posibilidad. Pese a su capacidad de sorprender al lector, sus textos eran de naturaleza personal, como si su objetivo primordial hubiese sido ayudar al mismo Borges en el proceso cognitivo; a través de la pluma formulaba pensamientos o les daba orden, reflexionaba sobre lo incoherente, abordando temas que van de la política a la vida diaria en los barrios de Buenos Aires. 


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Nació en esa ciudad en 1899, aunque luego mentiría diciendo que fue en 1900, para convertirse en un hombre del siglo XX. A muy poca edad se mudó a Palermo, en lo que diría que fue un sórdido arrabal al norte de la ciudad, donde eran frecuentes las peleas a cuchillo en plena calle; vivió en una casa de dos patios, de la que quedaron solo los recuerdos. La Argentina de Borges era decimonónica, de influencia europea, en contraste con el entorno político del peronismo –contra el que mantuvo un duelo abierto-; aunque estaba imbuido en los acontecimientos de la actualidad argentina, estaba también separado de la realidad, sumergido en su propia utopía literaria. Borges vivió fuera de tiempo, escribió sobre lo que no existe y que sólo vivimos en sueños.


Hay personajes que son como el Big Bang, quienes explotan en una gama de inexplorados caudales, a partir de la aparición literaria de Borges, los autores viajan por arroyos inundados de su influencia; pero él no fue un estallido visceral, asimiló la brillantez de las letras antes de reventar. Borges no nació siendo Borges, se construyó a si mismo; hay detrás de su trabajo una serie de experiencias que dieron dirección a su talento. En la vida de Borges fue fundamental la biblioteca de su padre, en ella descubrió a H. G. Welles y a Stevenson, su primer contacto con la fantasía, y el libro trascendental: Las mil y una noches.


Para el escritor éste fue un tomo enigmático, no en vano piedra angular de la imaginación, la antología de cuentos más conocida de la historia y su título; la palabra mil ya desvanece los limites, es prácticamente sinónimo de eternidad y el libro, en su increíble belleza, le agrega un día al infinito. Según el propio Borges, la raíz del nombre proviene de la aversión hacia los números pares en la cultura arábiga, por lo que se decidió agregar una noche más a las mil narraciones originales; para él, el libro es el germen de la literatura mundial, presente en cada relato escrito después de su concepción, en forma latente, casi fantasmal.


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Las mil y una noches es un laberinto, su estructura es parecida a un grupo de senderos que se diversifican, se cruzan y repiten; en sus páginas, Borges encontró aspectos que iría reproduciendo en sus esfuerzos como escritor, se topó con un complejo sistema de sueños dentro de sueños; un libro circular, encerrado en un ciclo hasta la perpetuidad, que pudo ser producto de la fantasía pero existe, cautivó a Borges con su extrema complejidad.


Aquel viejo de cabeza gris, quien padeció de una ceguera progresiva a la que tuvo a bien describir como “un lento atardecer de verano”, jugueteando con su bastón entre manos manchadas por la edad, sacudió a la literatura hispanohablante, fue un accidente que sirvió de apertura para talentos como el de Julio Cortázar o Ernesto Sábato. Borges era poseedor de una construcción verbal única, estilizada y elegante. En su expresión reinventó los usos escritos del español, podría en Borges ser todo una impostura: sus delirios, su fama de caballero inflexible, sus posturas políticas, incluso su ceguera. Según el escritor cubano, Guillermo Cabrera Infante, la supuesta invidencia del autor era una faena teatral, una más de las ficciones que lo hicieran famoso; si fue la condición de Borges una careta, o si acaso solía exagerar su limitación visual, le sirvió para enmarcarlo como personaje. 


En la mitología griega, Tiresias sorprendió a Atenea cuando se bañaba desnuda en una fuente, alarmada por el pudor, la diosa colocó sus manos encima de los ojos del hombre y lo dejó ciego; para compensarlo, le concedió una vida más larga, un bastón para guiarse y el don de la profecía. En otras versiones, fue Hera la que castigó a Tiresias con la ceguera después de una disputa y Zeus quien lo hizo vidente; en cualquiera de los casos, Tiresias dejó de ver para en cambio, transmutar en una suerte de sabio.


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Demócrito de Abdera se sacó los ojos para evitar distracciones de la realidad; Homero, autor de la Ilíada y la Odisea, fue también ciego, al igual que John Milton. La disminución del sentido de la vista sirve como representación de claridad; no  podemos negar la afinidad de Borges hacía ese ideario de hombre instruido en la metafísica, culto, premonitorio. Si habrá querido hacer de sí mismo una fantasía, jugar a ser Homero, no lo sabremos, pero nos podemos convencer de lo difícil que pudo resultar la pérdida de la visión para Borges y su vocación de lector. Es presumible que, aún si Cabrera Infante estuviese en lo correcto, Borges dejó de ver en algún momento de su vida; era el color amarillo el único que le seguía siendo fiel, es decir, el único que aún podía reconocer y gradualmente el mundo fue tiñéndose de una tonalidad ámbar.


Alcanzó el apreció de literatura clásica, el rango de lo perdurable, aunque él mismo no hubiese creído merecedora de admiración a su obra, la historia la ha vuelto necesaria para todo lector; leer a Borges no te vuelve más listo, pero si más fantástico. Le dio eficacia al lenguaje, desposeído de retórica, sabiamente creo un estilo pulcro, de una claridad reluciente. Su mente pudo ver como no lo hacía su carne, vio toda la verdad incierta y efímera, a una chiquilla encima de un roble, un tigre; vio guerras, disparos, muerte, vio tribus en aislamiento, ríos que no se han hallado, ruinas de ninguna parte, naves en aguas que nunca hubo; un laberinto infinitamente complejo y un libro interminable, una biblioteca al centro del universo… y te vio a ti, leyendo este texto. 


Es fácil desvivirse en adjetivos para referirnos a Borges, hay uno que es más indicado: inacabado. No hay libro que se acabe de escribir, es el hechizo del literato; cada tomo se reescribe al momento que haya otro lector y, en consonancia, Borges se reinventa a la medida que captura nuevas mentes.


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Como él mismo indicó sobre su libro favorito: “Dicen los árabes que nadie puede / Leer hasta el fin el Libro de las Noches. / Las Noches son el Tiempo, el que no duerme.”


Descubre también el diccionario para entender a Borges y los libros recomendados por él.


Referencias: