Letras

Una luz que nunca se apaga

Letras Una luz que nunca se apaga

Texto escrito por: Jimena Ramírez Martín del Campo 

 

 

Su llamada fue la primera del día. Debió haberle sorprendido escuchar aquella voz rasposa al otro lado del teléfono, pero esa semana él se había paseado con tanta frecuencia por sus recuerdos que esto sólo podía ser una especie de invocación largamente temida. Detestaba aquél retroceso. El hecho de que volviera a estar tan presente cuando, supuestamente, ya había dejado de importarle tiempo atrás. Su tono era el de siempre, suave y calmado.

 

-Hola, Chío

 

-¿Julián?– Pronunciar su nombre le costó más de lo esperado- Creía que no te dejaban hacer llamadas.

 

-Me dieron de alta hace dos días. Puedo hacer todas las llamadas que me den la gana.

 

-¿En serio?

 

-Y yo creía que la noticia te iba a dar gusto...

 

-Me da mucho gusto, pero no me imaginé que fuera a ser tan rápido.

 

-Seis pinches meses sólo son poco para ustedes. Quiero verte Rocío. ¿Todavía tienen tus papás ese departamento en Reforma?

 

-Sí- por un momento pensó que nunca le respondería- , podemos vernos ahí como a las dos. ¿Puedes?

 

-Te veo en un rato. 

 

La espera fue una condenada molestia, aunque intentó que su día transcurriera con normalidad. Desayunó con sus padres, presumiendo una sonrisa perfecta, leyó un poco a Carpentier y al cuarto para las dos anunció que iría a comer a casa de un amigo. Deseó que el engaño surtiera efecto. No se atrevía a imaginar la reacción de sus padres si se hubiesen enterado sobre su verdadero destino. El último encuentro que tuvieron con Julián terminó siendo más vergonzoso para ella que para él. Recordó brevemente las amenazas de muerte propiciadas por su padre y el llanto ahogado de su madre, mientras lo culpaba por las diversas adicciones que Rocío tenía. Después de aquel episodio, volvieron a verse sólo en otra ocasión. El tiempo les fue medido y cuatro pares de ojos resguardaron cada una de sus palabras.

 

-Te tienes que internar.

 

-Sólo me faltaba que tú también estuvieras en mi contra. Eres una hipócrita, estamos igual de jodidos.  

 

-No, Julián. Llevo semanas sin probar nada, ya estoy en tratamiento. Sólo lo hacía cuando estaba contigo. Tú necesitas más ayuda.

 

-Yo  así estoy bien, pero felicidades por convertirte en una mentirosa.

 

-Estás tan bien que hace dos días te quisiste matar otra vez. Te estás acabando.

 

-Claro que lo hago. En eso habíamos quedado ¿no? Siempre lo escribías: Consúmete conmigo, a nuestro propio ritmo y gusto, antes de que el mundo se encargue. Ahora me das pena.

 

De tal forma permaneció en su memoria durante los siguientes meses: alto, huesudo, con ojos de plata oxidada y siendo devorado por sus propias ropas. Mientras avanzaba por la avenida se preguntó si esa imagen habría cambiado, pero el tráfico fue escaso para una tarde de sábado y no pudo seguir haciendo conjeturas. Entró en el departamento y lo encontró tan frío y brumoso como las ocasiones anteriores. No podía estarse quieta. Caminaba de un lado a otro, sabía que sus manos estaban heladas y se odiaba por ese estúpido nerviosismo. Julián no fue puntual, pasaron varios minutos antes de que la puerta se abriera y la tenue luz pudiera dibujar su cara. Era otro: las mejillas volvían a ser carnosas, ya no había un halo negro consumiendo sus párpados. Percibió también que su espalda era ahora más ancha. Sólo la voz seguía siendo el mismo susurro ronco y burlón de siempre. El saludo fue educado. Lo invitó a pasar a la sala y le llevó un vaso de agua fría. Se sentaron en sillones separados. Julián no quiso contarle nada sobre su recuperación; en cambio, le pidió a ella que le hablara un poco acerca de lo que había hecho aquellos meses. Rocío le narró las cosas más triviales que rondaron por su cabeza, hablando simplemente por hablar. Tanta formalidad le entristecía. Estuvo a punto de retirarse con alguna escusa cuando él interrumpió la conversación.

 

-La verdad me vale madres todo lo que me estás contando, Chío. Por favor, acércate más.      

 

Siguió esa orden con extremada rapidez. Se supo sumisa, pero no hizo nada para cambiarlo. ¿Qué le importaba su propia debilidad, la lluvia en las calles o el recorrido de la manecilla? Él comenzó a besarla con suavidad, recorriendo la línea de su cuello y después regresando a sus labios. Deslizó la mano por debajo de su vestido floreado con una cautela que la sorprendió, casi como en los primeros encuentros. Los dedos temblorosos de Julián iban cobrando fuerza conforme circulaban por aquel cuerpo sudoroso. Besó sus senos con interés, ella le permitió hacer viajes minuciosos a través de ellos, mientras las manos recorrían el antiguo territorio de su espalda, le acariciaban el abdomen y finalmente llegaban a su sexo, donde decidieron permanecer. Una vez despojados de toda ropa, pudo observar con detenimiento la erección que sobresalía en la oscuridad, sintió cómo se aproximaba lentamente, sonriendo ante el hecho de que se acercaba. Ésta llegó con fuerza, trajó consigo todos los encuentros imaginados, todas las penetraciones del pasado. Recordaron cuál era el ritmo que siempre los había complacido; lo recobraron juntos. Movieron sus caderas bajo ese antiguo reglamento, ensimismados en el sudor del otro.  

 

Se abrazaron, mientras gozaban del cansancio y la inmovilidad ganada. Rocío fue la primera en quedarse dormida, lo último que supo fue que Julián le cantaba en voz baja: Take me out tonight, where there’s music and there’s people and they’re young and alive…  Las palabras se diluyeron en su cabeza.

 

Soñó que se hallaban en uno de los bares que solían frecuentar. Él estaba a su lado, sonriendo como no lo había hecho en mucho tiempo. Le tomó la mano y la condujo a través del ruido y la multitud. La canción no paraba de sonar: And if a double-decker bus crashes into us, to die by your side is such a heavenly way to die…  

 

Despertó con la canción aún retumbando en sus oídos. Comenzó a tararearla para despertarlo de esa forma. And if a ten-ton truck kills the both of us…

 

Julián no movió un ápice de su cuerpo. Permaneció inmóvil, frío y más pesado de lo normal. Optó por besar su cuello, espalda y hombros, pero parecía que el sueño era más poderoso. Alzó la vista hacia el lado de la cama en que él se encontraba y descubrió un vaso suspendido peligrosamente en el borde. No muy lejos había un pequeño bote con letras rojas, estaba prácticamente vacío, salvo por un par de pastillas blancas que aún reposaban en su interior. To die by your side, well the pleasure, the privilege is mine.

 

Julián tenía el cuerpo frío, cansado y una sonrisa en el rostro idéntica a la del sueño.  

 

 

Jimena Ramírez Martín del Campo será una de las tres poetas que participarán en Vox Poiesis, la primer muestra de poesía itinerante de Cultura Colectiva. Vox Poiesis marca el inicio de una serie de eventos que Cultura Colectiva realizará bajo el concepto de Poiesis (creación), como parte del área de lee,  en el que en esta ocasión será la poesía el género que labre el camino de las letras.

 

Encuentra el evento en facebook: Vox Poiesis por Cultura Colectiva 

 


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