Letras

Una mina do condominio

Letras Una mina do condominio

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Amanda vive en la zona centro de la ciudad de México, en un edificio antiguo de pisos grises y paredes verdes. Es un espacio remodelado, ideal para personas extranjeras o viajeros que pasan algún tiempo en la ciudad. Ella es brasileña y ha venido a estudiar a Sor Juana Inés de la Cruz. Viene con todas las ganas y deseos de aprender, de absorber todo lo que huela y se escriba con “Jota” de Juana.

Entre libros y calles anda de un paseo a otro, con su bolso en mano, libreta en brazo y las gafas que le cubren unos ojos de resaca triste. Camina entre la multitud de gente. Sube por el metro mientras su culo despierta ansias que se convierten en pellizcos y en sueños de trabajadores que van y vienen en los vagones y andadores subterráneos; seguramente, por la noche se la van a menear pensando en ella.

Amanda es de rulos castaños y de cintura esbelta. Deambula en una ciudad obesa. Hombres y mujeres, en su mayoría, padecen de sobrepeso. Este hecho hace que ella brille entre las sombras de grasa y descuido. Mientras respira en suelo azteca se aplica con fuerza al estudio, asiste a cursos, se encuentra activa y muy excitada. Su carácter es fuerte, se pelea por cualquier asunto cuando lo considera injusto. Es una mujer aguerrida pero, también, vulnerable, ¿quién coño no lo es?

Los días transcurren entre libros, peleas, discursos que escucha, pellizcos en el metro y la soledad de su apartamento.

Ella tiene un cuerpo lindo, con curvas aceptables, no tiene un par de tetas que le hagan arquear la espalda o irse de frente por el mundo, no, no. ¡Amanda tiene unas medidas ideales! Chavales, hombres maduros, viejos, mujeres y toda clase de ente que se mueva se le acerca. Pero ella es difícil, no es presa fácil. Así, en las noches de desasosiego, se masturba en silencio. Su pudor es más grande que el grito que se calla por temor a que la cataloguen los vecinos; no obstante que ningún inquilino del edificio se ha percatado que allí vive. Uno, el vecino del mismo piso que el de ella, es un japonés que se enamoró de una chica mexicana en una fiesta. El nipón está más que contento con su aventura por lo que decidió mudarse de allí. Su apartamento está solo, como Amanda. El otro inquilino es un chileno que se la pasa durmiendo en el día y por las noches deambula en los bares más pijos, “glamurosos” y exóticos de la ciudad. Ha venido a derrochar una plata que ahorró cuando trabajó en un crucero el año pasado por Sudamérica, así que no escucharía los gritos y jadeos de la brasileña. Pero ella es pudorosa.

Un martes por la tarde, Amanda  se dispuso a buscar unos libros. Recorrió la Zona Rosa en busca de unos títulos, y para no variar, se peleó con el dependiente de la librería.


-Es que mira, chaval, aquí dice este precio con descuento y tú me estás cobrando otro valor, ¡No es justo!-  discutía.


-No. El descuento ya está aplicado, señorita- se defendía el dependiente.


-Nada de señorita, quiero hablar con el Gerente- volvía a al ataque.


El dependiente se le quedó mirando con angustia y temor. Era su primer día en el trabajo y ya lo estaba echando a perder, al menos eso sentía. ¡Las sensaciones son realidades!


-Hey, chaval , ¡venga que no tengo todo el día!- Amanda levantó la voz con insolencia.


El dependiente no tuvo más remedio que hablarle al Gerente, quien, sin mucho interés en la situación, se presentó en escena.


-Mi nombre es Aurelio Barrientos, Gerente encargado de éste lugar, un poco rancio pero qué le vamos a hacer, no acabé la licenciatura.

-Mire, Sr. Barrientos, me importa una mierda su sentir. Lo mandé llamar porque el chico me dice que este libro ya tiene descuento, pero aquí en la etiqueta indica que el descuento se cobra al final, en la caja.


El Gerente se le quedó mirando al libro, y también miraba el escote de Amanda. Era imposible no verlo. Ella se dio cuenta y subió el tono del reclamo.


-¿Pero qué coño pasa aquí?


El Gerente regresó a su mundo al escuchar aquel grito. En un instante se recreó una vida junto a la brasileña. Barrientos ya andaba recorriendo esas curvas por la playa de Acapulco. Entre la arena y la lujuria estaba tocándole los senos, y ella estaba tocándose el clítoris por debajo de una tanga de color azul, un azul pastel que combinaba con los rayos del sol. Un sol que ambientaba. Eran las cuatro de la tarde y Barrientos estaba enamorándose, ya hasta pensaba lo que iba a hacerle a ese cuerpo por la noche, pero ¡no!. El grito lo trajo de vuelta a su oscura realidad. Un Gerente de 45 años con tres chavales que alimentar, una esposa descuidada, alcohólica y panzuda, también, menuda novedad.


-Hey, campeón, ¡te hablo, mírame a los ojos y no al escote! -Amanda le gritó con tono irónico y poderoso-. Sabía que controlaba la situación. Sus encantos y el poder de la palabra eran convincentes y suficientes.


-Eh.. eh.. sí, disculpe. Mire, es que … vale, el descuento... cortesía de la casa, ¡pero no le diga a nadie más!

-No, sólo haz tu trabajo y ya.

Y así, entre fantasía y pelea, un tipo de unos 37 años la observaba. La había visto pelear; también le había visto el culo, los ojos, tú sabes. Todo lo que un hombre le ve a una mujer atractiva.

El tipo esperó a que el incidente terminara y se presentó con Amanda.

-Hola, ¿eres de por acá?

-No, vengo de Brasil. Me llamo Amanda, ¿y tú eres?

-Alberto, encantado.

-¿Qué tal?- comentó Amanda con indiferencia natural.

El silencio apareció por un momento.

-Ando buscando un par de libros que aquí no están. Iré a otra librería, ¿me acompañas?- Le propuso Alberto.

-Vale- contestó Amanda.

Antes de ir en búsqueda de los libros, Alberto le propuso que pasaran a beber algo en el camino. Así lo hicieron. Las bebidas fluyeron acompañadas de historias diversas. Se encontraban en el bar “La Locura sensata”. Amanda se puso caliente. La verdad es que a toda hora lo estaba, pero se reprimía, al menos hasta llegar a su apartamento, donde le daba con un vibrador silencioso y efectivo. Allí, de nuevo reprimía el grito, por aquello del pudor (Si Sor Juana le viera, le daría una buenas bofetadas y le atizaría con una vara. ¿Reprimida? ¡la mierda!).


De vuelta en el bar, Alberto la miraba con un poco de indiferencia. Eso excitaba aún más el clítoris de Amanda, que ya para ese entonces estaba inundado de deseo.

Alberto calculó el momento y lentamente puso sus dedos de la mano derecha sobre la pierna de ella. Sin recato y con libertad plena la tomó con la mano izquierda de los bucles y le dio un beso cachondo, pausado.


Una cosa siguió a la otra. Ambos se concentraron en su deseo y se refugiaron en sus instintos. Ya en el apartamento de Alberto, Amanda se descubrió de la cintura  hacia abajo. Sabía que su mayor atractivo físico era su culo. Orgullosa lo mostraba al caballero azteca.


-En Brasil le dicen “Bum Bum”, cariño... tócalo...

Alberto hizo lo propio mientras aparecía en escena una erección aceptable que ella percibió y atendió con elegancia bucal exquisita.


Ohh, ohhh, ¡Qué “gostoso”! Mexicano “gostoso”.. Así jadeaba y comentaba Amanda entre cachondeo, deseo y jugueteo.


Pasaron de las palabras y caricias al coito carnal. Alberto comenzó a darle duro, con fuerza y delicadeza. Una mezcla de salvajismo con ternura se transpiraba en su piel. El tipo sudaba en demasía, y no es que estuviera enfermo, estaba dando su mejor esfuerzo.


La chica le pedía que introdujera aquel chisme hasta el esófago.

Alberto pensó por un momento: “¡Mierda, es ninfómana! Una vez más me topo con esas locas, pero qué se le va a hacer, aunque no me levante mañana, hay que saciar los gustos y agotar los deseos. Y con esa convicción Alberto le siguió dando. Ella seguía pidiendo.


-¡Más, más,  hasta acá!-  ella señalaba hasta su garganta con su mano derecha.

Al cabo de unos minutos el mexicano ya daba señas de cansancio. Sin embargo, echaba una mirada al “Bum Bum” y el mástil se levantaba con ahínco, agarraba fuerza y hasta se daba ánimos en voz alta.


-¡Ahh, Ahh! ¡Te voy a hacer llorar, cariño! -Así exclamaba Alberto-.


-Sí mexicano, ¡hazme llorar, dame placer, dame más, más! -Respondía en trance y embriagada de placer la brasileña-.


Él continuó embistiéndola, recorriendo su piel y su cuerpo. Por momentos sentía que el aire le  faltaba y, acto seguido, soplaba con fuerza como si estuviese arriba de una caminadora aeróbica, de las que abundan en los gimnasios de alcurnia. Se programaba y se imaginaba la rutina y el aire llegaba junto con la resistencia. Cuando su mástil amenazaba con desinflarse nuevamente, Alberto cacheteaba el “Bum Bum” y de nuevo se ponía a flote.


Amanda pedía más. Parecía que estaba como Marcel Proust: “A la búsqueda del tiempo perdido”. Mientras el artista plasmó en siete tomos a lo largo de 14 años sus reflexiones y experiencia, Amanda, en contraste, intentaba recuperar en una noche la sonrisa, la esperanza, la confianza, la plenitud perdida en su paso por la vida.


-¡Dame más y más! -decía-.


Ya Alberto le daba lo que podía. No es que fuera débil o inexperto. Es que esa mujer era demandante y hacía tiempo que sólo lo hacía con el vibrador.


Cerca de sucumbir a un estado exhausto, el mexicano sintió que Amanda estaba cerca de correrse. ¡Un alivio!


-¡Estoy cerca, mexicano!, ¡estoy cerca! Dime que soy tu puta, ¡dime que soy tuya!


Ni falta hizo que Alberto hablara.


-Ahhhhh... Ahhh... ¡Me estoy viniendo gostoso! ¡Me estoy...


-¡Sí, nena! ¡Córrete! ¡Que yo ya lo estoy haciendo!


-Sí, gostoso, dámelo, dame todo de ti.


Y se lo dio. Ambos intercambiaron sus líquidos y generaron un orgasmo sufrido, apasionado y desinhibido.

Fue un polvo fantástico. Los dos estaban tumbados en la cama. Los ánimos descendían y en la habitación se respiraba una plenitud desnuda.

Al cabo de un par de minutos, ella sonreía. Sus piernas temblaban. Alberto lo percibía. Lentamente esbozó también una sonrisa. Se miró de reojo, estaba bañado en sudor. El aroma a sexo era agradable. Amanda le miró con cariño. Le simpatizaba un poco.


-¿Cómo es tu nombre de nuevo, mexicano?

-¿Importa eso? -respondio Alberto con ironía-.

-No, es que no me simpatizan los mexicanos -contestó Amanda con tono soberbio-.

-Ah bien, vale -sonrió Alberto terminando el diálogo-.

Amanda  se levantó de la cama y se fue a la ducha tarareando una canción de Seu Jorge, un afamado músico brasileño. El nombre de la melodía era "Una Mina  Do Condominio".

Alberto se quedó observando los atuendos de Amanda. Botas de cuero largas, pantalones entallados, oscuros; lencería color marrón con contornos negros, blusa de algodón orgánico color púrpura. Bolso pequeño y discreto. Parecía una mujer elegante. La vida era fresca como la noche, como la luna que no se asomaba pero que él recordaba de otro momento. Cayó en cuenta que estaba en su apartamento. Se dirigió a la cocina por una  cerveza.


Referencias: