Una palabra

Una palabra

Por: Andres -

el sentimiento de la plabar
El mundo refleja el desabrigo humano sin maquillaje.

En este concierto global nadie está a salvo. La desfachatez se puede disfrazar de honestidad. El miedo se oculta bajo un valor cimentado a partir de la fe. La bondad aburre. El diablo seduce. El moralismo resultó ser un cabrón impostor milenario. Destellos de congruencia también cohabitan en nuestros destinos inciertos. Para no quedarse atrás en este tiempo, la ambición marca el ritmo. La muy puta se contonea, atrapa sin distinción ríos de almas de todos los rincones terrenales. La obsesión tampoco se rezaga, ella arrastra a su paso a los que se descuiden.

Ante ese espectáculo estamos nosotros: víctimas, verdugos, afanosos, creyentes, idealistas, envidiosos, mediocres, abusivas, inocentes, lacayos. La lista no se acaba.

Entre el remolino de emociones sobrevive y se erecta con solemne encanto la palabra. Despojada de toda efervescencia y ansia, nos muestra una realidad que lastima, alegra, sorprende, condena.

Ella impávida, nosotros danzando en torno al instante, nos deslumbra con su fuerza, esencia y crudeza.

Algunas veces nos alegra, otras tantas nos enloquece. Nos lleva por pasajes recreados, soñados o sufridos. No discrimina en absoluto.

A partir de esta promesa viajamos en compañía. La palabra nos cuestiona, la imagen nos revela, nuestro credo nos desnuda.

Salgamos, pues, a pasear sin reserva en complicidad con todas las pasiones existenciales a cuestas.

Por allí se dice que un vocablo es más poderoso que una bala. No es un conjunto de símbolos o monemas que estáticos testifican el presente. Es un cúmulo de significados que están allí, dispuestos a transmitir, compartir ,coexistir entre una estrambótica secuencia de latidos.

La ineludible certeza es que existimos y caducamos sin distingos sociales o raciales.

Somos nervios, tendones, emociones, arrebatos, creencias, tiempo, consciencia.

Una palabra en nuestros adentros puede provocar mareas, diatribas simples, revoluciones irreversibles, encantos discretos, esperanzas posibles. Será nuestra amante insidiosa, que nos despojará de todo protocolo y máscaras. En cueros nosotros, sin prosa o sintaxis, ella nos acompañará hasta que no haya más que expresar, escribir, implorar. Sucumbiremos sin mayor tesoro que el recuerdo. La palabra seguirá allí, en espera de renovados espíritus, nervios juveniles, deseos nacientes; orgullosa e inmune se burlará sin disimulo, contemplativa y bien acomodada en la eterna fugacidad de todo.

 

 

Referencias: