Letras

Una patria de palabras

Letras Una patria de palabras

 

La palabra —en la voz, en la dulce cantinela que acompaña el gesto hablado, al grito, al sollozo o al gemido; o en el signo, en el trazo terco que se aferra con las uñas a la arena tersa de una superficie de papel que se desviste ante la vista, en la letra viva hecha de tinta— está en la calle, en la banqueta. El lenguaje crece en las macetas; va dejando sus retoños en las grietas que se abren sobre el tiempo y las paredes de los edificios viejos; reverdece con el sol de marzo. La lengua viaja con el hombre, con la mujer; sube y baja por las escaleras eléctricas y los elevadores, acompañada de la música simplona y las miradas perdidas, de los croissants de jamón y queso y los jugos de naranja. El castellano respira, hoy miércoles, hoy domingo, hoy por la mañana, hoy con la luna de un octubre que podría ser cualquier otro y nosotros lo sabemos, por fortuna, aunque parece que a veces intentamos olvidarlo porque es más fácil. Quizá porque duele menos, porque las palabras, como sanan, también hieren.

Dice el guatemalteco Cardoza y Aragón que “la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre”; la poesía, en este caso, es la palabra. La palabra es el poema de todos los días, de cada instante, de cada sitio. He ahí el verso transparente y luminoso. El fiat lux cotidiano y, tal vez, actualmente, algo marchito. Ya en 1971 decía Derrida que el lenguaje se había vuelto cobarde: “la tentación de seducir sin esfuerzo, el pasivo abandono a la moda, la conciencia de vanguardia, vale decir la ignorancia”. Qué diría hoy si se conectara a un chat de videojuegos a medianoche, si alcanzara a escuchar una conversación entre tres chicos de secundaria en el recreo, si —entre canal y canal— prestara atención a los diálogos de una de las decenas de telenovelas mexicanas. Qué decimos nosotros. Generalizaciones arriesgadas, quizá. Atrevimiento que sostengo, sin embargo. Podrían considerarse partes indiscutibles de una riqueza siempre creciente y siempre cambiante de un lenguaje vivo, sí. Pero la conciencia respecto de una lengua que se habita puede estar en detrimento y eso, eso sí vale la pena reflexionarlo. “La inflación del signo”, decía Derrida, “la inflación absoluta”.

 

Afirmaban en Grecia que el habla es el vestido del pensamiento. Siglos después dijeron en Francia —poco vale la pena decir quién y qué matices negativos dio a la continuación de la metáfora— que la escritura es el vestido del habla. Estoy de acuerdo. Es la palabra, la palabra escrita —porque es la que permanece—, el signo sobre el papel —ahora también el conjunto de pixeles negros sobre el fondo blanco de la página en la pantalla—, lo que viste la idea, la creación, la posibilidad de ser más que un conjunto de moléculas bellamente organizadas, funcionalmente puestas una sobre la otra en un cuerpo que camina y come y duerme.

 

La lengua está viva y como todo ser vivo es y debe ser "inenjaulable". "Inencasillable". La palabra es inasible y de ahí nace su belleza. De ahí emerge su misterio. No hay forma humana posible de encapsular todas las palabras de una lengua en un volumen, ni todas las normas de un lenguaje en una gramática. Es por eso que aquél que ose dedicarse a la pluma —o extendiendo el símil, al teclado— debe navegar con su lengua, con su conjunto de palabras vivas. Debe alimentarse de ellas, alimentarlas. Bien dice Cioran que “no se habita un país, se habita una lengua. Una patria es eso y nada más”. Habitemos, pues, nuestra patria de palabras. Seamos patriotas de un lenguaje que, pase lo pase, ha decidido nunca abandonarnos.

 

Referencias: