Letras

Una tarde muerta

Letras Una tarde muerta



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D. leía sentado en su cuarto. Por la ventana escuchó que alguien gritaba:

-¡Tamales! ¡Arroz con pollo! ¡Chile relleno!

Dejó el libro a un lado y esperó a que el vendedor ambulante pasara. Miró la pared que tenía delante: blanca, como todas; habitada por insectos, como todas; lista para estrellarle la cabeza, como todas.

Sus vecinos de cuarto comenzaron a reír como hienas y bajó la cabeza para seguir leyendo. Consideró el hecho de que leer de esta manera (obsesiva, a un ritmo dos o tres novelas por semana) lo estaba, literalmente, salvando de volverse loco. Dibujó una sonrisa en los labios por el juego de palabras y barajó tranquilamente la idea abrirse la garganta o conseguir un revolver y volarse la cabeza, todo mientras leía.

Escuchó pasos subiendo la escalera y vio por debajo de la puerta un par de sombras que pasaban de largo y se acomodaban en la cocina.

– Eran como cuatro – dijo uno de los recién llegados. – Sin camisa. Cuatro enanos. Yo iba caminando, caminando así, sudando. Llegué a la parada del autobús y estaba todo sudado y me tuve que sacar la camisa. ¡Me tuve que sacar la camisa frente a todos!

– ¡Ahhhhhhhh! – gritó el otro troglodita.

– ¡Es verdad! Y conocí a una chicana, una chicana que me decía: “¡Ay, pero que blanquito eres!” ¡Jajajajaja! ¡Quería esa chicana! ¡Sí! ¡Quería! ¡Andaba buscando!

– ¡Ahhhhhhhhh!

– No, pero era bien chingona, güey – lo cortó el primero, – bien chingona.

– ¡Ahhhhhhhhh!

Las voces se detuvieron y D. agudizó el oído. Escuchó ruidos de cajones que se abrían y cerraban y vio las sombras pasar en dirección contraria y bajar las escaleras. Escuchó la puerta de la calle cerrarse de manera violenta y la del cuarto del otro vecino abrirse casi a la misma vez. Varias personas salieron y se acomodaron al otro lado de su puerta.

– Esta es Juliana – dijo uno de los recién acomodados. – Juliana es de Brasil.

– Hola, Juliana – saludó alguien. –Tengo dos, uno para cada uno.

– Y este es Gabriel – dijo la misma voz del principio. – Gabriel es de Brasil también.

– Hola, Gabriel – saludó la segunda voz. – Tengo dos, uno para cada uno.

La puerta de la calle volvió a abrirse y los dos trogloditas regresaron.

– ¡Ahhhhhhhh!

– Tengo dos – les dijeron a los recién llegados. – Gabriel y Juliana, Juliana y Gabriel.

– ¡Ahhhhhhhh!

Empezaron a hablar en portugués. Ella rió un par de veces, el que se llamaba Gabriel también, pero menos que ella. Al final todos desaparecieron por las escaleras y sus risas se perdieron en la calle.

D. cerró los ojos y aspiró el silencio hasta llenarse de él. Volvió a abrirlos, dejó el libro a un lado y fue hasta la ventana. El cuarto, anaranjado por los reflejos que llegaban de la calle, moría de tanta tarde como el sol muere de tantas estrellas. El reflejo lo encandiló y desvió la vista alejándose de la ventana. Tuvo uno, dos, diez pensamientos sin sentido y se hizo las mismas preguntas de siempre recibiendo las mismas respuestas de todos los días. Nada había cambiado, todo seguía en el mismo sitio, no había soluciones para las cosas que necesitaba solucionar, no sabía ni tenía idea de nada.

Se pasó la mano por la cara y caminó fuera del cuarto. La casa llena era horrenda, vacía era aun peor. Bajó las escaleras, salió a la vereda y comenzó a caminar. Sus pasos se escucharon calle abajo mientras el sol desaparecía detrás de las casas y la luna lo veía doblar la esquina y camuflarse de ladrillos.

Un pequeño perro cruzó la calle y olfateó una bolsa de basura apoyada contra el árbol. En algún momento había sido blanco pero ahora estaba sucio y hambriento y el pelaje se le hundía entre las costillas. En el desagüe de la esquina bebió de un charco de agua estancada, se rascó las pulgas con intensidad y siguió investigando los alrededores. Un par de bolsas de basura más abundantes que la anterior llamaron su atención y se acercó con cautela. Empezó dándoles algunos tímidos mordiscos y a medida que fue ganando confianza las atacó con más fuerza hasta conseguir abrirlas y sacar algunos huesos de pollo. Antes de que tuviera tiempo de darse un festín, un hombre salió gritando de la casa a la que pertenecían las bolsas. El perro observó que llevaba una escoba en la mano, tomó rápidamente los huesos y se alejó unos veinte metros. El hombre siguió gritándole pero el perro ya no lo observaba con tanta atención y degustaba el premio obtenido. De vez en cuando levantaba la cabeza y lanzaba rápidas miradas solo para asegurarse que el hombre no se le acercara. Éste era gordo y de piel pálida, usaba una camiseta blanca sin mangas y unos shorts de basquetbolista, llevaba puesta unas chancletas azules con medias y caminaba con dificultad por el tamaño de su cuerpo. Lo apresurado de la salida lo había agitado y ahora se apoyaba en el portón de la casa para recuperar el aliento.

El perro blanco decidió que no era seguro comer allí y con los restantes trozos de pollo entre los dientes se alejó hasta desaparecer. El hombre de piel pálida esperó unos instantes para asegurarse que no volviera y luego se metió en su casa cerrando el portón con rabia. La calle volvió a quedar en silencio. El tráfico de la ciudad se escuchó a lo lejos y un bocinazo, un grito y una frenada retumbaron en el aire estancado del atardecer de Los Ángeles. Otra noche estéril que se acercaba. Otra calle vacía en otra ciudad muerta. La contaminación del aire mató a las estrellas y el cielo se llenó de sirenas. “Todo sigue igual” pensó D. mientras se desangraba tirado en mitad del asfalto. “Nada ha cambiado.”


Referencias: