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Viajábamos separados, pero de la mano

25 de abril de 2018

Arcilla Baker

Aún recuerdo muy bien lo que pasó, ambos viajábamos en el autobús, ajenos a lo que podría pasarnos y sin saber de nuestra existencia nos cruzamos un par de veces en el pasillo en busca del sanitario, compartimos sueños cuando en el avión todo se oscureció e incluso me regalaste tu refrigerio con el argumento de que volar no le sienta bien a tu estómago. Quién lo diría, ambos íbamos para el mismo hospedaje, un pequeño hostal diseñado para viajeros que viajaban ligero, no sólo de maletas también de dinero, pero que cargaban muchos sueños y expectativas a cumplir en ese viaje de verano, ese pequeño escape de la realidad.


Hospedados en el mismo hotel tomamos caminos diferentes, tú en la terraza fumaste un cigarrillo, aspirando todos tus temores, purificándolos y dejándolos ir al viento; yo, en cambio, decidí que lo mejor en ese paraíso tropical era descansar en una hamaca esperando que tanto el calor como el bloqueo creativo del cual estaba huyendo se fueran con la brisa del mar.


Estabas ahí parada contemplando la luna que se alzaba sobre la ciudad fronteriza, volviendo fantasma todo lo que tocaba con su luz blanca, estabas ahí a la espera a que el gran quizá sucediera cuando se apagó tu cigarrillo producto de una pequeña broma del destino, te diste vuelta para buscar fuego y me encontraste a mí: —No es que fume —te dije—, pero siempre cargo un encendedor. Y no mentí, lo que sucede es que cargar un encendedor puede ser muy útil cuando eres un ligero pirómano que disfruta ver las cosas arder.



Afortunadamente esa chispa nos llevó a una larga conversación, nos adentra en la noche y con unas bebidas de coco y ron, terminamos en una habitación del hostal, no recuerdo si era la tuya o la mía pero ahora era de ambos, en la que despertamos los más bajos y antiguos instintos de supervivencia intentando conservar la especie sin intentar.


Todos sabemos que sucede en una habitación de dos extraños que casualmente se han encontrado, serendipia; todos sabemos que el amor se hace entre besos y abrazos, entre roces, humedad y sudor de sal, entre el calor tropical y los gemidos quietos de una niña inocente viviendo como una señorita de la vida; irónicamente ambos llevábamos caminos no tan distintos que esa noche se terminaron de unir ¿Destino? No lo creo. ¿Serendipia? Sin lugar a dudas.


Así es como partimos, juntos, en un colectivo de dos pisos con rumbo a una ciudad tan ancestral como el amor y el deseo mismo, para contemplar juntos lo esplendorosa que puede llegar a ser una civilización cuando se lo propone y también los duros ocasos a los que se llega a enfrentar; así partimos los dos de ciudad en ciudad, de ruinas en ruinas, de playa en playa, haciendo el amor cada vez que se nos presentaba la oportunidad, disfrutando de la vida y la inmensidad que viajar te causa.


Viajábamos solos, cada quien por su lado, pero juntos, pues cada quien tenía su vida, sus sueños y anhelos, sus miedos y limitaciones; cada quien estaba inscrito en una ciudad como ciudadano y cada quien tenía una dirección, un apartado postal y un correo electrónico; cada quien vivía una vida y cada quien tenía una meta; cada quien vivía una distancia a la vez y cada quien recorría el camino a su manera; cada quien viajaba por su cuenta, pero de la mano.




El final de nuestra aventura estaba cerca, las reservaciones, los boletos de bus, los tickets de entrada, el dinero, la ropa interior y los condones se acababan, poco a poco también las ganas de follar, cada noche y cada mañana se reemplazaban por la impetuosa necesidad de comenzar a querer, algo que en verano no solía darse bien por lo que poco a poco comenzamos a caer sólo para levantarnos con un gran salto, el suspiro final.


Pasamos los últimos días y las últimas noches juntos, queriéndonos entre sexo colegial, para después, llegado el momento, despedirnos con un adiós cordial, atemporal a sabiendas de que lo nuestro había sido un amor de verano.



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TAGS: Poemas Nuevos poetas
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Arcilla Baker


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