Vida de perros

Vida de perros

Por: Andres -

vida de perros
Sería una noche larga. La lluvia no dejaba de aplastar el piso. Olisqueando por la avenida buscaba un poco de esperanza entre tanta indiferencia. El tiempo no se detendría. 

Se iba a deprimir cuando a lo lejos observó a su perra bien poseída por otro perro de la cuadra. Ladró y se abalanzó al coito embrutecido por el celo instintivo. Se dieron un mordisqueo de emoción. La perra se quedó bien atascada entre los machos heridos. 

La noche era fría. El mundo terrible. Sin embargo, había situaciones peores. La banalidad de este mundo en soledad es veneno puro para cualquiera. Él lo sabía. Como siempre, llegaba tarde al banquete; no obstante, tuvo razón suficiente para dejar correr su rabia al ritmo del viento. La vida no era justa. 

Al cabo de un rato se puso en marcha de nuevo hacia la oscura panorámica de la madrugada. 

El hambre ya rugía. Debía encontrar un bocado que le calmara la tripa. Mientras deambulaba en búsqueda de su objetivo, miró a lo lejos una manada de otros especímenes que, agitados, aullaban con excitación. Eso le intrigó. Se enfiló hacia ellos para palpar el motivo de aquel barullo.

La sorpresa devino cuando miró a un par de perras en celo que iban pasando por allí. Por suerte no iba la suya por aquel sendero, sin embargo ya nada le sorprendía. 

Su hambre era más fuerte que su instinto, por lo que, sin darle mayor importancia al hecho, dio media vuelta y regresó a lo suyo.

El alimento escaseaba, el frío arreciaba. Los huesos lucían cada vez más desnudos de entre sus carnes pellejudas. La cola se encogía con ganas. Entre sus patas se escondían, rozando, sus genitales. Mordía tierra, olisqueaba agonía. Se apresuró a perseguir un aroma que lo dirigió a la mitad de una avenida. No había amenaza a la vista. Siguió la pista, encontró una plasta de alimento triturado, un poco fétido, no podrido. Sin esperar el veredicto del gusto se engulló a lamidas el residuo. Era un vómito humano. Algún paseante escupió el mismo en algún ataque o destello repulsivo.

 Ensimismado en su ansia y apetito no vio llegar el golpe. Arturo venía embrutecido conduciendo el auto de su padre. Un Volvo de ensueño. ¿La causa? Encontró a su amigo de la infancia y parranda cepillándose con ahínco a Pamela, su prometida.

Sin terminar de lamer el piso y el resto allí vertido, sus huesos y pellejos se dispersaron sin hacer mucho escándalo. Su aullido emotivo y de breve respuesta ante el impacto se opacó gracias al motor que, bufando, nubló todo rastro de atropello. 

Murió en menos de un segundo. Pasó a formar parte, en el mejor de los casos, en simple estadística. Un perro menos de la pandilla. No habría pompa ni recuerdo. Su perra seguiría su marcha, como el tiempo y todos los actos que provocan circunstancias. La única razón verdadera de la vida es la muerte… segura e incierta.

Referencias: