Vida en renta

Vida en renta

Por: Andres -

escritores mexicanos
Bebía para olvidar y creer, al menos, en una vida sin responsabilidades. Eso ya era en sí ilógico a los 40, pero la inmadurez no está peleada con la edad; además, la vida no es lógica. Annie miraba al piso mientras yo la poseía en el pensamiento. Irradiaba una belleza sombría. Justo la mujer que me inspira un poco de esperanza entre tanta indiferencia. Le serví un buen trago mientras reflexionábamos en voz alta: 

-Uno está marcado por los rasgos e influencias de familia. No es dueño de su libre albedrío quien está al cuidado de tutores, padres que marcan con sus actos y creencias las almas de sus pupilos, de esos niños que como esponjas absorben lo que les cae y llega del ambiente. 

-Eso no es del todo cierto- yo contestaba- por allí he conocido una que otra persona que ha nadado en la mierda y ha salido del río sin la peste propicia del caudal.

 -Son excepciones- reviraba ella.  

Quetzalli, otra chica que ya balbuceaba por haberse excedido en los tragos, secundaba la tesis de la belleza sombría. Yo señalé su complicidad de género: 

-Ustedes están de acuerdo porque son mujeres y me quieren acorralar. Además de reírse en mi cara, dispersaron sus miradas en torno al momento.

 Me encontraba en la fiesta de un amigo que celebraba su cumpleaños junto con el de su hermana. Curiosamente cumplían el mismo día. No eran gemelos, no. Coincidió que nacieron el mismo día  pero en años diferentes. De hecho, si estuvieses en el festejo tomarías nota de la marcada diferencia: Por un lado, las amistades de la hermana se contoneaban bien vestidas, perfumadas y acicaladas. Por otra parte, los que celebrábamos a nuestro camarada portábamos trapos con desparpajo, ignorantes de los clichés que marcan los estilos sociales. La verdad es que nos importaba un comino. 

Annie acaparaba la atención de varios machos que recorrían el lugar en busca de "alguna presa". Al no ver nada más espectacular, se aprestaban a ella como abejas en la colmena. No me quedaba más remedio que tolerar la competencia. Mientras ella iba y venía en torno a los deseos propios y el de los hombres que la asediaban, mi pensamiento estaba estacionado en sus curvas y sonrisa. Portaba unas gafas que me excitaban con lujuria. Eran mi fetiche. 

Aguantar es uno de mis atributos. No por convicción, más bien por condición. Marginado desde los trece años, sufrí varios rechazos duros y secos. La lona era ya mi confidente. 

En el ir y venir yo platicaba con la otra chica, Quetzalli. Ella se dedicaba al modelaje y estudiaba para chef. Mi especialidad es la alta repostería, decía. Yo paraba oreja sin dejar de vigilar los pasos del deseo. Los tragos fluyeron como el tiempo: a paso firme y en silencio. Annie regresó a nuestro espacio. La conversación cambió del tono profundo a la nota superficial, más trivial. Cuando la mujer es bella las estupideces más simples te parecen filosofía pura. Con tal de poseerla te tragas toda clase de comentarios fútiles, banales o sinsentido. Por si no bastara su encanto, la chica era inteligente. Tenía clase, elegancia. Una fémina especial. Mi interés subía a otro nivel. 

Así pasamos del modelaje a los ritmos musicales, sin olvidarnos de los sitios de interés común a los que uno va a retozar el cuerpo y a darle de beber al espíritu. Que sí la Condesa o la Roma, Neza o Zona Rosa, que si entre más corriente más ambiente, que si esto y aquello, que lo otro y nada. Excitados seguimos el firmamento de las palabras sin poder contener el cachondeo en las miradas lascivas de todos los que estábamos allí reunidos.

Desfilaron en torno a ella toda clase de especímenes: 

El político, el cineasta, el publicista, el abogado, el fotógrafo y yo, el aspirante a escritor. Todos bien borrachos, acomedidos estábamos en espera. La música no dejaba de sonar, el alcohol corría con desenfreno, los comentarios no cesaban y yo seguía al acecho de algún guiño. 

La fiesta iba tomando forma. Salieron los rumberos, los salseros, regetoneros, electrónicos, todos a mover los culos y a menear el cuerpo a las anchas. 

Los festejados brindaban, los invitados chocábamos afanosamente las copas. "¡Chúpale, pichón!" repetía acaloradamente el fotógrafo, quien dueño del ambiente parecía el elogiado. Iba y venía en cada rincón. Daba palmadas y una que otra nalgada a sus propias amistades. Los minutos corrían. Annie se fue quedando borracha y contemplativa. Quetzalli soportaba ebria el momento. Más de diez "chupitos pichoncitos" corrían por sus venas. Yo seguía a la caza ligera. Mis habilidades eran torpes, bruscas. Para intentar domarlas me empleaba a fondo con vodka, whisky, vino de mesa y lo que fuera.

 La madrugada ya amenazaba con dejarnos para dar paso a la mañana.  Con sigilo la reunión se fue evaporando. Quedábamos los de siempre: los borrachos obsesivos dependientes del momento en espera de un milagro. 

De pronto la chica que embelesó mis pensamientos desapareció.

Me quedé estático, como si un pedazo de ánimo se me hubiese arrancado de golpe. La busqué por el baño, por la cocina, por la calle. Sin dudarlo pregunté al fotógrafo por ella, quien era su amiga. Al cabo de un momento comentó: está dormida en la habitación de allá, señaló.

 Menos mal. Dentro de mi cándida fantasía aún había esperanza. Los primeros rayos de luz penetraron las ventanas. La complicidad de la noche me abandonó por completo. 

Estaba sentado, bebiendo con el festejado, el político y una ausencia de espanto. El fotógrafo se acurrucó con Annie en el lecho anhelado. Lo sé porque husmee por la puerta a través del ojo del cerrojo. Espíe la frustración. 

Mi apetito seguía allí, vigilante. Los dos borrachos intentaron saciar su ansia buscando chicas que se alquilan para pasar un rato, ¡putas, pues! Ninguna de las que llegó prometían. Estaban oscuras, mostraban la carencia en sus cueros rasgados y soterrados por tanta canallada consumada. El amor propio parecía que no les había visitado nunca. A mí tampoco me había saludado, e intuía que a los presentes poco les importaba.

Me levanté de la mesa, hurgué nuevamente por el ojo del cerrojo de la alcoba. Allí estaban  ella y él. Mi esperanza y el fotógrafo. Abrazados, bien embonados. Salí de allí con el alma arañada una vez más.

Me senté de nuevo a intentar olvidar. Recordé que ya era de día y habría que pagar el alquiler o el casero me echaría. Ya debía tres meses. Tome consciencia de que mis relatos a nadie le importaban, habían sido rechazados por enésima vez. El empleo de repartidor de publicidad impresa me sería arrebatado, negado. Lo intuía, pues a las 7:00 a.m. en punto tendría que haberme presentado. Eran las 9:30 a.m. y seguía allí, embrutecido. Con cien pesos en la bolsa debía ser creativo. Algo saldría. De pronto vi que Annie salió disparada a la salida. Tras de ella, el fotógrafo nos lanzó una despedida con su mano en bamboleo. Se escurrieron en menos de un segundo. Los tragos siguieron hasta que los rayos del sol cachetearon nuestras miradas, las mujeres siempre ausentes en nuestro presente, deambulaban por la ciudad en nuestro futuro eterno. Nuestros espíritus ahogados susurraban hartazgo, el mediodía amenazaba, la vida transcurría con aparente calma.

La imagen que acompaña este texto pertenece a Laura Peñafiel.

Referencias: