Voyage
Letras

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Por: Andres

5 de junio, 2013

Letras Voyage
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Por: Andres

5 de junio, 2013

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De un lado a otro vamos por la vida, esperando que nos rocen el hombro o intentando marcar un poco las almas. Caminamos entre la bruma de las palabras buscando el entendimiento carnal, emocional. No me puedo relajar ante el concierto de la estupidez masculina. Tetas erectas, culo decente y cintura esbelta me han asegurado excesiva atención sin mayor problema. Con pasta o sin ella. No me discriminan. Las puertas del cielo se abren al tiempo que la ventana del infierno chilla de par en par. Piropos y "guarradas" elocuentes me gritan con esmero. Si me descuido por un segundo en la mesa de algún comedero de buena pinta, me llueven todo tipo de propuestas: comidas, bebidas, cenas, tríos y más; todas en un instante.

La indiferencia está ausente. Me divierto en principio con las invitaciones desbordadas de lujuria, represión y deseo. Cocktail perfecto para recrear fantasías variables. Cerdos, bestias, alacranes disfrazados de orugas se arrastran hasta que pican sin piedad; con saña y locura anhelan poseerme. La moral se acaba cuando la oportunidad se presenta. Cierto es que me gusta el coqueteo sutil, ¿a qué mujer no le agrada? Tal vez aquellas que no han tenido suerte con los hombres. Quizá las que no tengan las cualidades voluptuosas o la sonrisa idónea al momento del flirteo. No me jacto de luchar por los amores; llegan a mí sin pedirlo. Pateo sus culos y orgullo como lo hace un pequeño jugando a la pelota: sin distinción ni miedo. No me espanta la amenaza. El chantaje me provoca bostezo somnoliento. Me aburro con prontitud. La cosa es que las mujeres estamos platicando entre los bares, mientras los hombres seleccionan a sus presas. Los verdaderos imanes de nuestro sexo nos manejan con sutileza digna de atender. Escasean pero existen, sin duda. Me he enamorado tres veces: en la primera me piqué un ojo y, un poco más, el orgullo. Militar de dientes para afuera; homosexual del culo para adentro. Nada especial más allá de algunos cóitos cachondos y un par de citas obligadas a la mentira momentánea: "te quiero, Úrsulo. Esperemos a los hijos y tal vez te pueda amar". Le comentaba con indiferencia. Calculé los movimientos a sabiendas de su engaño. Nos dejamos poco después de pillarlo con el culo al aire en una de sus interminables guardias y arrestos. El regimiento me quedaba a unas cuadras de la casa. Los pensamientos y erecciones de los soldados los tenía a un chasquido de los dedos, si tan sólo lo hubiese deseado.

Partí de ese suceso como lo hace un barco al zarpar: sin marcha atrás. Derramé una lágrima por el tiempo perdido entre los brazos de Úrsulo, "El dual"; no lo volví a ver. Alguna vez me buscó. Mi madre recibió una carta; le pedí que la tirara por allí.

Cumplidos los 26 años, me eché a los brazos de Leonardo, un profesor de la Facultad de Leyes de la Universidad Nacional Autónoma de México. Su semblante apacible y mirada machista me hicieron sucumbir sin oponer resistencia, además de su trato y experiencia. Con arrugas expuestas en su rostro (43 años de vida) yo no me dejaba dominar por sus encantos. Follaba como un adulto joven que no ha rebasado las cuatro décadas, algo que agradecí en su momento. Mi excitación y necesidad femenina me hacían estar lista para follar a toda hora. Soy de la costa y, según dicen, traemos otra sangre que nos hierve en las entrañas; mito barato de la sociedad actual. La mujer, en definitiva, puede disfrutar sin interrupciones no uno sino variados orgasmos. El clítoris nos complace con sus generosas terminaciones desplegadas en nuestra piel con estrategia divina. Así las cosas: decidí formar una familia con Leonardo, "El elegido".

Una niña brotó de mi ser. Pesó lo suficiente para salir del sanatorio con prontitud. Valentina creció con amor y atención maternal suficiente.

Me mantuve en el hogar atendiendo la responsabilidad básica de una madre. Al cabo de cuatro años opté por encaminarme de nuevo hacia la calle en busca de un empleo y al encuentro de mi realización profesional. Todo iba en relativa calma hasta que los hombres retomaron el ataque. Comenzaron a asediarme sin parar. No es que se hubiesen ido, me aparté del campo de batalla. Al principio me las arreglaba para escucharlos con atención, para después darles una patada en el culo con balazos de indiferencia y arrogancia desmedida, grosera. Los hijoputas se quedaban más obsesionados que en un inicio. Declamé distintas maneras de rechazo hostil a sus oídos y ojos poseídos, y ni aún así se iban: ¡disfrutaban con mi arrogancia y se cachondeaban todavía más! A calor desbordado llamaba a la policía hasta que se largaban sin remedio, pero aún así lo hacían riéndose, ¡se divertían los muy cabrones!

Ya estaba acostumbrada. En una ocasión me pasé por la oficina de Leonardo, en la facultad. Allí lo esperé mientras leía los requisitos de reingreso para continuar con mis estudios. Sería abogada al término de dos años y 32 asignaturas por cubrir, nada mal. De pronto, y en un pestañeo, apareció ante mí un hombre de unos 35 años: cuerpo esbelto y ojos claros. Su cabello lacio me produjo cierta intriga y un poco de nervio. Era un tipo apuesto. Sin darme cuenta, Leonardo estaba atrás de mí, observando la escena. No tuve tiempo de saludar. Apenas pude escuchar un par de golpes secos que se estrellaron en la cara del hombre apuesto. Leonardo se abalanzó como toro encerrado al ruedo en plena oficina y sin picadores a la vista, ni hicieron falta. Más que un espectáculo, aquello fue la despedida con orejas, rabo y todo lo demás. Iracundo y soltando todo improperio vulgar, de puta y zorra no dejaba de llamarme, "mi hombre". Expulsados ambos machos del lugar, me alejé indignada y un poco triste. Quería a Leonardo, pero no lo suficiente para soportar esas dulzuras. Sin más remedio que empacar, me largué de la casa con Valentina en brazos y tres valijas atrás. Un mozo de taxi me acompañó al aeropuerto. Leonardo, desesperado, me llamaba al móvil. Yo no atendería hasta llegar a mi siguiente destino: Cancún. Allí vivía mi madre, hasta allá volé con su nieta llorando y mi alma suspendida en el limbo. El teléfono no dejaba de sonar. Dejé que pasarán dos días, tiempo considerable para que el toro se aletargara y pudiera razonar. Me equivoqué. Esto fue algo de lo que me dijo en la llamada que atendí:

- ¡Hijadeputa! ¡Zorra! ¿Dónde estás? ¿Dónde está mi hija?, te voy a demandar por abandono de hogar e infidelidad, ¡ya verás!- Y que si esto y aquello... Su coraje parecía no tener fin. Colgué y fui en busca de mi madre. Necesitaba hablar y pensar.

Un mes pasó después de aquel incidente y mi vida dio un nuevo giro.

Sobra expresar que la demanda nunca llegó y de Leonardo no supe más.

Mi madre es propietaria de unos cuantos apartamentos, no le va mal. Casada está con un hombre trabajador y leal. Respira tranquilidad en demasía. Orgullosa y digna, mi madre hizo su patrimonio a base de trabajo, trabajo y más trabajo. Comenzó de azafata en una aerolínea de vuelos comerciales. Después se hizo asistente de dirección de un importante empresario del sureste, hasta que se jubiló. Con su liquidación se adjudicó una casa pequeña cerca del mar (Punta Nizuk en aquella época, hoy Cancún). Esperó con paciencia el boom inmobiliario, lo demás llegó por añadidura. De una casa surgió otra más. Compró y vendió hasta lograr su libertad financiera. Se lo ha montado bien. Regreso a lo mío para no explayarme más de la cuenta. Con dinero suficiente me obsequió uno de sus apartamentos y procuró en gastos y cuidados a Valentina. "Dedícate a estudiar y a trabajar; ¡no me salgas con más estupideces, Raquel! Hombres abundan, mírate: ¡con tu cuerpo y encanto no te faltarán!" Así me soltó su sentir. Hablaba poco pero cuando lo hacía escupía orgullosa e iracunda su opinión. Hice lo propio. Me matriculé en Leyes mientras me adaptaba nuevamente a la vida en la playa. Tan sólo corrió otro mes cuando ya estaban de nuevo los hombres en fila, dispuestos a todo hasta vaciar su virilidad. Me dediqué a salir con discreción con los que yo consideraba adecuados a mi proceso: jóvenes, maduros, calvos, acaudalados, soñadores, sensibles, fríos, celosos, mujeriegos, apuestos, feos... había de todo y en cantidad. No es que fuera fácil, es que a todas horas y todos los días, como moscas, merodeaban en el aire en busca de algo y de todo.

Alejandro llamó mi atención entre tanta testosterona acalorada. A través de sus ojos me entregue sin reserva. De un castillo a otro viajaba con ensoñaciones infinitas. En la cama, debo aceptar que me sorprendía una y otra vez. Quedé fascinada. Caí atrapada al filo de la muralla. Sin más ansias que verlo amanecer a mi lado, le propuse todo lo que se le pueda proponer a un hombre. Aceptó mi deseo sin condiciones. Accedí de cuerpo entero. A los tres meses de haber llegado a la playa ya vivía de nuevo en familia. Si la vida es una mentira total, este capitulo ha sido mi mejor engaño. El invierno llegó cargado de sol y peleas de adaptación. Valentina vivía conmigo a ratos; su abuela se encargó de amamantar su atención.

Un sábado cualquiera, Alejandro y yo amanecimos en las playas de Tulum, a la postre de una rústica cabaña. Bien atendidos de cuerpo y deseo nos regocijamos en las blancas arenas del Caribe. En ese bello paisaje recibí la cachetada providencial. Desde Tulum hasta Panamá se escuchó el golpe: casado y con dos hijos, Alejandro debía volver a su mundo. Uno donde las obligaciones, facturas y responsabilidades no le permitían acaramelarse más a mi regazo y aliento. No exploté porque no podía hacerlo. El llanto ahogó mi sueño y asesinó mi fantasía dejándome expuesta al Sol, tiesa e inerte sin poder siquiera reaccionar. Con la frialdad en sus ojos y la mirada puesta en la Capital, me comentó que pasaría a mi apartamento por sus cosas. Lloré hasta vaciarme. No podía comprender más allá. Su cuerpo se tornó reservado y dejó de acariciar mis cabellos. Su tiempo en mi existencia agonizaba. Al cabo de media hora, que para mi representó un calvario, nos enfilamos a Cancún con dirección a mi hogar. Valentina y su abuela estaban cerca. Mi madre nos esperaba para almorzar. Ese día entendí a la vida un poco más. Víctima de mi propia fantasía, una parte de mí sucumbió sin chistar. No pude sobreponerme por completo. Han pasado ya 12 años de aquel romance, y de Alejandro no sé nada más, nunca volvió. Lo que registro a diario en el alma es carencia constante. Los hombres aún me buscan. Mis tetas y culo resienten el paso del tiempo. Aún así se aferran a sus formas. Nostálgicas se apretujan a la piel cada vez más distendida pero no vencida, no del todo. Con curiosidad implacable busco en distintos ojos aquella mirada que me hizo viajar al fondo de la emoción sin pena. Sólo se asoman pedazos de luz entre mucha oscuridad. Ahora litigo en el sureste con mediocridad aceptable, al menos para divorciar y consensuar diatribas fútiles de voraces inquietudes humanas. No se requiere genio para nadar entre el fango de hombres y mujeres con necesidades cambiantes y abusos predecibles. Abogada del diablo y de Dios. Ahogo mi espíritu entre leyes y obligaciones corruptas. Una vida tiene principio y final. Viajamos entre sueños, mentiras y fantasías. Nos vamos adentrando en mundos diferentes a través de los sentimientos, deseos y caprichos propios de nuestro ser. Mujeres y hombres por igual nos dejamos llevar por la arena de la incertidumbre intentando bajar hacia la playa para reposar en el mar; allí donde la marea permite recrear una y otra vez la sinfonía de la esperanza en compañía de una mirada que haga perder la razón mientras el alma se estremece bañándose en libertad total, sin prisa. Cada uno vivimos, a nuestro gusto y estilo, nuestro propio Voyage.

C'est la vie.

La fotografía que acompaña este texto fue tomada por: Verónica Altamirano el 26 de septiembre de 2010, con una Canon EOS REBEL T2i.



Referencias: