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¿Y si la vida muriera?

Letras ¿Y si la vida muriera?




Si la gente muere -relativamente-  no pasa nada, claro... eso dependería de quién fuese esa persona…si un animal muere,  al igual que el humano, tal vez podría ser parte de una simple estadística, un conteo, qué sé yo, pero ¿si el sol ya no saliera al amanecer?, ¿si el agua se esfumara?, ¿si el verde se acabara?, ¿si los dioses nos olvidaran?… ¿y si la vida muriera?

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En un lugar recóndito de este universo existía -si no es que sigue existiendo- un lugar por demás extraño; “Me ves pero en realidad no me conoces”,era el saludo de aquel lugar donde el sol no muere, las hadas conceden deseos, el amor  aún enloquece, los museos son antros de mala muerte, los arrabales son decentes y el pasado es hoy…
Erase una vez que fue, que una sequía y las profecías azotaron este lugar, las dos tribus de aquel lugar no sabían que hacer, pues los dioses le dieron la espalda a toda petición, excepto a una: el sacrificio; ellos ya no acostumbraban esos métodos pero, era eso o el tiempo -el monstruo- acabaría con aquel lugar donde el sol comenzó a apagarse y el agua a faltar.


Los siete dioses superiores hablaron:

“He aquí una petición y he aquí la respuesta, la única manera de terminar con esta tempestad de acontecimientos radica en la sangre, sólo ésta acabará con la tormenta y la profecía será cumplida: ¡DOS GUERREROS DE CADA TRIBU PELEARÁN A MUERTE POR LA SALVACIÓN DE ESTE LUGAR PERO TENIENDO COMO CASTIGO LA MUERTE DE UNA TRIBU, LA DE AQUEL QUE PIERDA LA CONTIENDA!
Tienen un mes para elegir a sus guerreros, al cabo de este tiempo nos veremos aquí en la cúspide del Belzoond. Hasta entonces”.

Todo quedó en silencio y sin más, empezó el conteo de hombres y mujeres guerreros, sólo uno o una llevaría en sus hombros el peso de la tribu, el peso del mundo, el peso del universo que esta vez parecía dormido ante las súplicas.

El veredicto, después de 15 días fue que la tribu de las colinas llamada Azulbell tuvo por guerrera a una doncella de la casta de los Abdaluzdá  su nombre era Akram: de sangre hecha poema, ojos de gitana que embrujan, de sangre fría y melancólica; la que piensa, la que escribe, la silenciosa mentira que el hombre después de este acontecimiento jamás olvidará; la sensatez, la razón y la locura en un cuerpo de gran fortaleza y corazón valiente. Es severo su aspecto, aunque su alma sólo brilla con la luz de la luna cuando las magnolias cantan a la par de ella en el bosque donde vive. No es mala ni buena sólo es un ser… sólo eso un ser.
Akram odiaba la traición, para ella no existía algo peor - incluso para la divinidad lo es, pues resulta ser el último círculo del infierno de cualquier Dios-.

La segunda tribu era la de los lagos, llamada Durlduzbell, dónde se eligió por designio del cosmos a otra mujer, una doncella  guerrera: Dökany: la pura, de fuertes facciones y acciones, la voz de su pueblo, visceral; sin miedo, sin nada, por la que los pájaros callan cuando ven que se acerca; la que domina a los cocodrilos y la que obedecen los insectos. Odiaba la injusticia y mata en su nombre, añoraba con ilusión una tierra en paz y fructífera para su pueblo y maestros.

Los siguientes 15 días fueron desvelo, la otra la sangre de las dos corría en un vaivén, el sudor frío caía, ese que sólo sentimos por el miedo. El olor a frutas y aceites, los baños de amapola y lechuga… nada de eso las tranquilizaba, aun cuando las ungieron en el río Isbellkuz; Akram pensaba en el día en que aceptó tal responsabilidad no se arrepentía, aunque al principio no lo deseara; Dökany por su lado, sentía correr la adrenalina del miedo. Las vistieron con joyas, cada una fue a un templo a rezar y la hora llegó…

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El día 4951 del calendario de Belzoond, tendría que llevarse a cabo la batalla, de lo contrario el sol moriría y nada quedaría.
Era el amanecer cuando subieron a la cúspide todos, vestidos de luto: “¡la muerte a pasado de largo!” gritó una bruja, y era predicción de una batalla larga, de dolorosa agonía.

La batalla comenzó con una danza de ráfagas de luz que a lo lejos parecían fuegos de artificio, los cantos de las tribus parecían rezos sublimes al cielo, la batalla ardió cuando el sol pega más; los brazos y piernas se movían a un solo compás, la energía servía como escudo protector ante los golpes pero sólo por instantes.
El sudor hirviendo quemaba la sien y la columna, las venas parecían serpientes que brotaban para atacar; sólo existían ellas -los demás sobraban en su mundo-.

Los Dioses por su lado no quisieron mirar  hasta saber que una había muerto, pero el tiempo corría tan lento y ellos no tenían noticias; el atardecer cayo y ellos observaron que la batalla continuaba, el viento de energía era de colores: cuando una soltaba un golpe era rojo y cada que las adulaban era azul; la sangre revuelta con sudor se coagulaba en las heridas, los ojos ardían de tanto sol, tanto sudor, tanto cansancio, tantas y tantas emociones, los músculos solo respondían a ese flujo de adrenalina que de sentirlo por las venas ardía.

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“ ¡y la muerte huele e inhala vida para exhalar veneno de muerte!” grito de nuevo la bruja.
El anochecer cayo al igual que las dos caían al suelo y se volvían a levantar, la muerte se sentó y observó, si no se mataban en batalla, morirían después de ella causas naturales… pero ¿qué era natural? lo que pasó era todo menos natural, cualquier ser humano hubiera muerto de desesperación, dolor, hambre.

Cerca de la hora de la profecía se escucharon las oraciones de cada una como señal suprema de su muerte y Dökany gritó al velo de la noche: “Toma mi fe, mi alma, mi esencia y arrójame al universo, alimenta a mi pueblo y sálvalo de la injusticia ”  soltando una patada.
Akram, con los ojos cerrados y los puños sangrantes recito al manto estelar: “Riega mi sangre por todos los mundo si en ello radica la paz, devora mi carne y dale de comer a mi pueblo de ella, si me amas no me traicionarás”.

La muerte se levantó de su asiento, justo cuando el tiempo marcaba el día 4952 y las dos guerreras cayeron respirando, los Dioses hablaron, mandaron ungirlas en vida y ceremoniarlas: “La profecía se cumplió, culminó con dos muertes que han de complementarse; una nos dará la sabiduría y el valor; la otra fortaleza y la energía solar… las dos han sacrificado su cuerpo para vivir por siempre en esta tierra que reclamaba un cambio”.

A mi me tocó ver cómo expiraron con una sonrisa en los labios, cerré sus ojos y comí la sal de sus pecados.
Su alma se desprendió de su cuerpo ligero como una pluma, pero aún caliente. Podría jurar que su corazón bombeaba sangre por inercia aun cuando ellas ya no vivieran.

Desde aquel día ellas son amas y doncellas de aquellas tierras, su memoria es honrada hasta hoy.

Erase una vez que sigue siendo…



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