Vestir el 94: estéticas políticas a 25 años del levantamiento zapatista
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Vestir el 94: estéticas políticas a 25 años del levantamiento zapatista

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Por: Eduardo LimC3n

1 de enero, 2019

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Por: Eduardo LimC3n

1 de enero, 2019

El primero de enero de 1994 apareció el EZLN en el panorama político de México; con él, las representaciones contraculturales de una generación.


Primer día del año y el país despertaba en 1994 con la noticia de que un llamado Ejército Zapatista de Liberación Nacional se levantaba en armas. Ellos, un colectivo de grupos civiles y comunidades originarias en busca de los derechos campesinos e indígenas, marcó las movilizaciones políticas de una era al sureste del país, pero también el pensamiento crítico y social de toda una generación. Ellos, hasta la fecha entendidos como un ente separado del nosotros.

Hablar de los años 90 en México, hoy que la nostalgia es tan gozoso elemento para el mercado y que nutre tantos aspectos de la vida popular en el mundo, suele cerrarse justamente a las necesidades publicitarias y las tendencias que obedecen a tal monetizada melancolía. Esto obstaculiza entendimientos y asume una sola mirada de los hechos; perspectiva que, quizá, ni siquiera resulte verdadera en dicha evocación.

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Se piensa en aquellos años bajo un halo de color rosa que impregnaba a toda la juventud con jeans Calvin Klein, floreados vestidos Guess, blusas de tinte lencero, camisas Hilfiger y chokers negros debajo de empalidecidos rostros con Maybelline; sin embargo, ¿ésa fue la realidad de México durante 1994? Tal vez esto haya permeado la adolescencia de muchos –sobre todo en determinadas regiones del país–, pero en definitiva no eran las circunstancias enteras del joven mexicano. No todos tuvimos la oportunidad de ser los 90210 de Ciudad Satélite o Baja California.

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México firmó en ese entonces el Tratado de Libre Comercio con Canadá y Estados unidos; un acto que develaba ante los ojos zapatistas una venta del país y que, entre otros factores, les motivó a tomar cinco cabeceras municipales de Chiapas bajo las demandas de trabajo, tierra, comida, salud, educación y democracia. Una revolución que el gobierno no lograba pacificar y que logró la mirada de cientos de miles de jóvenes en el país, universitarios o no, y procedentes tanto de la UNAM, el IPN, la UAM, la IBERO, así como de cualquier otra institución que promoviera el pensamiento reflexivo del Estado –Chapingo, ENAH, Preparatoria Popular Tacuba y otras–.

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En este escenario, la indumentaria de la juventud fue, como en cualquier momento de insurrección y hartazgo, un vehículo esencial para demostrar el pensamiento contestatario que les abrazaba. Banalizar o identificar como trivial este aspecto, es bloquear una ventana de clamores que no siempre se pudieron dar en el campo del conflicto, pero sí en el posicionamiento intelectual y sublevado tan urgente en ese entonces. Con el alzamiento zapatista y el subsecuente proceso de organización de estudiantes –artistas incluidos–, el apoyo para la detención de la ofensiva militar contra las comunidades rebeldes devino en una resistencia creativa plagada de conciertos, performances, muestras de teatro, cine y artes plásticas independientes.

La Moda, esencial en estos procesos ya sea como detonador de aceptaciones o rechazos de quién se es, dio paso a que los colores y cortes minimalistas, ultrapulcros y ofrecidos por el haute couture fueran rechazados por su antirrealidad sustancial, además de su evidente línea de poder y tradición neoliberal en cada hilado. Fue así que la estética “del Chopo”, marcada en mitines y conciertos liderados por Santa Sabina, La Maldita Vencidad, Los de Abajo, Caifanes y otros, se impregnaba de elementos contraculturales en eclecticismo, sobre todo que beneficiaran económicamente a confeccionistas anónimos y artesanales.

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Para cada evento, jeans fuera del normcore se hacían notar, así como prendas que se revitalizaban en oposición y de origen punk, chicano o gótico, playeras con el rostro de El Che, con el sub Marcos pintando dedo y con María Sabina quemando marihuana. Reapareció el suéter de Chiconcuac y la chamarra de jerga (#SorryMichaelKors) en señal de contracultura; y ni hablar del pasamontañas como signo de rebelión, las estrellas rojas sobre prendas verde militar o color negro, y los morrales o bordados alusivos a la Comandanta Ramona.

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Las blusas, camisas y joyería artesanales también resurgieron como elementos de reconocimiento a las diferencias y el trabajo en múltiples regiones, o haciendo alusión a diversas tradiciones, fechas políticas o demandas básicas de inclusión que necesitaban ser reivindicadas.

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Así sucedió la estética de un movimiento hasta atravesados1997 y 2003; años en que se dieron los asesinatos en Acteal, el deterioro de las condiciones internas para la organización del EZLN, la llegada del mismo ejército a la ciudad y el cese definitivo de diálogo con cualquier administración federal, y las condiciones generales cambiaron por completo la manera en que el joven revolucionario se vestía-identificaba. Aún cuando los signos permanecen, enfriaron su presencia tras décadas de lucha sin solución; las circunstancias económicas, culturales y de mercado (aparecieron las marcas de fast fashion, por ejemplo) hicieron que la revolución o dejara de vestirse o se pensara como algo secundario y banal en los procesos de resistencia.

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25 años después, tras el triunfo de López Obrador, a quien se opone el movimiento augurando la llegada de un nuevo pensamiento único –el amloista–, el EZLN rompe lazos con el nuevo gobierno y prefiere quedarse solo, fuera de la “gran revolución”, aunque esto repercuta en nuevas marginalidades o contracorrientes. ¿Qué sucederá entonces con el apoyo hacia ese ejército? ¿Qué pasa hoy con la visibilidad que le damos y cómo nos sumamos estéticamente a éste? Al final, todo ejercicio plástico y de representación que hagamos es una declaración política, pero ¿estamos dispuestos en 2019 a prestarles atención más allá de un bien propio o de una “vacua” necesidad primera?


Referencias: