Hábitos de belleza extraños e inútiles a lo largo de la historia
Moda

Hábitos de belleza extraños e inútiles a lo largo de la historia

Avatar of Diana Garrido

Por: Diana Garrido

24 de enero, 2019

Moda Hábitos de belleza extraños e inútiles a lo largo de la historia
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Por: Diana Garrido

24 de enero, 2019

Si supieran que todo eso que hacían por verse bien no funcionaba realmente...


Si crees que sufres por las plastas de maquillaje que tienes que ponerte cada día o los tratamientos dolorosos y constantes a los que sometes a tu piel (llámese depilación, exfoliación o cualquiera que se te ocurra), es porque no conoces algunos métodos de belleza que usaban en la antigüedad.

No todo era “diversión” como la mezcla de miel y leche que usaba Cleopatra. Había momentos en los que era mucho mejor no seguir con los estándares de belleza, porque elegir el camino de la divinidad implicaba sufrimiento.

Estos hábitos de belleza solían tener un resultado medianamente positivo y, en muchos casos, nulo. Pero es cierto que el proceso era una tortura a la que se sometían los valientes y aquellos que deseaban en verdad pertenecer a ese selecto grupo de personas, capaces de deslumbrar con su sola presencia. Conócelos y agradece que no son útiles o que tenemos alternativas completamente nuevas y —comparadas con ellos— sin dolor.  

Las mujeres exaltaban sus venas

Entre más pálida fuera la piel, más ventajas tenía. Era una forma de marcar el estatus en la sociedad del Siglo XVII, ya que diferenciaba a la aristocracia de los trabajadores que pasaban la mayor parte del tiempo expuestos al sol. Las mujeres de alcurnia solían exponer su pecho (principalmente) a temperaturas altas para que se notaran las venas y, si acaso no lo conseguían, las pintaban con acuarela. 

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Modificaciones craneales

En la antigua sociedad maya veían como sinónimo de belleza las cabezas deformes. Así que, cada que nacía un bebé aplastaban su cabeza a una tabla –principalmente esto se practicaba con niñas– ya que eso les aseguraba una vida próspera, gracias a su belleza única.

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Quitarse cejas y pestañas

En la Edad Media las mujeres que dejaban ver sus largas pestañas y sus torneadas cejas eran consideradas prostitutas. Por ello, las chicas que buscaban un esposo o que eran parte de la corte de la reina, solían llevarlas muy cortas o las retiraban por completo. Arrancaban una a una, lo que significaba un dolor extremo y, en ocasiones, sangre e infecciones.

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Dientes negros

Hasta el Siglo XIX, las mujeres niponas que contraían matrimonio pintaban su dentadura de color negro para demostrar que estaban listas para casarse... por ello se reían tapando su boca con discreción. Una vez que se casaban, despintaban sus dientes, pero la costumbre de reír con la mano en la boca se les quedó para demostrar su inocencia y lealtad.

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Frentes amplias. Muy, muy amplias

Las mujeres del renacimiento solían retirar los cabellos del nacimiento de su melena rasurando o arrancando uno a uno para hacer más amplia su frente y así demostrar su estatus. La mayoría tenía el pelo rubio y solía ser largo, pero lo recogían para que luciera corto y elegante.

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Piercings en los genitales

Por un tiempo durante la era victoriana, las mujeres perforaban sos pezones y unían la joyería con una cadena. Por otro lado, los caballeros hacían un piercing en la cabeza del pene para facilitar el uso de los pantalones ajustados. A ésta última se le conoce como “Príncipe Albert”, ya que el monarca la usaba. Se exhibían y solían cuidarlas más que otras partes del cuerpo. La costumbre se terminó rápido por el dolor que provocaba.

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Adiós al vello púbico

Cuando los colonos europeos llegaron a América se sorprendieron ante las dolorosas prácticas de belleza de las mujeres de la zona. Una de ellas era arrancar los vellos del cuerpo, en especial de la zona genital, y lo hacían con una extraña mezcla de hierbas y aceites que lo hacían mucho más rápido, pero doloroso, de modo que quedaban con la piel lisa y tersa en cuestión de segundos.

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Cejas móviles

En China, las cejas son una de las las características principales de las mujeres, por lo que suelen cambiar según la temporada. Pero en la antigüedad lo eran aún más. A veces, las puntiagudas eran la tendencia, otro tiempo eran cortas y altas en señal de tristeza o dolor, y en otros días se usaban largas y arqueadas. Las pintaban con grasa negra, azul o verde, y eran algo tóxicas para la piel, por lo que comenzaban a destruir la dermis de alrededor con el paso de los años.

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Unicejas sensuales

Para los griegos, tener una sola ceja era señal de belleza. Las mujeres que no tenían suficiente vello facial para tener una natural aplicaban pigmentos que con el paso de los años se impregnaban permanentemente en su piel. De igual forma, se adherían pelo de animales y, evidentemente, esto lastimaba su dermis afectando su salud.

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Dientes pequeños

En el Renacimiento las mujeres limaban su dentadura día con día hasta tenerlos parejos y muy cortos. Los dolores eran inmensos, pero ellas preferían el sufrimiento a la fealdad. A veces, los rebajaban tanto que creaban una separación entre los superiores y los inferiores. Esto no les permitía comer bien y se lastimaban la estructura ósea.

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El corsé que deformaba

En la Era Eduardiana la mayoría de la mujeres pretendía tener una cintura marcada, unos glúteos más pronunciados y caderas anchas. Por ello usaban un corsé que no sólo disminuía el tamaño de la cintura, sino que deformaba toda la espalda arqueándola, provocando lesiones severas y dolores compulsivos.

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Labios frondosos

En Grecia no conseguían labios muy gruesos de manera natural, así que picaban con espinas alrededor de ellos y en el centro para hacerlos sangrar y mantenerlos hinchados y rojos una parte del día. En casos extremos, recurrían a las picaduras de abejas para pronunciar el volumen.

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Gracias a este tipo de torturas, muchas mujeres creían que podían tener la vida eterna o lucir jóvenes por mucho tiempo; sin embargo, ahora que conocemos su poca efectividad o lo agotador del proceso, es mejor que usemos esos otros tratamientos que lentamente se hicieron parte de nuestro entorno y que no lastiman como aquellos hábitos.

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