Los momentos más sexistas en la historia de la moda y sus consecuencias actuales
Moda

Los momentos más sexistas en la historia de la moda y sus consecuencias actuales

Avatar of Alejandro I. López

Por: Alejandro I. López

12 de diciembre, 2016

Moda Los momentos más sexistas en la historia de la moda y sus consecuencias actuales
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Por: Alejandro I. López

12 de diciembre, 2016



Todo el mundo comprende la diferencia entre las prendas masculinas y femeninas. Aún sin las enormes letras fluorescentes de los almacenes que indican qué sección pertenece a cada sexo, incluso sin mirar en la diferencia de tallas, modelos, cortes y texturas, existe una característica como ninguna otra que identifica esencialmente la moda diseñada para hombres de la pensada para mujeres: las bolsas.

No hay mujer que alguna vez no se haya preguntado por qué los bolsillos de su chamarra son tan pequeños, cuál es el objetivo de un pantalón con costuras simulando bolsas o por qué nunca podrá cargar su teléfono celular, llaves y algo más que un par de monedas sin la necesidad de llevar las manos ocupadas o un bolso extra. El enigma se repite en cada prenda, remache y acabado que confirma lo pensado con anterioridad. Los bolsillos no ocupan ningún sitio prioritario en la moda femenina y siempre que se pueda, la elección de diseñadores y firmas de todo tipo es eliminarlos.

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El significado de la diferencia del diseño según el género bien podría ser resumido en las palabras de Cristian Dior: "Los hombres tienen bolsas para llevar objetos consigo, las mujeres por decoración"; no obstante, es imperativo buscar en la historia de la moda y su nexo indivisible con la sociedad, la causa real de tal invención.

En el siglo XVII, cuando los avances en los telares auguraban el desarrollo técnico que trajo consigo la Revolución Industrial, los vestidos usados comúnmente en Europa poseían una gran bolsa a la altura de la cadera, invisible por la amplitud de la campana del corte. Algunos de ellos eran bordados cuidadosamente y tenían un sello personal, pues podían llevarse de vestido a vestido. 

Cien años más tarde, el auge tecnológico en la producción de prendas propició el primer gran cambio en la moda. La vida en las grandes urbes se definió a partir de la acumulación originaria de capital y la separación del productor con su producto estableció el régimen definitivo de trabajo asalariado. Las fábricas se constituyeron en la unidad productiva por antonomasia, no sólo de mercancías, sino de toda la vida material. 

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Por primera vez en la historia, la ropa debió adquirir un espíritu utilitario especialmente diseñado para satisfacer las necesidades del trabajo duro en las fábricas. Una división social del trabajo en géneros impulsó los principios de los roles sexuales de la actualidad e influyó en la producción del sustento material del vestido. Así nacieron los pantalones de mezclilla, los overoles y las camisolas de trabajo (utilizados mayoritariamente por los hombres, con la única excepción de las mujeres trabajadoras). Los pantalones y las camisas de los hombres mantuvieron los bolsillos del siglo anterior y añadieron nuevos y de distintos tamaños, mientras los vestidos femeninos se hicieron rectos y con ello, los bolsos desaparecieron. 

La tendencia continuó con la llegada de los sacos y trajes de vestir, en contraposición a los vestidos neoclásicos y victorianos. La revolución de la moda que inició con fines utilitarios y de trabajo, se posicionó como tendencia en la ropa de la clase alta. El papel subordinado de la mujer, concebía innecesario un vestido con bolsillos y compartimentos, pues se consideraba que la mujer debía dedicarse a las labores de casa y no tenía algún instrumento necesario, ni siquiera algo qué ocultar, en contraposición con la figura del hombre que utilizaba herramientas y llevaba consigo dinero. A la mujer le debían sobrar las manos para llevar todo cuanto necesitara.

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El siglo XIX encontró una solución análoga a los extintos bolsillos femeninos y retomó las alforjas, un objeto tan útil como antiguo, que 
proliferaron desde el Medievo; una herramienta útil para los siervos, artesanos y pequeños comerciantes que después hicieron de ellas su medio de subsistencia para comerciar en ferias de pueblo. El principio de un utensilio capaz de almacenar objetos para su transporte irrumpió en el mundo de la moda y los bolsillos se trasladaron al exterior del vestido, ahora en la mano, colgando de un hombro o atravesando diagonalmente el tren superior del cuerpo.

La industria de la moda mantuvo el mismo patrón ante la proliferación de los bolsos de mano y las carteras, con especial énfasis en los accesorios femeninos. Hoy es un indispensable para toda mujer y su tamaño aumentó ostensiblemente la cantidad de objetos que cualquier fémina puede cargar consigo durante el día. 

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El principio detrás del olvido de las bolsas en la moda femenina recae en el binomio utilidad-belleza que anticipaba Dior; sin embargo, en tal concepción se esconde un principio sexista que coloca al género masculino en una categoría de trabajo, mediación del hombre con la naturaleza y su transformación como acto vital, mientras denigra a la mujer a una empresa puramente estética, incapaz de intervenir en el curso del presente con las herramientas tanto simbólicas como reales; un engrane, la ciencia, el motor de combustión, una llave o un discurso político con que cuenta la especie humana para modificar la realidad.

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Conoce la transformación del vestido desde otro punto de vista después de conocer las "Razones por las que la moda dejó de ser arte para saciar a una sociedad ingenua". ¿Qué es lo que realmente se compra cuando se espera por meses un diseño exclusivo? Averigua cuál es "El verdadero lujo de la moda que nunca podrás pagar".











Referencias: