Vestir la revolución: Moda y estéticas políticas en 1968

1968 fue un año en que el mundo coincidió en un mismo pensar. Definitivo. Pero más allá de los mitines y oratorias que reconocemos de la época, la ropa que entonces se utilizaba lo dijo todo.

«La moda es parte del aire diario y éste cambia todo el tiempo, con todos los eventos. Incluso se puede ver el acercamiento de una revolución en la ropa. Puedes ver y sentir todo en la ropa». 

Diana Vreeland, una de las más reconocidas e importantes editoras de moda en el mundo dijo esto en completo análisis de su época –misma en que dirigió Vogue US (1963-1971)–, pero sobre todo de la relevancia que ha tenido siempre el vestir durante los procesos más duros de la historia. Las políticas, los cambios sociales, la reinvención geográfica del mundo; todo se hace evidente en la forma en que vestimos.

Para su campaña Pre-Fall 2018, a principios de este mismo año, Gucci mostró una serie de fotografías y minifilms bajo el concepto #GucciDansLesRues (Gucci en las calles), retomando la estética y la historicidad del París en mayo de 1968. Un punto ideológico-espacial caracterizado por la rabia juvenil ante el capitalismo, el consumismo imperante y el tan llamado Imperialismo Americano; un momento de movilizaciones tan importante, que sin éste y el resto de las primaveras en otros países ese mismo año, el mundo no sería lo que es hoy. 

En imagen, contamos con la presencia de modelos que evocan tanto a las protestas estudiantiles como a las renovaciones plásticas en la indumentaria del inconforme, del insurrecto. Claro, muy a la mirada de Alessandro Michele (Director creativo de la firma) y Glen Luchford (director y fotógrafo de moda).

Muchos tildaron de superfluo este esfuerzo visual. De insulso o gratuito. Y tal vez sí. Pero en dicha y supuesta banalización del no-soportar-más, del dolor y la lucha que significó sublevarse, la campaña de Gucci fue oportunísima. Nos recordó que, en efecto, la mirada romántica del pasado nubla las realidades, que su revisionismo se queda chato frente a los principios y visibilidades que se reclamaron en aquel entonces, pero también obvió que las luchas se han desdibujado y que la moda es esencial en sus procesos. Muy al contrario de lo que suele hoy pensarse.

De todas las primaveras que inundaron al planeta durante el 68 –Checoslovaquia, España, la misma Francia y México–, destaca el análisis de indumentaria y renovación de guardarropa en los protestantes. Un elemento para nada desdeñable y para nada vacío en los movimientos de la juventud.

Tomando el caso ilustre de México y lo que devino en la Matanza de Tlatelolco, el Archivo Gustavo Casasola –un acervo sumamente importante aunque reconocido en su mayoría por documentos fotográficos de la Revolución mexicana– guarda una imagen que evidencia la unión indisociable entre moda y política durante estas protestas.

«Para usar midi hay que ser midi-ocre». Frase que reta a la tradición, que da contrarespuesta a los frenos de una revolución sexual, que redirecciona los “permisos” del cuerpo frente a una moral cristiana y que hace evidentes las imposiciones que ya no cabían más en la mente de una generación.

No es nada accidental que la moda de los 60 –específicamente de 1968– haya sido como la conocemos. Los colores y los cortes clásicos impuestos por grandes marcas de alta costura fueron rechazados por su antigüedad sustancial, sí, pero sobre todo porque representaban el poder y la tradición que padres y gobernantes solían ejercer; sólo aquellas etiquetas que entendieron la revolución y aprendieron a abrazar el concepto del ready-to-wear, sobrevivían.

Asimismo, la proliferación de colores y texturas que evocaban influencias lejanas de Occidente, la innovación estética por medio del látex y cortes que descubrían al cuerpo, los estampados y gráficos que mejor transmitían los ideales de libertad y paz, además de los cortes de cabello que rompían con la estratagema de los géneros o las expectativas de sexualidad, fueron sólo algunos de los elementos más generales y obvios que dieron rostro a la época.

Las minifaldas, los collares de tinte ritual, los escotes, las siluetas simples, los peinados prácticos, las prendas fuera de pretensión; nada de eso fue una decisión desmedida o una acción sin propósitos políticos. Incluso la parafernalia de los Juegos Olímpicos en México ’68 fue sede de un elemento estético tan simple, que parecía tan inofensivo como portar un guante negro, pero que se convirtió en el levantamiento de un puño Black Panther frente a todo el mundo contra el racismo en EE.UU.

La pregunta es ¿seguimos alzando la voz? ¿La Moda sigue entendiéndose como un vehículo para nuestros principios ideológicos, filosóficos, artísticos y demás? ¿Nuestra indumentaria ha perdido ese mensaje o es que hemos perdido la capacidad de hilar nuestro pensamiento con la manera en que aparecemos? ¿Seguiremos desproveyendo al clóset de su verdadera valía?

La revolución se mantiene, las luchas deben ser constantes –pues de lo contrario, se pudren–, pero sin Gucci o con cualquier otra marca que enmiele la historia, ¿somos aptos para identificar el momento en que vivimos y los cambios que estamos generando en la vestimenta? Si somos incapaces de advertir y contrarrestar los paroxismos del armario ramplón, si el ingenio no nos da para resemantizar nuestra indumentaria: el asunto está perdido. No podemos escudarnos en el discurso de la resistencia sin la más mínima acción, sea cual sea nuestra trinchera.