Moda y Lesbianismo: 8 momentos queer que marcaron la historia del vestido
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Moda y Lesbianismo: 8 momentos queer que marcaron la historia del vestido

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Por: Eduardo LimC3n

11 de enero, 2019

Moda Moda y Lesbianismo: 8 momentos queer que marcaron la historia del vestido
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Por: Eduardo LimC3n

11 de enero, 2019

Desde las Señoritas de Llangollen hasta Ruby Rose, la manera en que se entiende y consume moda ha cambiado gracias a la comunidad lésbica. ¿Sabes cómo?

Cómo se ve una lesbiana y qué miramos cuando se mira a una. 

Esta pregunta, más que una búsqueda por la estereotipación o lo que pudiera entenderse como una afrenta a la identidad, es la genuina y oportuna reflexión de los símbolos que conforman a una mujer homosexual en sentido político. Si al responder cabe en la mente una figura femenina con prendas de franela, jeans rectos, botas industriales y un corte de pelo boyish, no es que se esté construyendo una caricatura del aparecer lésbico, ni que se esté normalizando un cliché de las mujeres no-heterosexuales. Si se entiende así, es porque hemos perdido de vista el marco en que nació esta representación y las posibilidades de poder que ha obtenido su performance.

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Si bien no podemos pensar que todas las lesbianas tienen este mismo canon de apariencia, tampoco se puede –o debe– omitir la fuerza y relevancia que tiene este prototipo. Es decir, si tomamos una vieja fotografía de los bares lésbicos en que convivían y refugiaban mujeres homosexuales de los años 50, en las cuales suelen aparecer parejas de mujeres femme –lesbianas de iconografía femenina– y butch –lesbianas de apariencia ultramasculina–, hoy es imposible que muchas mujeres gay se sientan identificadas. Sin embargo, ese rol gráfico sigue siendo distintivo de una comunidad que ha buscado sus propias tendencias e ideales de belleza fuera del mainstream heterosexual, no renunciando al género binario, sino valiéndose de su exacerbación o sátira para visibilizarse en un mundo straight.

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Entonces, la apropiación de lo varonil en esta historia contada desde el cuerpo masculino y sus privilegios socio-espaciales, no es el subyugo a la heteronormatividad del ejercicio sexual –y por tanto social– del ser humano, sino una mixtura queer que abrió puertas sin explorar para la participación de las lesbianas en sociedad: la liberación del género durante el Siglo XX y la evolución de la indumentaria femenina. 

Moda y lesbianismo se han acompañado claramente desde finales de los 1700, nutriéndose en reciprocidad y enriqueciéndose en contenido; para ganar visibilidad, sí, pero sobre todo para apropiarse de aquello que intentó derribarle. Ironía, burla y usurpación convertidas en statement del vestido.

Los momentos clave para este camino fueron los siguientes.

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La radicalidad de las mujeres al final del Siglo XVIII, vistiendo “masculinamente” y demostrando su amorosa amistad con otras congéneres en la vida de hogar, hizo que el travestismo de esa época diera inicio, sí a una persecución, pero también a una respuesta de cómo debían verse las mujeres en sociedad (fueran lesbianas o no). 

El caso de las Señoritas de Llangollen es ejemplar; Eleanor Butler y Sarah Ponsonby fueron una pareja de aristócratas angloirlandesas, cuya relación fue un revuelo histórico del lesbianismo y del guardarropa fuera del canon femenino. Prendas híbridas –tendientes a lo masculino– y un sartorial exquisito, fueron la representación de la vida educada, poderosa y de alta cultura que ambas deseaban proyectar.

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A principios de Siglo XIX, Anne Lister fue una terrateniente y escritora de Yorkshire bastante conocida por su intelecto, su tenacidad industrial y su estilo al andar. Vistió siempre a la última moda masculina del Reino Unido, siendo incluso un ejemplo a seguir de lo que significaba sofisticación y sensualidad “otra” en las calles. 

De entre todas sus decisiones de armario, se ha identificado en diversos análisis que su actuar se enfocaba en la apropiación del rol social que gozaban los hombres de su tiempo, en vez de un deseo transgénero.

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Radclyffe Hall, una de las más reconocidas escritoras británicas de 1900, fue también una escandalosa contestataria al rol de la mujer que se presentaba a sí misma delicada, sumisa y frágil; su perspectiva extremadamente hombruna del vestir fue génesis de una suerte de dandismo en las inglesas que vivieron las consecuencias de la Revolución Industrial. Un evento que hasta el momento se identificaba sólo entre hombres burgueses. 

Ella, junto con otros sucesos de aquella historia lejana, fue una de las precursoras para que el género femenino vistiera de manera suelta, sin brocados ni encajes, y capaz de generar un modus vivendi a manera de fashion celebrity.

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En los años 20, 30 y 40 aparecieron dos mujeres que dieron vuelta a los ejemplos antes dados: Natalie Clifford-Barney y Una Troubridge. La primera, poeta y novelista norteamericana que conjugaba su abierta homosexualidad con un vestido ni femenino ni masculino, sino que atendiendo a la época y sus revoluciones estéticas, experimentaba con la hibridación de elementos de género hasta crear de sí una figura única. 

La segunda, escultora renombrada y pareja sentimental de Radclyffe Hall, mientras vestía con elementos femeninos del período, también mostraba cortes de pelo, accesorios y maquillajes que pretendían lo artístico y vanguardista. Así, estas dos mujeres son precursoras del género indescifrable y no-binario que perseguimos hoy.

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Otro momento clave sin una protagonista definida o de exclusiva representación, fue el de posguerra en Estados Unidos de América y el nacimiento simultáneo de un espacio lésbico y sus habitantes: los bares gay y las lesbianas butch y femme –que ya mencionamos antes–. 

Este episodio es ampliamente criticado por ciertos grupos feministas, al acusar a estas mujeres de imitar un sistema de relaciones heterosexuales o de expectativas patriarcales. Válido; sin embargo, con esta lectura se puede perder de vista que esos pantalones a la cintura, prominentes tirantes, camisas abotonadas, pelo corto peinado con brillantina y botas o zapatos de trabajo en el armario de las lesbianas butch, fueron también una herramienta de radical visibilización como mujeres de la clase trabajadora, capaces de un desempeño físico e intelectual como cualquier otro ser humano, así como de evidente predilección por relaciones sexo-afectivas con otras mujeres –costara lo que costara–. 

El dresscode de las mujeres profesionistas o de oficio se modificaba desde un horizonte sexual que nunca se imaginó.

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En los 70 también pudimos ver esa misma línea de cambio, sólo que ahora en un sentido mucho más académico y de protesta política en contra de los privilegios intelectuales que gozaba el sexo masculino. 

El feminismo se unía al lesbianismo y sus ejercicios de representación se alineaban a una agenda de liberaciones del cuerpo, del género y del hogar. Pantalones sueltos, ausencia de bras, playeras simples, cabelleras poco rebuscadas, maquillaje nulo y comodidad en el calzado se convirtieron en el uniforme de la época y, a través de los años, la inspiración que hoy se tiene al hablar de women power en la moda.

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De los 90 a los 2000, la imagen de las lesbianas se insertó en el mainstream del espectáculo y, paulatinamente, se convirtió en un producto de morbo o excentricidad que no desafiaba a la sociedad heteronormada, sino que le divertía e incluso excitaba. 

Y aunque esto significó un bache y la necesidad de una pronta respuesta por parte de la comunidad, abrió las puertas para que las lesbianas que cerraban el Siglo XX desarrollaran un estilo sobre todo urbano o smart casual que combinara códigos del lesbianismo histórico y la masculinidad con la moda contemporánea. Ellen Degeneres quizá sea el resultado más popular para dar ejemplo de este proceso.

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Aunque los teóricos y críticos del Queer acusaron en su momento a estas chic lesbians de esconderse tras un velo de códigos heterosexuales, de prestarse para una industria del cine y el porno que satisfacía a otros sectores que no necesariamente eran los suyos, esto propició a que con la aparición de The L Word y otras series posteriores al 2010, personajes como Katherine Moenning, Ruby Rose, Laura Prepon y Brigette Lundy-Paine arrojaran luz no sólo a la diversificación de la moda femenina o lésbica, sino a la fluidez que ésta puede adquirir en cualquier género: cómo sus significantes de subcultura pueden permear efectivamente al mainstream.

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Pensemos hoy, con el antecedente de mujeres como Greta Garbo, Marlene Dietrich y la izquierda intelectual de mediados de Siglo XX, cómo al tomar una revista de moda, sus apropiaciones y diversificaciones de lo masculino con sentido lesbo-feminista se hacen latentes en la cultura de masas; no para rendirle culto a lo masculino, no para perderse del radar, sino para mostrarse como una rebelión y dejar en claro que se está aquí. ¿Quizás como mensaje de que no se busca ser atractiva para los hombres? ¿De que la masculinidad es un amaneramiento adoptable por cualquiera, sin que esto signifique violentar a terceros? ¿De que no podemos renunciar a códigos que aún ordenan al mundo? ¿De que el estilo es política tangible?

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Sea cual sea la intención, se le inyecte de moralidad a sus persecuciones contestatarias o no, la moda tocada por la comunidad lésbica ha modificado lo que hoy entendemos como femenino o masculino al vestir, y ha subvertido los cajones ideológicos tanto de diseñadores como de stylists y compradores en todo el mundo. Ha sentado las bases, generación tras generación, para que las tendencias sean permeables y den continuidad a las liberaciones de la mujer, el sexo y la expresión de cualquier cuerpo. No sólo del femenino.