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Coldplay y la noche que no se irá jamás

Música Coldplay y la noche que no se irá jamás



El boleto te dice a las siete, el chisme a las ocho, llegas desde las doce. Te recibe el foro, con el sol bien puesto. Esperas afuera. El ingenio del mexicano improvisa guaridas con paredes de acero, de metro de alto. Techos compuestos de bolsas negras. Los cuartos son largos, demasiado angostos. No existe intimidad, puedes ver las buenas y malas mañas de tu vecino. -Lleve su paleta de hielo, limón, grosella o tamarindo-. Pizzas, banderillas y alitas, para distraer el hambre y exaltar las ansias. Esperas sentado, con las nalgas dormidas. Los labios secos y el ánimo rígido. Te da la una, las dos y a duras penas las tres. El espacio de tu estancia apenas te permite estirar las piernas. Los barrotes que simulan paredes, te parten la espalda. El tiempo hace su chamba y marcha al compás que quiere, el de siempre. No se permite el acceso con cámaras profesionales o semiprofesionales. No entran alimentos ni bebidas. Las cajetillas de cigarros deben estar cerradas con el celofán intacto o se van a la basura. -Nos van a meter a las cuatro y media-, grita mi vecina la regia, sin que nadie le pregunte. Falta una hora, el sol no baja y se cuela por los resquicios de tu techo de plástico para golpearte la piel.

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No tomas agua para no tener que ir al baño y perder tu sitio, que es bueno, muy bueno. Papás, mamás, niños, niñas, fresas, nacos, ñoños, blancos, güeros, negros y tuneados. Poblanos, veracruzanos, ticos, hondureños, coahuilenses, queretanos, del Pedregal y de Iztapalapa. Todo y nada en común. Las nubes llegan en estampida y las cosas mejoran cuando todos se paran. Minutos para las cuatro y puedes sentir que comenzarán a ingresarte. La espalda rota, las piernas duras, las manos sucias pero el corazón exaltado. Comienza el acceso y todos nos unimos en un grito. Grupos de cien, de a ochenta. Estas entre el quinientos y el seiscientos, para eso te da el cálculo. El domingo se ha vuelto números, tiempo, espera. Llegas a la reja, escanean tu boleto, alzas los brazos y te toquetean todo, de pies a cabeza, entre las piernas. -Alce los brazos joven, mujeres de este lado, hombres de este lado-. -La pulsera se regresa al final del evento. Sin correr, por favor. No empujen-. Indicaciones con o sin importancia, depende de como lo tomes. Tu grupo avanza a pasos chicos, a gritos eufóricos. El circuito de carreras del Foro resguarda a miles de almas. Unos güeyes de azul hacen una vaya humana. -No mamen, mi boleto dice acceso G- , el mío es B. Nos meten a todos por el A. Para estas alturas, General A y B no importan, todos van a la suerte, la moneda va al aire. Los gueyes que nos impiden el paso al fin se quitan y todos corren. La lógica para elegir lugar es calcular distancia por la cercanía, entre la altura del tipo de enfrente. El resultado me da quince metros, del escenario a mis pies. ¿Y ahora qué? Nada nuevo, más tiempo, más cálculos y espera. El sol está pero no le permiten tocarte. Las nubes hacen su chamba. Un problema menos en que pensar mientras la espalda baja, el pie plano y el cuello se joden mas y mas. El hambre vibra en las entrañas de los intestinos y la sed te parte los labios. Faltan minutos para las cinco y en el mejor de los casos, hora y media para que Sariñana salga a enseñar que son negros.

Bastan cinco minutos en nuestro sitio para que una señora de caderas anchas y pliegues de piel por doquier, se sofoque con el apretujamiento de cuerpos y olores. Tira la toalla y nos encarga a la hija de diecisiete, que puedo jurar, jamás tendrá el cuerpo basto de la madre, a menos que los carbohidratos se le amontonen entre la piel y el hueso. Dan las cinco y un güey que no veo por ningún lado, habla por las enormes bocinas para decirnos que hacer y que no hacer en caso de emergencia. "No vuelvas hacia atrás". Me dice, nos dice. El tiempo sigue. Te inclinas al frente, a un lado, al otro. Alzas las manos para buscar refrescar al menos una parte de ti. Te alzas en puntas y giras el cuello. Mueves tus músculos para no entumecerte. Los movimientos que a las dos funcionaban, a las cinco y media ya no alivian, pero entretienen. De repente, Chris surca el escenario montado en bicicleta, todos enloquecemos.

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Alivio instantáneo, al menos ya lo vimos. Dan las seis y el tipo habla de nuevo sobre las buenas y malas ideas en caso de emergencia. Minuto a minuto las molestias físicas aumentan a la par de la impaciencia. Quince para las siete, sale Ximena, hace lo suyo, pero coreamos a “Nacho”, su guitarrista. El staff se pasea, conectando y desconectando cables. Poniendo y quitando instrumentos. El cura Hidalgo hace prueba de sonido y el foro le aclama. La morra de diecisiete huacarea por segunda vez pero no se mueve, se aferra a su sitio. El tiempo comienza a correr más veloz, dan siete y cuarto. Sale al escenario una joven negra, saluda, se presenta y nos muestra que trae talento de sobra. Su presencia aliviana la espera. Lo que más importa es que su llegada vaticina que el momento está cerca, muy cerca. Lianne La Havas se gana al foro, se lleva el aplauso sincero. El escenario vuelve a quedar vacío. Son más de las ocho. El cuerpo ya no es, esta por estar. Siento las agujetas desamarradas pero es imposible agacharse y atarlas. El foro se vuelve un campo de concentración. Sesenta mil almas, sesenta mil cuerpos, sesenta mil esencias cosiéndose a fuego muy lento. Alzar los brazos es rozar los brazos húmedos del vecino, mezclar sudor con sudor. De vez en cuando una breve marea de viento fresco nos acaricia el rostro. No es mucho pero alcanza. Sofocados, adoloridos, entumecidos, cansados, sedientos y hambrientos. No faltan los abusados que buscan meterse entre el acoplamiento de cuerpos, creando caos y recordatorios de madres.

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Ocho veinticinco y el foro se apaga. Todos sabemos lo que significa. Las sesenta mil voces se hacen una y la energía se libera. Una corriente eléctrica te recorre de pies a cabeza, pasando por cada milímetro. Ya no existe el cansancio ni el hambre. El dolor se ha ido y el cuerpo se regenera. Una ópera funge como intro. ¿Después? Bueno, lo que pasó después se resume como cielo e infierno a la vez. Una cabeza lleno de sueños se hace material. A head full of dreams es el canto que libera los colores, la música, la magia. Las pulseras y el corazón se encienden. Una voz compuesta de miles de gargantas. Una noche que no se irá jamás.

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