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Héroes del Silencio: la banda que despertó a España después de la dictadura

14 de febrero de 2018

Alder Hugo Corona Amador.
Silencio, he oído una voz
es posible que alguien se acuerde de mí
no puedo, trágica luz
Siento tus ojos ocultos
en nombres, tantos nombres.

"No más lágrimas" (1989), canción incluida en El mar no cesa



¿Es posible entender a una sociedad? Desde el ángulo en que lo mire me parece tarea titánica, adentrarse en los sentimientos de un determinado momento histórico requiere de una investigación estricta. Rastrear los orígenes de las huellas sobrevivientes al tiempo es como querer sumergirse en los campos de concentración de Auschwitz y percibir el miedo del pueblo francés durante la ocupación nazi. ¿Es posible reproducir un momento a partir de materiales de estudio? Si no lo es, esto no nos ha detenido. Parte de la experiencia humana es el sueño de ser recordado, para eso escribimos libros, aprendimos a dibujar o componemos canciones. Si el humano es mortal, el individuo no lo es en su totalidad, por lo menos, no la fracción que corresponden a nuestras ideas, porque no dependen de un cuerpo que se deteriore, sólo requieren de una voz y alguien dispuesto a escuchar. Cuando los sueños se apoderan del deseo suceden cosas improbables, como que un grupo de muchachos vayan al lomo de una ola cargados con el empeño de una sociedad salida de la sombra. Si cosas tan inciertas ocurren, los mismos jóvenes podrían aspirar a títulos más nobles, porque si la muchedumbre aclama a unos cuantos y en el unísono voto espiritual los eligen como delegados de la frustración convertida en el manifiesto más puro del rock en español, la transmutación se completa. La ceremonia de iniciación es un concierto, el templo un foro masivo y el rezo un canto insolente al ritmo de una banda; los chicos se convierten así en héroes y donde reinaba el silencio del absolutismo hay 10 mil jóvenes que recitan una letra enigmática: “En sus ojos apagados / hay un eterno castigo, / el héroe de leyenda / pertenece al sueño / de un destino”.


Todo es una historia, nosotros somos una historia masiva en cuyo interior hay millones de otras más pequeñas, brillantes y apasionadas, que se esparcen por el universo y se conectan. Esta es una historia más de entre tantas, pero es totalmente cierta. Es sobre la imposibilidad, el ímpetu de un país que quería seguir adelante y los muchachos que le dieron forma a una multitud que en ellos encontró la libertad. Es la historia de cuatro chavales en una aventura mística, premonitorios, fanfarrones, al borde de un abismo inexplorado en su idioma. Los artífices de una ecuación que trajo la brujería del rock a España. En específico, a Zaragoza, como lo describe Labordeta en su canción “Aragón”: "Polvo, tierra, viento y sol, y donde hay agua, una huerta", donde soplan el ventarrón y el valor del agua es mayor porque la ciudad está en medio de dos desiertos: el de los Monegros y el de las Bardenas. Donde dicen los locales que sólo hay dos estaciones: invierno e infierno. La provincia en que, según nos confiesa el escritor Raúl Sensato, las condiciones hacen del Zaragozano un individuo diferente al que se pudiera encontrar en algún otro de los antiguos reinos de la península Ibérica, en la que se vuelve realidad el lema neoyorquino: “Si lo logras aquí, lo lograrás donde sea”. Donde en 1984 hubo un festival de tres días completos de nombre “Feria de las muestras”, en cuyo repertorio no figuró ningún grupo destacable, tan sólo un montón de números improvisados por adolescentes ávidos de pesetas y una cerveza. 50 grupos locales y seis invitados completaron el cartel de un fin de semana, en efectos prácticos, “La feria de las muestras” fue un descalabro en aquel momento. La historia le traería a la experiencia un sitio excepcional, pues en su escenario tropezarían las vías erráticas de cuatro músicos aficionados.



Pedro Andreu se mantuvo entre el público, era miembro de “Los modos” y “Punto débil”, un par de bandas de bajo perfil, durante la realización del festival estuvo en calidad de asistencia; Joaquín Cardiel se presentó con Edición fría y Tres de ellos; Juan Valdivia militaba como guitarrista de Zumo de Vidrio; finalmente, Enrique Ortiz de Landázuri estaba en Proceso entrópico” No tocaron juntos, no en ese momento, el destino se limitó a hacerlos coincidir y ellos a conversar, de su futuro, sus objetivos, uno que otro anhelo. Valdivia no resistió el impulso e invitó a Ortiz de Landázuri a unirse a su banda, en algunos de los ensayos lo escuchó cantar, arrogante, en un tono cavernoso, de sus labios brotaba un tema de David Bowie y en Juan despertó una idea: “Ah, ¿pero tíu cantas?”, le dijo para iniciar la carrera contra el riesgo de la adultez; antes de caer en los hábitos del hombre maduro sintió la necesidad de descubrir lo que había dentro de él, de experimentar su juventud a través de la letra y la música.


Durante la Apertura Paralela de la Universidad de Zaragoza debutó el recién descubierto vocalista de “Zumo de Vidrio”, se exhibió con su cabellera teñida de rosa, entregado completamente a su jactancia rockera, aspiraba a ser un vampiro. Por primera vez se escuchan los temas “Olvidado” y “Héroe de leyenda”.


Si algo reconocería la trayectoria de Valdivia y Ortiz serían las letras de sus canciones. Para ejemplo, su sinfonía de presentación es un explosivo, pertenece a esa gama de títulos que si escuchas a los 15 años no puedes evitar reproducirlo una y otra vez, cuando en tu profunda ineptitud pensabas que por ensimismarte en la composición te convertías en parte del coro y la vida se entintaba de significados, aunque nos parezca distante, hubo un tiempo en que se podían averiguar las soluciones del futuro en una canción. “Héroe de leyenda” goza de esas condiciones, en las que se resumen los horrores triviales de la juventud, la timidez estrangulada, el valor de una generación para escapar de la sombra paterna, la sagacidad de enfrentarse al mundo tal cual uno es. Una canción que parece no dice nada, pero que lo dijo todo: “Siempre en la oscuridad / la voz no tiene sentido / el silencio lo es todo / héroe en su propio olvido”.



Al año siguiente de la aparición en la universidad grabaron una maqueta de estudio compuesta por cuatro temas a cambio de 15 mil pesetas. Un locutor alucina la cinta, la pone al aire con frecuencia en su programa “El selector”; durante una transmisión, el arrojo de Juan Valdivia le hace reformular la naturaleza de su agrupación. Se acerca al micrófono del estudio y dice: “Hay que romper el silencio que hay en Zaragoza en cuanto a rock y pop”, para abrir paso a las miles de crónicas que después se realizaran al respecto de él y sus compañeros; “Nos llamamos héroes del silencio”, y así, con Enrique a lado y un camino prometedor, la radio atisbó un gajo del fenómeno que se acababa de avecinar.


La Radio Popular de Zaragoza, en la fluencia modulada estéreo, solía organizar “La matinales en el cine Pax”, en el que una ancestral alineación de los Héroes compartiría el micrófono con Alphaville y Boda de Rubias. El hermano de Juan, Pedro, en la guitarra, completaron el ensamble. Para terminar de acicalar su presencia, Enrique se dejó bajo en entablado, si deseaba aceptar la eucaristía del glam, debía hacerlo correctamente. Robert Zimmerman tenía hijos, caminaba por la calle con ellos, paseaba en motocicleta y se desempeñaba sin esfuerzo en la vida secular, su álter ego era un espíritu de los caminos, los bares y la escena, Zimmerman se convertía en Dylan y viceversa para satisfacer su furia. Del mismo modo, él debía adoptar una careta que le permitiera conservar algo de privacidad, que dejara a Ortiz de Landázuri iniciar una vida. Usó a Oscar Wilde para armarse el antifaz, de la obra El privilegio de llamarse Ernesto arrancó el seudónimo que le serviría. El hombre que se casa sin conocer a Bunbury puede aburrirse muchísimo”, escribió la pluma de Wilde como diálogo del personaje “Algernon”, refiriéndose a su álter ego, un hombre llamado Bunbury, de quien se vale para alcanzar una vida canalla, descarada, divertida. Otros señalan que el nombre lo tomó de una excompañera de colegio, Eva Bunbury, quien aceptó que el vocalista usara su apellido, inconsciente de sus frutos.


El padre de la muchacha era un militar y su número telefónico el único registrado después del apellido Bunbury en Zaragoza, los años siguientes recibiría miles de llamadas de melómanos enloquecidos, “Buenos días, buenas tardes o buenas noches –sea cual sea el caso—, estuve en el último show”, dice una voz exaltada al teléfono, “también estuve en los otros, he estado en todos… Soy su admirador”, alcanza a decir antes de que la impaciencia del miliciano cuelgue la bocina y, finalmente, desconecte el teléfono; “He ahí el privilegio de llamarse Bunbury”, piensa antes de tumbarse en el sillón y subir el volumen de la radio, en la que la voz del tipejo que le ha hecho pensar en cambiar de ciudad —tal vez de país— era emitida, acompañada por la instrumentación, declamando algo que el viejo no entendía, y aun así deja que suenen. Se da cuenta, escucha algo diferente y tira la cabeza en el respaldo, quiere asistir al reajuste que se desata, presenciar el fenómeno.



En la presentación del Cine Pax interpretan “La visión de nuestras almas”, y hay quien dice que va dedicada a Eva Bunbury en agradecimiento. Enrique, el chiquillo de las buenas notas, el mozo que hizo de la adolescencia una forma de vida, quien intercambiaba porros en el salón de clases, quien nos cambia de historia cuando le viene en gana, el chico de las influencias literarias, aspirante a ser inventado por Baudelaire, ese Enrique no cambió de rostro, ni de voz, menos aún de pasión, pero aceptó convertirse en un ser de naturaleza inherente al escenario y desde entonces está de pie frente a un micrófono. “Aunque la historia no fuera cierta / —que no lo es— / mi ignorancia me condena / a robar... / el tiempo a los de atrás / Atreverse no merece la pena / y no puedo recordar / la visión de vuestras almas”.


Valdivia y Bunbury, cada uno con proyectos en paralelo, decidieron concentrarse en lo que traían entre manos. Desafiaron la semblanza clásica del músico rechazado, su éxito fue moderadamente inmediato, la evolución de su carácter fue constante, sin traspiés importantes. Se apoderaron de un público, ganaron concursos, ensayaron, no bebieron demasiado, no parrandearon y volvieron a ensayar. Se podrían decir que estaban cavando, seguros que debajo del suelo estaba la multitud a la espera de que llegaran con picos y palas —guitarras y bajos— para liberarlos, aspiraban a un sonido diferente. Tenían algo de todo, iban armados con más que el apetito de ser una banda de rock, los gestos y la apariencia, llevaban la técnica, la disciplina, discernían del estilo que imperaba en España, sus influencias eran The Smiths, The Cure, Led Zeppelin, pero más importante que todo eso: exudaban arrogancia pura y tórrida. En una nación que buscaba salir del pasado, que negaba el totalitarismo y que ahora se presentía abierta al criterio individual, los jóvenes querían un púlpito, subir y gritar. Los Héroes llegaron en el momento más importante para España, cuando la penumbra del gobierno de Franco empezaba a disolverse.


A los ensayos de los Héroes se unieron dos conocidos, Joaquin Cradiel y Pedro Andreu, el antiguo baterista que decidió atender sus estudios de medicina. Joaquin fue el único profesional del grupo, se graduó de la carrera de Ciencias Químicas, pero en la agrupación eso no importaba, lo esencial era ensayar ocho horas diarias —de once a tres y de cinco a nueve— hasta desenterrar ese sonido que necesitaban. La vieja maqueta de cuatro temas les devolvió las 15 mil pesetas que habían invertido en ella, fue su primer trabajo publicado; el éxito les permitió realizar El mar no cesa y una gira consecuente en 1988 a lo largo de España; su siguiente movimiento fue el Tour Senda, con el que pisaron Francia, Suiza y Holanda. Entendieron que tenían un eco, tal como lo habían previsto, Héroes de Leyenda dejó de ser imprevisión y se acercaba el cenit.



Fue en esta época en la que apareció Phil Manzanero entre el público. Notó la ambición, necesitaban una guía, en un país donde no se podía conseguir la discografía completa de los Rolling Stones, en el que unos años atrás se reunían cien almas alrededor de un tocadiscos que apenas interpretaba “Love me do” —como si los revolucionarios de los 60 no se hubieran siquiera iniciado—, en el que no hallabas una guitarra eléctrica decente, allá donde la marca Gibson había ignorado la civilización, intentaban hallar en el norte una pandilla de locos, sin brújula, sin nada parecido a una vida. Enrique era larguirucho, de cara afilada, con la barbilla bien definida, el cabello revuelto. “¿Quién quería ser ese chico?”, se preguntó Manzanero, “¿Quiénes querían ser los cuatro, los líderes de la tribu?”. Para resolver la duda, trabajó con ellos. En 1990 produjo Senderos de traición, el segundo álbum de estudio de los Héroes; ahí estaba el crujido que se empeñaban en descubrir, después de eso nada fue igual.


En algún lugar de España, algún muchacho —quien poco sabía de la banda— adquiere el elepé, lo impresionan las cuatro estampas de tipos con facha cerril, en tono sepia, delante de un fondo claro. Después de dejar caer la aguja sobre el disco, le continúan los tonos taciturnos, épicos, y las esquirlas de la voz de Enrique hacen sangrar el cerebro del niño, se entierran profundas, inmortales. El sonido del viento que se mezcla con la guitarra, es Zaragoza en cuyas tierras ha caído un vendaval. La antesala del palacio de Héroes es “Entre dos tierras”, de nuevo el plato fuerte de la banda son sus letras: “Pierdes la fe, / cualquier esperanza es vana / y no sé qué creer; / pero olvídame, que nadie te ha llamado / ya estás otra vez. / Déjame, que yo no tengo la culpa de verte caer, / si yo no tengo la culpa de verte caer... / Entre dos tierras estás / y no dejas aire que respirar”. Un ambiente devastado da pie a la lista de tracks, la fantasía de cierne sobre el disco. Hacen de los simbolismos un lenguaje por sí mismo, las alegorías en los Héroes son tan bellas que en su perfecta composición aspiran a verdaderas figuras literarias.


Las canciones de los Héroes se caracterizan por mantener un estilo barroco, afluente de simbolismos ambiguos y alusiones complicadas. En el minuto seis con 11 segundos de “Senderos de traición” encontramos manifiesto de los tintes alegóricos de sus canciones, la letra convierte a un muchacho, a una habitación, a la noche y al insomnio en una composición que no se intimida ante el oyente, que lo provoca, lo incita a desenmascarar las palabras y sus significados, en la cual la figura celta del “Hombre de las arenas” se convierte en “Maldito duende”: “He oído que la noche es toda magia / Y que un duende te invita a soñar / Y sé que últimamente apenas he parado / Y tengo la impresión de divagar / Amanece tan pronto y yo estoy tan solo / Y no me arrepiento de lo de ayer / Sí, las estrellas te iluminan y te sirven de guía / Te sientes tan fuerte que piensas / que nadie te puede tocar”. Ya más avanzado el acetato, aterriza en “Con nombre de Guerra” que abre con la frase: “Entra despacio, que nadie oiga tus pasos”, nos cuenta una historia, no de amor, simple, sin enredos románticos: “y dejemos los besos para los enamorados / y pensemos en lo nuestro, / que por eso te he pagado / aunque esta noche / seas sólo mercancía para mi / dejo en tus manos / lo que hemos acordado / la lluvia de hace un rato / ahora solo necesito descansar”.


Senderos de traición es de esa clase de esfuerzos en los que un artista quiere lograrlo todo, por eso, Phil Manzanero y Héroes hicieron buenas migas. Se trató entonces de un disco Samurái, que buscaba la hegemonía del talento, pero no acababa de ser insuperable por eso, sino porque el escucha acaba con apetencia de sorprenderse, el público quinceañero de los Héroes descubrió, en la última década del milenio, nuevos senderos, voraces y vírgenes, después de mucho andar en ellos, quizá sus pasos los devolvieron al punto de partida, allá donde quedaba sólo la huella de Valdivía, Cradiel, Andreu y Bunbury. Con el disco la banda prestó juramento en América y su público se derramaba donde hubiera un tocadiscos a merced de un alma bohemia.



Cuando la marea de Héroes ya había salpicado España, la crítica los recibía con tibieza. No se les acabó de reconocer hasta su separación, en buena parte, gracias a la miopía de la industria musical española y no hay forma de culparlos. Estaban en el puerto frente a un nuevo buque que amenazaba con zarpar y conquistar el mercado, la marcha era inminente. Eran unos chicos salidos de ningún lugar, habían hecho arder Zaragoza y el fuego se estaba propagando mientras una parte de los periodistas se negaban a ver más a allá de los límites autoimpuestos y las fronteras de Madrid.


Su siguiente álbum de estudio vio luz hasta 1993 y se volvió número uno en México y Suiza, se trató de El espíritu del Vino; en él está incluido el tema: “Bendecida”, que desciende de la relación de Bunbury y Benedetta Mazzini, una actriz italiana. El romance, que aunque vehemente, se extinguió y con la pena a flor de piel, Enrique compuso dos canciones más que armaron una trilogía para Benedetta; la última se incluyó en el álbum Avalancha. El final de la serie de composiciones tomó forma con el nombre de “La chispa adecuada”, una suerte de esquela al olvido acompañado por una armonía delicada, en la que se hacen evidentes las figuras retóricas desde los primeros versos: “Las palabras fueron avispas / Y las calles como dunas / Cuando aún te espero llegar”, que evocan la soledad, hace del camino un desierto para acentuar la sensación huraña del rompimiento y la esperanza de reencontrarse con la expareja; la canción prosigue y en fragmentos como “La catedral que es tu cuerpo / Eras verano y mil tormentas”, que siguen idealizando el recuerdo. Al final, Bunbury se decide por una conclusión a la forma de Luis Cernuda y su famosa lírica “Donde habita el olvido”: “Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya, / Sometiendo a otra vida su vida, / Sin más horizonte que otros ojos frente a frente. / Donde penas y dichas no sean más que nombres, / Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo; / Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo”, en el que el poeta construye sus palabras alrededor de un concepto: la ruptura y la separación de una persona a nivel anímico. En el mismo tenor acaba la canción: “No sé distinguir entre besos y raíces / No sé distinguir lo complicado de lo simple / Y ahora estás en mi lista / De promesas a olvidar / Todo arde si le aplicas la chispa adecuada”.


La canción que acabó de configurar el espíritu de los Héroes fue compuesta por Gabriel Sopeña para un grupo que, como tantos, quedó en VHS y la memoria de quien los haya visto actuar sobre un escenario. El camino de los Héroes fue una tirada contra la oportunidad y ganaron —semejante oportunidad se da una vez cada tres o cuatro generaciones—, porque difícilmente se puede abarrotar un estadio sin construirse un gesto hipócrita para enmarcar el acto, aun así existieron los héroes, con su fanfarronería y sus disfraces, que a diferencia de un millar, habían sido delineados de acuerdo a las más puras aspiraciones de sus integrantes. Sopeña compuso “Apuesta por el rock'n roll” para los Héroes sin saberlo, en la voz de Enrique y el acompañamiento de Valdivia, Cradiel y Andreu, tomó sentido cantar aquella advertencia para las fanáticas del grupo: “Ya no puedo darte el corazón”. Hay que aceptar que pese a la figura mítica que hemos creado alrededor de los rockeros no se puede formar una leyenda con noches de borrachera, el talento sólo viene con el más entregado trabajo y disciplina. Es lo que dicen los Héroes en el tema de Sopeña: “Yo no puedo darte el corazón / perdí mi apuesta por el rock & roll / es la deuda que tengo que pagar / y ya no tiene sentido abandonar / late el corazón”. En otras palabras: "no vengas a tocar mi puerta, aunque busques y llames, ¿qué esperas si ya no hay nada en mí? Porque ya lo he dado todo, perdí y gané un estilo de vida. Para mi favor, le he dado mis días al Rock´n roll".


Héroes del Silencio se separó. Fue a finales de los 90, el mundo del siglo XXI tuvo que esperar casi una década para disfrutar de una gira más. De sus integrantes Bunbury destaca por su carrera como solista, debe haber, oculto, en el corazón de todo miembro de alguna banda, el deseo por superar todo aquello que construyó en colaboración. No es egoísta, es autodescubrimiento. ¿Le faltará a Bunbury la guitarra de Juan Valdivia? Es una pregunta que yo le haría. Tal vez también pudiéramos encontrar en el corazón de esos cuatro chavales la incertidumbre de haber escrito más canciones juntos; pero quienes deben alcanzar el descanso son ellos, no nosotros.



Lo que está claro es que no es tan importante el destino como el recorrido. Los cuatro deseaban ser rockstars, por supuesto, pero el final carece de la repercusión del proceso al que nos debiéramos someter para ultimar la enseñanza. Los Héroes son como Dorothy, el león, el hombre de hojalata y el espantapájaros en el Mago de Oz, cada uno buscaba algo en Ciudad Esmeralda y al llegar no encontraron al mago, pero advirtieron sus fortalezas desconocidas, ya llevaban consigo lo que ansiaban, de forma que lo entrañable no era Ciudad Esmeralda, sino el camino amarillo. No hay destino sin una vereda que atravesar.


Nuestros padres escuchaban a Héroes del Silencio, ahora también nosotros. Un país que sale a flote después de atravesar el fascismo suena así, engreído, enérgico, tenaz, arrogante, por lo que Héroes es un fenómeno sociológico. Ahora que Bunbury posee una trayectoria desenmarcada de la antigua agrupación, que a los otros miembros quizá los haya engullido la habitualidad, ¿qué resta? ¿Será momento de mirar al pasado y disfrutar la grabación del recorrido? No. Hacerlo sería traicionar el espíritu de la banda, de lo que significa ser un héroe. Para ellos, es momento de ver al futuro en solitario o de nuevo, ¿por qué no?, como agrupación. Tampoco nosotros podemos perder tiempo, si no nos cuidamos la nostalgia nos podría destruir; sin embargo, en este camino podríamos tomar aire, cerrar los ojos y disfrutar, pensar que no es hoy y que es 1995 o 2007, lo que les valga algo a ustedes. Pensar en cuando todo se resumía a un disco y afrontar de nuevo los problemas cotidianos, con más años, con más sabiduría y la letra de una canción en el corazón, que ya no nos pertenece, que tiene marca registrada.


Quien no entienda, quizá, deba regresar unos años y volver a vivir, pues algo se le ha pasado de largo. Lo que inició con Bunbury y Valdivia acabó en nosotros y una legión de seguidores, los problemas —si es que los hay— entre ambos nos aburren. Que lo diga Bunbury, si quieren: “Ahora sin remordimientos ni disculpas / ni una mala excusa que dar para olvidar / la conciencia tranquila / una paz profunda / a mi modo he dado todo lo que soy / Ahora puedo decirlo más alto / pero no puedo más claro / todo lo que en el mundo he amado / es una canción, un teatro y a ti”.


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Pero esto no acaba aquí, disfruta de los Héroes con esta lista de reproducción. Incluso, ¿te has preguntado cómo sonaría Héroes del Silencio si no se hubieran separado? Aquí te lo mostramos.

TAGS: Historia de la musica Rock en español españa
REFERENCIAS:

Alder Hugo Corona Amador.


Colaborador

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