Música

Guerra y música, parte 2.

Música Guerra y música, parte 2.

"Cuando escucho a Wagner, siento ganas de invadir Polonia"
Woody Allen

 

 

 

En la primer parte de esta serie, vimos cómo la música y la guerra han estado profundamente vinculadas desde el principio de la humanidad. Esta vez utilizaremos como ejemplo uno de los conflictos más costosos en la historia, tanto económicamente como en pérdida de vidas humanas: La Segunda Guerra Mundial.

 

Fue durante esta guerra que los gobiernos empezaron a integrar y utilizar esta disciplina artística como un medio que otorgaría valor a los soldados en las formaciones. También fue la primera vez que se usaría la música clásica como un instrumento de guerra.

 

 

Los Aliados, conformados por la URSS, Estados Unidos y Reino Unido (entre muchos otros) adoptaron la Sinfonía No. 5 del notorio compositor y pianista alemán Ludwig Van Beethoven como la música que simbolizaría su victoria en múltiples películas, conciertos y diferentes tipos de propaganda; ésto se debe a que el motivo central de la composición está formado por tres notas de Sol y un Mi bemol, lo cual corresponde en clave Morse a tres puntos y una línea, que a su vez generan la letra “V” de Victoria. 

 

 

Otra de las composiciones musicales de mayor peso generadas durante esta guerra es la Sinfonía No. 7 (subtitulada Leningrado) de Dmitri Shostakovich. Esta pieza musical generó un enorme apoyo a la Unión Soviética alrededor del mundo gracias a las dramáticas condiciones en las que fue creada. En Julio de 1941, mientras las fuerzas alemanas bombardeaban y básicamente destruían la ciudad, Shostakovich comenzó la tarea de crear esta composición en el tiempo libre que tenía entre turnos de servicio como bombero del Ejercito Rojo. En octubre del mismo año, "El Kremlin" (una legendaria fortaleza en el centro de Moscú) ordenó que Shostakovich fuera trasladado a Kuybyshev para completar la obra en paz y lejos de una de las violencias más horríficas de los últimos tiempos.

 

 

Un crescendo de 13 minutos que simbolizaba el implacable avance de las fuerzas alemanas hizo tan popular la pieza, que cuando finalmente llegó a Estados Unidos, después de paradas estratégicas ultra-secretas en Israel y Egipto; Arturo Toscanini y Leopold Stokowski prácticamente se agarraron a golpes por tener el privilegio de ser el primero en conducir la pieza. Stokowski ganó.

 

 

 

 

Después de tan enérgico bombardeo musical, el Tercer Reich acudió a una rica bóveda repleta de magnificas composiciones de genios musicales alemanes como Mozart, Bach, Schubert, Beethoven, Schumann, Brahms y Wagner para generar su propia propaganda sonora ya que había probado ser tan eficaz. Wagner resultó ser el compositor antisemita utilizado por Goebbels (la mano derecha del Reich) para conferir honor, prestigio y orgullo a las fuerzas e ideologías del régimen Nazi a tal punto que en la década de los treinta, se llegó a rumorar que la ahijada del compositor Winifred estaba destinada a convertirse en la esposa de Hitler.

 

 

 

 

 

La efectividad de estas composiciones se puede medir en relatos encontrados en campos de batalla a lo largo de esta inhumana y costosa guerra, por ejemplo: en 1942 en el frente de un campo de batalla en Rusia, se encontró un diario en el bolsillo de un soldado alemán muerto que acababa de regresar de Berlín. Una de las ultimas cosas que escribió fue respecto a un concierto al que había ido: “Ayer escuche la novena sinfonía de Bruckner… y ahora entiendo porque peleamos.”

 

 

 

 

 

Para leer la primera parte del reportaje visita: Guerra y música, parte 1
 

Referencias: