La mujer que amó al genio detrás de Pink Floyd sin importar su locura y adicción

Sábado, 24 de febrero de 2018 12:34

|Alonso Martínez
jeenny spires

¿Qué sentirías si vieras a una persona que amas perder la cabeza?



«Tu eres el tipo de mujer que encaja con mi mundo», decía la canción que le escribió Syd a la mujer que amaba justo antes de perder la cabeza por un fuerte consumo de LSD y su mente inestable. Ella era la única persona que él quería en su mundo, en aquella esquina del Universo reservada para él y su fascinante imaginario. Él creía que era extraordinaria; alguien que no volvería a encontrar si sus caminos se separaban. Sólo ella pudo estar en su vida cuando no quería ver a nadie más, cuando Pink Floyd había terminado para él.


Querida Jenny. Esta es una carta para decirte que creo que eres bonita.
Dicho eso, te veías maravillosa el sábado.
No puedo dejar de pensar en ti.
Estoy enamorado de ti.
Me impresionas tanto que hice un dibujo de ti.
No me gustan las cartas de amor pero tenía que decirte lo que siento y que estoy atrapado en Londres.


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Syd Barrett ya era parte de la legendaria banda británica cuando conoció a Jenny Spires, la mujer a la que amaría profundamente mientras su mente siguiera con vida. Él tenía 18, ella 15. «Hola, soy Rog Barrett, la gente me llama Syd, y tengo una banda llamada Pink Floyd en Londres» fue lo que le dijo ese día de 1964 durante un concierto en Cambridge. «Me pidió que me tomara un café con él», contó Jenny en una entrevista donde afirmó que él fue su primer amor y que nunca dejó de quererlo aunque las circunstancias los separaron.


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Después de su primera cita, Syd la llevó a la casa de su madre para mostrarle sus pinturas, lo cual la fascinó de inmediato. Poco después, él la visitaba todos los fines de semana, y cuando él tenía que ir a tocar a algún lado, ella siempre lo acompañaba.



«Fue un poco raro, porque súbitamente mi vida cambió. Ahora iba a fiestas y tenía un novio en la Escuela de Arte de Londres que me escribía todo el tiempo y me hablaba sobre su vida en la universidad y su banda. [...] Discutíamos sobre todo en el Universo y bajo el sol: matrimonio, hijos, amor, sexo, libros, literatura, el mundo, filosofía, arte, música, poesía. Fue una época muy acogedora y encantadora».


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Así fue como ambos comenzaron su romance. Jenny inspiró las canciones de Pink Floyd "Bike" y "Lucifer Sam", además de varios dibujos y pinturas de Syd. Aunque no se veían tan seguido, el artista le escribía constantemente diciéndole que la extrañaba, expresando más su amor por ella. Sin embargo, al poco tiempo ella decidió alejarse un poco para tratar de averiguar qué hacer con su vida y él aceptó su decisión. En 1967, poco después del lanzamiento de The Piper at the Gates of Dawn, volvieron a pasar un tiempo juntos, pero al año siguiente se separaron de nuevo.


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Para muchos el comienzo del éxito de Pink Floyd fue lo que llevó a Syd a la locura, más allá de las drogas. Aunque tuvo otras relaciones aparte de Jenny, ninguna parecía calmar sus ánimos. Sentía presión de parte de los productores de la discográfica, quienes ya querían más éxitos para la radio. Cuando se encontraba con Jenny estaba completamente exhausto. «Sufría de cansancio nervioso», afirmó la mujer, quien dijo que al poco tiempo comenzó a deprimirse, más cuando la banda lo dejó y lo reemplazó por David Gilmour. Para tratar de protegerlo y de hacerlo sentir mejor, Jenny decidió vivir con él en Londres.



«Había mucha gente que quería conocerlo y que pensaban que él era genial. Pero él sólo me quería a mí, porque yo realmente lo conocía y él realmente me conocía».


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Sin embargo, Jenny tenía otros planes. Perseguía un mundo de modelaje, no de rock n' roll, así que decidió mudarse a Estados Unidos, y aunque Syd trató de detenerla, no pudo hacerlo y al final no le quedó más que aceptarlo.


Después de no verse durante años (en una época que se cree fue en extremo inestable para Syd) Jenny se casó con el músico Jack Monck y se mudó cerca de donde vivía el artista en Cambridge. No hubo resentimientos y él decidió visitar a la pareja constantemente. Jenny cuenta que estaba de mejor humor y que sonreía mucho más. Sin embargo, posiblemente su situación psicológica comenzó a debilitarse porque en 1972 decidió quemar todas sus pinturas cuando su madre vendió su casa para mudarse a Londres. Después de eso, pocos lograban verlo y quienes lo hacían, afirmaban que el hombre ya no era el mismo.


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«En los días posteriores de su vida sólo lo vi cuando me lo encontré en Cambridge. Se me hizo claro que su familia no quería que nadie de su pasado lo perturbara, aunque nadie lo dijo con esas palabras. Cuando entiendes esas cosas y eres su amigo, sabes que no lo harás, porque no quieres sacudir el barco».


Jenny dice que la última vez que lo vio fue por accidente: sólo se miraron a los ojos, sonrieron y siguieron caminando. Únicamente podemos imaginar lo que sintieron en ese momento y pensar que quizá por ese breve momento todo regresó a la mente de Syd: el amor de su juventud, las conversaciones con su niña, y el futuro que pudo haber sido pero que nunca sucedió. Nunca dejaron de quererse, simplemente sus caminos se separaron y su cabeza ya estaba en otro lado.


Alonso Martínez

Alonso Martínez


Editor de Cine
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