Turandot: la tragedia que explica por qué debemos experimentar la decepción amorosa para aprender sobre la vida

Miércoles, 15 de noviembre de 2017 10:45

|Javier García Leal


En La rosa purpura del Cairo un personaje del filme —Tom Baxter— sale un buen día de la pantalla de cine y entra en el mundo real de la mano de Cecilia, quien en un tour por una iglesia católica le muestra un crucifijo y le dice que esa era la imagen del Creador.


Baxter, confundido y siguiendo la lógica de quien sólo existe en la pantalla, respondió que su creador era el guionista de la película. Pues bien, hasta cierto punto y si lo miramos de cerca, tenía razón: si su mundo era el filme, su Dios sería el escritor, ese que dispone a placer del destino de los personajes como hacen los dioses en una tragedia griega.



En algunas óperas sucede lo mismo, pero hubo una en la que su creador, al morir, se convirtió en el protagonista: Turandot, la historia que habla sobre una princesa china, un príncipe persa y su esclava.


El príncipe Calaf llega a China desde Persia con su esclava Liú, por lo que la princesa Turandot espera desposar al hombre que pueda resolver tres acertijos. Si no lo logra, será decapitado. El príncipe logra descifrar los enigmas, sortea una nueva prueba y desposa a la princesa. Pero para que eso ocurra, Liú, enamorada del príncipe, se suicida para protegerlo.


Todo esto ocurre dentro de la obra, pero fuera de ella, Puccini muere dejando Turandot sin terminar; pero, digamos, que el destino quiso que lo último que escribiera fuera la escena de la muerte y el coro fúnebre de la esclava. Así que digno del romanticismo más puro el autor da muerte a la heroína dispuesta a todo por amor para luego morir él. El destino, implacable, marcó la suerte de todos por igual.  



Intuimos que la muerte de Liú tuvo que haberle pesado al compositor toscano, así como Alejandro Dumas —según se cuenta— lloró después de escribir la muerte de D'Artagnan. Pero los designios indicaban desde el principio que Liú estaba condenada, cual tragedia griega. Y en ese mundo teológico, a ratos tan difícil de comprender y a menudo reducimos a la lógica del protagonista de La Rosa Púrpura del Cairo, la muerte del creador conlleva no a la desaparición inmediata del creado, sino a la interrupción de su provisión de vida.


En Turandot surgió el curioso caso de un drama dentro de otro, de un final retórico y otro absoluto. Lo único que faltaba lo agregó de manera sabia el director del estreno, Arturo Toscanini, cuando, casi por decreto, se dirigió al público luego de aquel coro fúnebre para decir que hasta allí llegaba la obra.


El escritor comprendió muy bien lo que con tanta dificultad intentamos esclarecer; parecido a lo que dicta la tradición cristiana, el creador, al morir, se convierte en protagonista. La teoría de Baxter no era, como apuntamos, errada del todo. En esencia era correcta, sólo que su entendimiento sufría de miopía, pero Toscanini sólo nos puso los anteojos.




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Las óperas están llenas de tragedias y desgracias de las que podemos aprender sobre aquello que nos rodea, por eso, también conoce la historia de la mujer que mató sin piedad por el deseo de poder, venganza y odio.




 

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