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La extraña similitud entre una ceremonia religiosa y un concierto de rock

Música La extraña similitud entre una ceremonia religiosa y un concierto de rock

A pesar de que muchos seguidores del rock se consideran ateos, sin saberlo, cada que asisten a un concierto se vuelven parte de una de las religiones más grandes del mundo.


Hace unos meses, en el Knotfest 2017, mientras, perdido en medio de un mar de manos cornudas y puños, escuchaba el poderoso y acelerado sonido de Cannibal Corpse; de repente vino a mí una especie de revelación extraña, graciosa y casi mágica. A mi alrededor, al menos la mitad de todos los que agitaban sus cabelleras se proclamaban ateos. Pero ninguno de ellos sospechaba que en ese momento eran las personas más religiosas de todo el mundo; se convertían en beatos, monjes y mártires, si es que el mosh-pit raspaba sus rodillas o dejaba moretones en sus cuerpos. Esa tarde, todos nos reunimos en torno a un grupo de sacerdotes que representan a una de las religiones más sinceras sobre la Tierra: el rock.


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Al pensar en todo ello perdí al menos dos canciones, pero el pensamiento se quedó en mi cabeza dando vueltas y acechando en cada momento hasta que volvió a aparecer en cuanto escuché la historia de un desafiante Jim Morrison que, durante un concierto en 1969, decidió que era buena idea masturbarse frente a un público frenético y aterrado ante lo que parecía una total falta de respeto hacia ellos. ¿Será que lo que en realidad deseaba este sacerdote de la música era realizar una especie de bautizo hacia sus fieles?


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Todo era tan confuso; la indecencia y los excesos —que según los griegos eran lo que los dioses más amaban— de repente parecían conductas completamente normales y justificadas. Lo cierto es que no había descubierto nada nuevo, en su libro Heterodoxias y contracultura, el escritor Fernando Savater ya había puesto sobre la mesa esa cercanía entre dos eventos que a simple vista parecen completamente distantes: un concierto de rock y una ceremonia religiosa.


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«... se basa en una particular combinación de ritmos y en la posibilidad de ser bailado mediante una danza derivada de modelos africanos y que pone en contribución todos los elementos y sentidos del cuerpo a la onda de la música [...] Mientras que por idéntico motivo el cantante pasa a ser el sacerdote de un culto. Es como el chamán de algunas tribus primitivas: presencia carismática, porque él conduce y revela todos los misterios».
— Fernando Savater

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En el gospel —la música que se toca en algunas iglesias— tenemos el ejemplo más claro de este punto en el que la música y el movimiento pueden conducir a los espectadores a un estado elevado de conciencia. En el rock, gracias a guías como David Bowie, Mick Jagger, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Iggy Pop o el mismo Morrison, es posible que el cuerpo entre en un estado de comunión casi hipnótico con la música; el corazón acelera o vuelve lentas sus pulsaciones de acuerdo con el ritmo que perciben nuestros sentidos.


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«Un concierto de rock 'n' roll es una especie de gran ceremonia religiosa, en la que —guiados por unos oficiantes— todos participan. El cuerpo arrastra a un éxtasis que suprime el devenir del tiempo —y por eso se parece a la muerte— y la potenciación de cuerpo y sexo, crea una sensación de plenitud y totalidad».
— Fernando Savater

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El rock y sus manifestaciones se han convertido en una especie de religión, pero ¿qué es lo que busca? ¿hacia dónde vamos todos sus seguidores?. Defendiendo su esencia contracultural, el rock nace a partir de una defensa de lo marginal, abraza a aquellos que, rechazados por una cultura dominante, buscan urgentemente un medio para liberarse del rechazo y sentirse plenos para siempre; jóvenes y con el puño en alto.


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Bibliografía


Savater, Fernando. Heterodoxias y contracultura. Montesinos Editor. Barcelona, España. 1989



Referencias: