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El día en que "Don Giovanni" se convirtió en el mejor de la música clásica

April 2, 2018

Javier García Leal

Se dice que es la ópera perfecta, está dividida en dos actos, la música corrió por cuenta de Mozart y el libreto por un hombre tan libertino como su personaje; por si fuera poco, el mismo Kierkegaard la alabó hasta el cansancio. Hablamos de la historia del más grande seductor del que se tenga registro (con permiso de Casanova, desde luego): Don Giovanni.


Repasemos el argumento sólo para meternos en contexto: luego de matar en duelo al comendador, padre de doña Anna, don Giovanni enfila sus baterías hacia Zerlina, novia de un sirviente, mientras una antigua conquista suya (doña Elvira) pretende que cambie su vida licenciosa para estar junto a ella. El consorte de doña Anna promete vengar la muerte del comendador y la ofensa hacia su amada, pero todo queda en palabras. Gran parte de la acción transcurre de banquete en banquete y de conquista en conquista. Hacia el final, don Giovanni muestra su lado más cínico burlándose de doña Elvira a tiempo que ella le rogaba recapacitar.



Es entonces cuando las fuerzas superiores (por llamarlas de alguna manera) advierten que es hora de que pague por todo. En lo que sería un acto aún más insolente, visita la tumba del comendador invitándolo a cenar, quien regresa del más allá y le exige arrepentimiento y un cambio de vida o atenerse a las consecuencias. Nuestro (anti)héroe muere en su ley: no se retracta de nada y ve cómo el suelo bajo sus pies se abre para irse a los infiernos con el invitado de piedra.


Sólo al mirar por encima vemos frente a nosotros a un aprovechador que presume de sus conquistas con desvergüenza. Y como no puede hacerlo solo se vale de su sirviente, Leporello, para lograr sus hazañas. Dúo que, dicho sea de paso, funciona en relación simbiótica, como don Quijote y Sancho; ninguno podría existir sin el otro. Doña Elvira, en contraste, encarna a aquella mujer engañada pero renuente a renunciar a ese amor infiel. Cual mujer sumisa y repetidamente pisoteada por su marido, se lamenta por su traición, pero sólo anhela que su ingrato corazón cambie. Mala señal.


Tenemos entonces a una damisela repetidamente engañada pero esperanzada, a un consorte que habla mucho y hace poco, a una sirvienta (comprometida) que le divierte el coqueteo del señor, y a un conquistador incorregible que no recapacita ni en las puertas del Infierno. Todo esto en el siglo XVIII, aunque después de tres siglos son muchas las semejanzas con la sociedad actual.



En el estreno de Don Giovanni la crítica fue dura con la manera en que se comportaban los sirvientes: Leporello, un sirviente que se queja de su señor apenas se levanta el telón. Luego es un horror ver cómo un patrón corteja a una sirvienta, pues era el tabú de la época. Bien podríamos preguntarnos qué hubiera pasado si el estreno de esta ópera hubiera sido en la actual sociedad post-Weinstein. ¿Qué opinión tendría el feminismo de hoy sobre una obra en la que su protagonista tiene una larga lista con todas sus conquistas, de la cual se siente orgulloso y que espera agrandar progresivamente? Imagine sólo por un momento aquel escenario, aquellos personajes arriba descritos. Infidelidad, traición, mujer convertida en objeto, un antihéroe admirado por rivales y víctimas. Poco hubiera importado ese final moralizante y escarmentador, pues muchos son los minutos de obra dedicados al elogio y pocos al castigo. Pero debe quedar claro que el libretista Da Ponte no detonó conductas sociales, sino que sólo las reflejó.


El destino de nuestro protagonista fuera de la ópera fue mucho más afortunado que dentro de ella: consiguió trascender en el tiempo, pero a altísimo costo; no se arrepintió y se convirtió en leyenda. No lo hizo, quizá, porque significaba aceptar la manera equivocada en la que conducía su vida, opuesta a la moral y en el más absoluto hedonismo. Para crear una figura más misteriosa, sus creadores se ahorraron la gentileza de decirnos qué pensaba. Sus arias sólo cuentan sus deseos, pero no su intimidad. No hay rastro de introspección y vemos a un noble primitivo, guiado por sus instintos, pero que no temió al castigo divino. ¿Convicción? ¿Vanidad? ¿Orgullo? Si un conquistador sufre ataques de moral, lo ignoramos; que sea valiente, lo dudamos.



Lo cierto es que la conducta de Don Giovanni se alimentaba del resto de los personajes: de la picardía de Zerlina, del poco amor propio de doña Anna, de la voluntad nula de don Ottavio y de la complicidad de Leporello. Como pasa hoy, el seductor no puede actuar por su cuenta. Necesita que sus víctimas sean a la vez cómplices...


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Conoce cuál es la tragedia que explica por qué debemos experimentar la decepción amorosa para aprender sobre la vida.



TAGS: Historia de la musica Arte clásico
REFERENCIAS:

Javier García Leal


Colaborador

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