Razones por las que el rock está muerto pero el techno nunca morirá

Jueves, 7 de diciembre de 2017 17:58

|Dave Zepeda

El Apocalipsis del techno como género contestatario y válvula de escape emocional y psíquica se antoja lejano e irreal.



Detroit es una ciudad roída, llena de yonkis y edificios abandonados. Una tierra olvidada por Dios, donde la burbuja financiera creada por la industria automovilística explotó en la cara a todos sus habitantes; dejándolos en la ruina o con una riqueza absurda, generada a partir de embargos a la clase trabajadora. El campo de cultivo perfecto para una generación perdida —vampiros como los describió Jim Jarmusch en Only Lovers Left Alive—, raves clandestinos y decibeles altos para escapar de la realidad y alcanzar el trance. Y obvio, un consumo desmesurado de muchas más y nuevas drogas; entre ellas el MDMA.



En éste contexto decadente y de luces neón crecieron Juan Atkins, Derrick May y Kevin Saunderson; la sagrada trinidad del techno. Tres afroamericanos provenientes de la clase marginada de Detroit (los marginados de los marginados en USA) que a partir de la experimentación sonora, la rabia inherente a la pobreza y el hedonismo juvenil desarrollaron un género que cambia la conciencia de quién lo baila y la forma en la que entiende la música.



Siguiendo los pasos de ciudadanos ejemplares de “Motor City”, que pronto se transformaría en "Techno City", como Smokey Robinson, Sixto Rodríguez y Stevie Wonder y caminando a contra esquina de J Dilla —el GRAN, J Dilla—, Atkins perfeccionó un sonido que se volvería el nuevo rock; una secuencia de beats y loops que alteraría la mente y vida de una ciudad entera. Al otro lado del mundo, Berlín atravesaba una situación similar a la de Detroit; de un lado del muro se vivía la opulencia y avant garde occidental y en el otro construcciones monumentales abandonadas, por la falta de recursos para culminarlas o el hermetismo arcaico del comunismo, eran ecos de un sueño que se convirtió en pesadilla.


El mítico Techno Viking


Estas variables se sumaron a la euforia sucesiva a la caída del Muro de Berlín y la creatividad de una generación antes menospreciada, para moldear un estilo de vida basado el techno, las drogas y un hedonismo que chocaba con lo deslavado y monótono que era el día a día de la clase trabajadora. Así nació una industria que hoy día vende millones de discos, entradas a raves —ya no todos clandestinos—, gramos de MDMA y microdosis de LSD. Una industria que ya no es contestataria y que en vez de generar o distorsionar la conciencia, persigue un establishment que siga enriqueciendo a superestrellas de Ibiza como Carl Cox, Sven Väth y Ricardo Villalobos; tres monstruos que hoy no serían nadie sin Atkins, May y Saunderson.



Casi como un acto de purismo sonoro y filantropismo, pensando en aquellos que preferimos las calles a las playas de Trópico, Distrito Global organiza Cinta Negra III y trae por primera vez a la Ciudad de México —si lo anales de la música electrónica no se equivocan— a uno de los padres del techno; Juan Atkins. El evento es el 8 de diciembre en Mooi Collective, Dr José María Vértiz 86, Col. Doctores, y lo abren unos viejos conocidos del under chilango: White Visitation y Jo Sep. Compra tus entradas en este link.



El Apocalipsis del techno como género contestatario y válvula de escape emocional y psíquica se antoja lejano e irreal. Los amantes de los beats atascados y el baile demencial podemos estar tranquilos; los raves clandestinos continúan existiendo, las drogas cada vez son más seguras y la triada del techno continúa activa. No son los mejores años del género y tampoco viviremos la experiencia de una fiesta ilegal dentro de una fábrica abandonada en Berlín o Techno City, pero con Atkins en las tornamesas escucharemos el vibrar del alma de ambas ciudades.


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REFERENCIAS:
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